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6 DICIEMBRE 2016
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El Papa se atreve con la crisis

José Luis Restán

El Papa retoma el rico caudal del magisterio social de sus predecesores desde León XIII a Juan Pablo II, pero deja su inconfundible impronta en seis páginas dedicadas a abordar las implicaciones morales de la pobreza, su influjo sobre los conflictos y la forma de gobernar el proceso de la globalización de modo que sirva a la justicia y al reconocimiento de los derechos de todos, especialmente de los más pobres y vulnerables. En realidad Joseph Ratzinger nunca le ha hecho ascos a la cuestión económica, y precisamente estos días se ha desempolvado un artículo escrito en 1985 en el que sostenía que la economía de mercado no sería viable si se escindía de las exigencias éticas, y en el que sugería la posibilidad de un colapso del sistema si se producía dicha desvinculación.

A nadie se le oculta en todo caso que afrontar esta temática en el momento actual es un grave desafío, y más para un Papa. Por supuesto que aquí no se proponen recetas ni soluciones técnicas, se trata de una mirada libre y originalísima que brota de la sabiduría de la Iglesia, y que no elude pronunciamientos políticamente incorrectos. Por ejemplo cuando cuestiona el vínculo entre pobreza y crecimiento demográfico (y lo hace con datos concretos) y señala que numerosas naciones caracterizadas por un fuerte crecimiento de población han conseguido salir de la pobreza, o cómo entre las naciones más avanzadas, las que tienen mayor índice de natalidad disfrutan de un mejor potencial de desarrollo. Tampoco se muerde la lengua a la hora de denunciar el chantaje que ejercen las instituciones internacionales sobre los países pobres, condicionando las ayudas a políticas contrarias a la vida. O cuando reitera que sólo se podrá combatir eficazmente la pandemia del SIDA con una educación en una sexualidad plenamente acorde con la dignidad de la persona.

En su radiografía moral de la pobreza en el mundo no olvida el Papa a las víctimas más vulnerables, los niños, y pide una especial incidencia de los proyectos de cooperación en la atención a las madres, en la educación y en la estabilidad de las familias. Critica también el escándalo de la carrera de armamentos que provoca bolsas de subdesarrollo y desesperación, y aborda la dramática crisis alimentaria, que no se explica por la insuficiencia de alimentos sino por fenómenos especulativos y por la falta de un entramado de instituciones políticas y económicas capaz de afrontar las emergencias.                

Un punto especialmente destacable del mensaje es el que dedica a analizar la crisis financiera. Es un apunte breve pero de extraordinaria lucidez, que señala cómo la lógica del beneficio a corto plazo y de la mera gestión de riesgos ha frustrado en muchos casos la función de las finanzas de ser puente entre el presente y el futuro, para sostener la creación de nuevas oportunidades de producción y de trabajo a largo plazo. El desplome del sistema demuestra que esa lógica que no considera el bien común a largo plazo termina siendo destructiva para todos, incluso para quienes se habían beneficiado durante la euforia.      

A la hora de plantear la lucha contra la pobreza el Papa subraya la ambivalencia del fenómeno de la globalización, que abate ciertas barreras pero también genera nuevas divisiones y conflictos. Por sí sola, la globalización no creará la justicia ni establecerá la paz. Por tanto la tarea consiste en orientarla hacia un objetivo de profunda solidaridad y para eso no bastan recetas técnicas, sino que se necesitan hombres y mujeres dotados de una prudente sabiduría, que se sientan heridos por la injusticia y que sean capaces de acompañar a las comunidades en el camino de un auténtico desarrollo. Benedicto XVI subraya la necesidad de crear sinergias positivas entre la sociedad civil, los mercados y los Estados, pero incide precisamente en potenciar y sostener las iniciativas de la sociedad civil porque el desarrollo es esencialmente un fenómeno cultural, y la cultura nace y se desarrolla en el ámbito de la sociedad civil. Aquí se inscribe también la acerada crítica que dirige el Papa a las políticas marcadamente asistencialistas, que a su juicio están en el origen de muchos fracasos en la ayuda a los países pobres. Es preciso invertir en la formación de las personas y crear una cultura de la iniciativa y del trabajo, en lugar de trasplantar proyectos llave en mano, confeccionados en lejanas oficinas.   

Recordando una frase de León XIII, el Papa pide "que se ciña cada cual a la parte que le corresponda". La Iglesia no pretende legislar ni promover planes económicos, ni sustituir a los gurús de las finanzas. Se implica con las heridas de la humanidad, y contempla toda la profundidad del problema, que concierne en último término a la identidad del hombre y a su relación con Dios. Con su inteligencia y su profundidad personal, Benedicto XVI ha puesto letra a la experiencia secular de generaciones de cristianos, que supieron crear en otros momentos de la historia una red de caridad operativa y pusieron las bases de una prosperidad y un bienestar que ahora, entre todos, debemos reinventar.

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