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5 DICIEMBRE 2016
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Un impreciso pero irresistible deseo de cambio

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Cambio de Rey. No tendría por qué haber sorpresas. Tras 39 años de monarquía constitucional “el alma republicana” de los españoles, aunque ha tenido un cierto repunte, sigue dormida. La Constitución de 1978 otorga unas competencias al monarca que van poco más allá de lo simbólico. Son mucho menores que las de cualquier presidente de las repúblicas vecinas (Italia, Portugal, Francia).

Don Juan Carlos pasó a segundo plano tras la estabilidad democrática conseguida al hacer fracasar el intento del golpe de Estado de 1981–último estertor de las asonadas militares del siglo XIX y XX, expresiones de la falta de un sujeto consistente que mantuviese en pie la democracia liberal–. Su labor ha sido, desde entonces, relevante como embajador en el exterior.

¿Y entonces a qué tanta agitación tras el anuncio de la abdicación? El relevo pacífico no se producía en la Corona de España desde hace más de cien años cuando Alfonso XIII heredó el trono de su padre Alfonso XII a través de la regencia de María Cristina. La proclamación de Felipe VI el próximo 19 de junio supone la consolidación de la segunda restauración. La falta de ejemplaridad de la familia real (caso Urdangarín) y el desafecto hacia las instituciones han provocado un incremento del republicanismo de izquierda. El nacionalismo secesionista en Cataluña y en el País Vasco no se reconoce, como es lógico, en el símbolo de la unidad nacional. Es lógico que con este cuadro haya cierta inquietud.

Pero las incertidumbres no son muy relevantes. Ya no se puede contar con los comunistas, que fueron en la época de la transición los primeros monárquicos. Pero mientras siga existiendo la intelligentisia de centro-izquierda que ha defendido a la monarquía desde los años 80 para evitar a un presidente de república de derechas, los temores son infundados.

Y a pesar de ello hay una especie de inquietud y de deseo inconfesado de que con Felipe VI algo cambie. El reinado de Don Juan Carlos ha sido un buen reinado. Su labor en la transición a la democracia, decisiva. Su neutralidad constitucional exquisita. A los españoles les han preocupado poco los desórdenes de su vida privada. Y sin embargo el Rey se marcha con la peor valoración en las encuestas que ha tenido en los 40 años que ha estado en el trono. Es un mal general. El suspenso afecta a todo lo que tiene que ver con la vida pública. Por supuesto, a los partidos.

Se le puede echar la culpa a la gente. Se les puede regañar por no poner las cosas en sus justos términos. Ya dice John Gray que “la política es el arte de idear remedios temporales para males recurrentes: no es un proyecto de salvación sino simplemente una serie de recursos”.

Podríamos pensar que los españoles, los europeos en general, andan enfadados porque han vuelto a realizar esa transferencia de sacralidad que pone la esperanza de la salvación en las instituciones. Habría vuelto si no el pensamiento sí el sentimiento utópico de los años 70 del pasado siglo que se expresaba en un marxismo hedonista.

La reacción sería la propia de un pensamiento liberal coherente. Pero poner a la política en su sitio no significa encogerse de hombros ante la insatisfacción que provoca en muchos la sensación de que la vida pública está alejada de la vida real, de la necesidad de lo auténtico. Y no es tanto por los casos de corrupción. Es más bien por un formalismo, una inercia, una insinceridad y un predominio absoluto de la gestión que provocan hastío y escepticismo. No será la ética la que nos saque de esta deriva cansina. Porque se repiten los viejos valores y vuelve su eco sin que hayan sido escuchados por las nuevas generaciones. Están en un código indescifrable para los más jóvenes y para los que no lo son. Se ha roto la cadena de la tradición. Celebramos, por ejemplo, los 70 años del desembarco de Normandía y los nuevos europeos solo se ven en fotos en blanco y negro. El irrefrenable deseo de un cambio para que la vida pública reciba aunque sea solo la sombra de lo verdadero está expresado con la gramática de siempre. Hay que volver a aprender a leer. Luego podremos empezar a escribir.

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