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11 DICIEMBRE 2016
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Europa vuelve a Grecia

Giulio Sapelli | 0 comentarios valoración: 3  127 votos
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El voto europeo no ha reflejado, sino de un modo muy cauto y moderado, la profundidad de la crisis económica y moral en que se encuentra Europa. El Partido Popular Europeo, es verdad, perderá indudablemente un buen número de escaños, pero si tenemos en cuenta que, bajo la guía de su componente austro-alemana y nórdica, es la cultura que tiene la mayor responsabilidad, tanto por la policía deflacionista del BCE como por el hecho de haber dado la impresión de que Europa consiste en sustraer soberanía en vez de compartirla, como se ha manifestado recientemente en Grecia y todos los días en la política de los comisarios, pues bien, a pesar de que todo eso es cierto, el PPE no ha sido tan castigado por su electorado. Su candidato Juncker se puede proponer con orgullo como presidente de la Comisión, mortificando a un Schulz tan incompetente y arrogante como incautamente nacionalista, tal como ha demostrado a lo largo de su campaña electoral, traicionando las promesas pronunciadas en la cumbre romana del PSE que le nombró candidato.

Todos los analistas se rasgan las vestiduras ante el éxito de los euroescépticos. Pero se trata de temas distintos y mucho más complicados de lo que a primera vista pueda parecer. Hay que empezar diciendo una cosa: que con el incremento de un euroescepticismo altamente consciente de los destinos de Europa, sólidamente anclado a una política keynesiana continental, con la reforma del BCE, el poder finalmente conferido de forma absoluta al Parlamento y no a las comisiones, el primero que ha faltado a su cita para frenar neobonapartismos que crecen como setas más o menos venenosas ha sido el PSE. No en vano ha resultado penalizado por sus electores en mayor medida que el PPE.

Ahora vayamos con los antieuropeístas. Empecemos mirando fuera de Europa, es decir, al Reino Unido, donde no reina el euro sino la libra esterlina y domina la Common law. Aquí la verdadera noticia es la caída de los liberales, el resto ya se venía anunciando hace tiempo.

Así que entremos en Europa. Aquí destaca la extraordinaria consolidación de Le Pen. Si leemos su programa, si estudiamos los perfiles de sus candidatos como ha hecho la prensa francesa, veremos que Marine ha seguido la línea que había inaugurado en las recientes elecciones administrativas: fuertes valores nacionales, tanto en política económica como en inmigración. Paradójicamente, son los mismos nuevos valores del pobre Hollande, bien representado en la caricatura que le ha dedicado el “Canard Enchainè”, tras la confirmación del ministro Montebourg en economía, invocando el retorno al Régie Nationale, y el nombramiento del primer ministro Valls, de rostro y mano dura hacia inmigrantes y delincuentes. Naturalmente, los electores, sobre todo en lo que a cuestiones de inmigración y seguridad respecta, prefieren a Le Pen antes que a Valls. La caída de los post-gaullistas no se esperaba, pero habrá que repensarlo todo de cara a las próximas elecciones políticas, con su famosa doble vuelta, que devolverá a todos nuevas esperanzas.

En todo caso, la victoria de Le Pen es el hecho más significativo, que explica con amplias, fuertes y sólidas raíces cómo la derecha francesa ha sabido expresarse en contraposición a la tradición socialista y comunista. El problema actual en Francia es que en el ámbito cultural solo queda la derecha y eso, como pocos saben, es importante, porque entre las culturas siempre ha habido una relación y el pueblo, la pobre gente, siempre se ve influida por esa relación. Los periodistas televisivos utilizan el triunfo de Le Pen para decir que el eje franco-alemán ha dejado de existir. “Pobrecitos, no comprenden nada”, digo yo. Otro eje franco-alemán mucho más importante para el destino del mundo se está formando ya más abajo, a la orilla del alto Níger, en el corazón del África negra, donde Francia y Alemania siguen decididos a combatir unidos contra la presencia china.

De España solo llama la atención la victoria del partido de los indignados, con el redimensionamiento de los partidos popular y socialista, pero sin grandes repercusiones por el momento. Destaca sobre todo en Cataluña la victoria de la izquierda frente a CiU, lo que hace presagiar una ruta independentista bien distinta de la preconizada por Mas y compañía. En el resto de Europa, la derecha ha obtenido grandes resultados en Holanda, Austria y Hungría, aquí además con un partido claramente antisemita y nazi. Lo mismo que ha sucedido en los países escandinavos.

Para los que conocen la historia de la derecha europea esto no es motivo de sorpresa porque saben que históricamente ha faltado una izquierda socialista y comunista fuerte y bien arraigada. La derecha siempre ha cabalgado a campo abierto en estos países. El único país donde eso no ha sucedido es Suecia, donde los socialdemócratas han vuelto al poder con un programa socialista propio del antiguo régimen, es decir, de bienestar, gasto público, neocomunitario pero también neoestatalista, antideflacionista, antiliberal, prueba de que cuando el socialismo vuelve a representar a la pobre gente no solo gana, sino que la pobre gente dejan de expresar lo peor de sí mismos, como los neonazis y neofascistas, sino lo mejor, encarnando los valores populares cristianos y socialistas.

Pero la nueva Europa de verdad emerge allí donde culturalmente nació: en Grecia. Aquí, Syriza se convierte en el primer partido, el centroderecha pasa al segundo puesto y los socialistas al tercero, cerrando con Amanecer Dorado, un partido como el húngaro, neonazi y antisemita. En Grecia, aun habiendo obligado hace un par de años a Papandreu a dimitir, cuando como primer ministro anunció que quería convocar un referéndum sobre las medidas inauguradas por la Troika (desde entonces se le perdió la pista), el Pasok quedó destruido al mismo tiempo que Berlusconi y Tremonti se veían obligados a dimitir, con Merkel llorando y Obama haciendo de jefe pero sin conseguir nada más que “evitar que la sangre no cayera sobre sus manos”, como revela Geithner en su libro de memorias. La sangre de los políticos griegos no cayó sobre las manos de nadie y el pueblo pudo ir a votar, lo que ahora ha hecho que la única alternativa razonable al PPE y su desastrosa línea económica-política se haya convertido en el primer partido. No voy a ocultar mis preferencias: como viejo y no arrepentido católico-comunista, me alegro porque detrás de Syrizaci se esconden las viejas glorias del partido comunista griego, no filo-moscovita sino eurocomunista.

Italia es otra historia. En mi opinión, lo más relevante ha sido la coincidencia de situaciones. La primera, que después del golpe de estado antiberlusconiano y antitremontiano, que dio lugar a la creación artificial del gobierno de Monti, el pueblo por fin ha podido volver a votar. La segunda es que el PD de Renzi, con el 40% de los votos, bate todos los récords: es el primer partido político europeo, el primer partido socialista europeo, y por tanto podrá disponer de un alto número de escaños en el Parlamento, lo que le permitirá obstaculizar la política del PPE; es el único partido capaz de hacer frente a Merkel y de reunir en torno a sí, al contrario que el pobre Schulz, una verdadera alternativa socialista, keynesiana y antiblairiana para reconstruir una nueva Europa.

Habrá que preguntarse si Renzi y compañía serán capaces de hacer todo eso, es decir, liberarse de la escoria neoliberal, financiera y neobonapartista que campea entre sus dirigentes. Pero una cosa es indudable: Renzi marca la victoria del catolicismo democrático italiano. En muchos frentes, resulta emblemático que haya sido un católico el que ha hecho entrar al PD en el PSE, y eso es un signo de libertad del que todos los italianos deberían estar agradecidos. La unidad partidista de los católicos ha quedado finalmente sepultada.

La consecuencia ha sido que esta extraordinaria victoria del catolicismo democrático ha cortado las alas a Beppe Grillo y sus secuaces, que se dividen entre facinerosos y hombres y mujeres de buena voluntad. Por caridad, sigamos con los pies en la tierra: Grillo se ha transformado definitivamente de movimiento a partido, y por tanto también para el Movimiento 5 Estrellas ha llegado la hora de la verdad. ¿Seguirá siendo un partido de protesta o se convertirá en un partido de izquierdas, a la izquierda del PD? Para los que siempre pensaron que Italia es un país moderado por naturaleza, sería todo un descubrimiento. Pero como decía un gran pontífice: no debemos tener miedo.

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