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9 DICIEMBRE 2016
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Madre Iglesia

José Luis Restán | 0 comentarios valoración: 3  52 votos
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Durante la apertura del Congreso diocesano de la diócesis de Roma, Francisco ha dejado salir a borbotones su fibra de pastor, su mirada intuitiva sobre la realidad presente y su pasión misionera. Ha comenzado por hablar de “la sociedad de los huérfanos”, esta sociedad en la que los jóvenes “están huérfanos de un camino seguro que recorrer, de un maestro en el que confiar, de ideales que den calor al corazón, de esperanzas que sostengan la fatiga del vivir cotidiano”. Para entonces, Francisco ya se había disparado.

Estos jóvenes, nuestros jóvenes, no tienen ya memoria de la propia familia, ni de su pueblo, ni de una comunidad. Huérfanos de memoria y de afecto, huérfanos de gratuidad. Y entonces Francisco toma el hilo de esta última palabra, decisiva e incomprendida: ¡gratuidad! Todos tenemos necesidad de esta gratuidad, en la familia, en las parroquias, en la sociedad entera: “esa necesidad de gratuidad que es como abrir el corazón a la gracia de Dios”. Y es que la relación con Dios es pura gracia, no se compra ni se vende, es un regalo. Y entonces el obispo de Roma recuerda a sus fieles la gran promesa que nos ha dejado Jesús: “No os dejaré solos”. Y se lo toma en serio.

Generar en la fe quiere decir comunicar que no somos huérfanos. A los hombres y mujeres de esta sociedad del consumo y la tecnología, de esta sociedad de la soledad, el individualismo y la desmemoria, Jesús les dice: “es bello que tú existas, tu vida no es inútil porque yo te he confiado una gran tarea”. Pero ¿quién es hoy la carne de Jesús en las plazas, quién presta su voz para clamar estas palabras? “La identidad de la Iglesia es eso, evangelizar, generar nuevos hijos”.

Ante la orfandad de los hombres (siempre en busca de casa, siempre en busca de paternidad) el desafío de la Iglesia no es otro que el de ser madre. Y cuando escuchamos a Francisco decir esta palabra sentimos algo verdaderamente carnal, denso y dramático. Él pide a la Iglesia renovar sus entrañas para poder ejercer esta maternidad que nunca es mecánica. Recupera aquella advertencia de su predecesor, Benedicto XVI, sobre el proselitismo, que nunca es camino para engendrar hijos sino socios. La Iglesia crece por atracción, crece por la ternura y el testimonio que la hacen madre. Que la Iglesia es madre significa que da a luz a una nueva personalidad, que genera una nueva cultura, un corazón diferente en quienes hace sus hijos. Y este es un proceso dramático como lo es un parto… pero después el hijo vive en la paz de la casa materna, sabe que en la Iglesia está en su casa.

Frente a la belleza de esta imagen, el Papa describe las consecuencias de lo que llama “la fuga de la vida comunitaria, la fuga de la familia”… Entonces la Iglesia envejece, dentro de sus estancias no se vive la memoria, no hay conciencia de una historia que se despliega y de la que formamos parte. Necesitamos recuperar la memoria de la Iglesia que es pueblo de Dios, recuperar la memoria en la paciencia de Dios que no ha tenido prisa, que nos acompaña a lo largo de una larga historia. No hay maternidad sin recorrido, sin tiempo, sin peregrinación. Es necesario pedir todo esto al Espíritu, porque sin su respiro la Iglesia envejece, deja de ser madre.

Una perspectiva final: debemos tener el corazón de Jesús, que sentía compasión de las multitudes porque estaban como ovejas sin pastor. Eso es también parte de la maternidad de la Iglesia: un corazón sin confines, una mirada llena de dulzura y compasión por la necesidad y la debilidad de cada hombre y mujer. La puerta siempre abierta, pero advierte el Papa, es importante que a esta acogida le siga la propuesta clara de la fe. “Queremos una Iglesia de fe, que crea que el Señor es capaz de hacerla madre, de darle tantos hijos: nuestra Santa Madre Iglesia”.

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