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3 DICIEMBRE 2016
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Trágica resaca neocon

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“Necesitamos otro Sadam Hussein”. Es lo que asegura uno de los pocos caldeos iraquíes que viven en España cuando se le pregunta por el futuro de su país. Es la tentación siempre presente de la dictadura como remedio al caos. Y en esta ocasión el caos tiene proporciones descomunales.

La rama de Al Qaeda en Iraq, el Estado Islámico de Iraq y el Levante (ISIS) no se conforma con controlar Mosul (al norte) sino que ya marcha sobre Bagdad. Tienen lazos estrechos con el yihadismo sirio y está crecido porque su sueño de crear un emirato propio en la zona parece ahora muy cercano. Los minoría sunní no radical, harta del maltrato del Gobierno chiita de Al Maliki ha acabado coincidiendo con los terroristas. Y ante la debilidad del Estado, los kurdos han vuelto a lo de siempre: ya controlan amplias zonas del norte. La Agencia Internacional de la Energía advierte que el petróleo va a subir de precio. Y Estados Unidos dice que no va a intervenir con tropas y que si acaso mandará algunos drones. Y los cristianos, como siempre, vuelven a ser el chivo expiatorio de unos y otros. Antes de la Guerra de Bush (2003) eran 900.000, ahora ya solo quedan 100.000. Quedan pocos y los pocos que quedan huyen en masa.

El patriarca de los coptos católicos Ibrahim Isaac Sidrak, en las declaraciones que recoge el documental “Walking next to the Wall” (documental producido por N Medio que se estrenará en las próximas semanas) lo dice claro: “estábamos de acuerdo en que no era conveniente un dictador como Sadam. Pero Estados Unidos debe rendir cuenta de su intervención en Iraq. El país está más dividido que nunca y casi no quedan cristianos”.

En los orígenes de esta tragedia, que ya desestabiliza toda la zona, tienen mucho peso los errores de Obama y la ideología neocon que dominó muchos despachos de la Casa Blanca durante el mandato de Bush. Obama ha fracasado en su intento de resucitar el proceso de paz en Tierra Santa, se equivocó al apoyar a los Hermanos Musulmanes en Egipto (afortunadamente hay un Egipto musulmán y maduro que rechaza a los radicales) y también ha errado en Iraq. Ha apoyado a Maliki a pesar de que es un presidente sectario. Mandó sacar las tropas hace dos años cuando todavía faltaba mucho para conseguir la estabilidad. Iraq no era Afganistán. Hasta hace no mucho era un país moderno, con infraestructura, con una cierta clase media bien formada. El general Petraeus, ahora de capa caída, le dijo claro al presidente cuál era la solución: tropas y fomento de la reconciliación nacional.

Más responsabilidad tiene el trotskismo occidental. Sí, el trotskismo. Buena parte de los neocon que estuvieron al mando tras el 11 S eran revolucionarios que habían bebido en los fundamentos de la IV Internacional. Luego pegaron el pendulazo, pero mantenían la impaciencia ante la historia en su propósito de utilizar el poder para instaurar los valores occidentales en el mundo. El American Enterprise Institute for Public Policy Research y el Project for the New American Century se convirtieron en sus plataformas. El vicepresidente Cheney les abrió la puerta a la Casa Blanca. Y alguno de ellos, como Richard Perle, llegó muy alto. Tan alto que fue el padre de la operación contra Sadam.

La de los neocon, que pronto se aliaron con algunos cristianos fundamentalistas, ha sido una de las últimas teologías políticas que hemos sufrido. En nombre de los valores occidentales y de los valores cristianos, interpretados de un modo muy particular, se intervino en Iraq contra el cristianismo histórico, representado por la Iglesia caldea y la Iglesia asiria. La estrategia de construcción nacional se había diseñado en los despachos y, herida de occidentalismo, no tuvo en cuenta que los seguidores de la cruz eran una minoría decisiva para estabilizar el país. Los países de mayoría musulmana de Oriente Próximo podrán tener en el futuro democracias, pero serán diferentes a las occidentales y nunca serán laicas.

La trágica resaca neocon deja al menos tres lecciones. Las teologías políticas no son buenas para la libertad. De hecho el espacio que abrieron los occidentalistas ahora lo ocupan los yihadistas. Hay que escuchar a los cristianos de Oriente. Y, por último, y quizás más importante, los valores desvinculados de la historia en la que se mantienen vivos y son posibles, desgajados de la existencia concreta de la gente y de sus necesidades, pueden llegar a ser muy peligrosos.

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