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13 DICIEMBRE 2017
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La clave generacional del discurso de Felipe VI

Eugenio Nasarre | 0 comentarios valoración: 3  111 votos
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Si pensáramos en la monarquía británica, en la que los discursos de la Corona tienen la hechura del correspondiente primer ministro, podríamos decir que el discurso inaugural de Felipe VI tendría un cierto aire de Tony Blair. En nuestro caso este discurso tiene, desde luego, una naturaleza especialísima: es el más personal del monarca, al inicio de su reinado. No es difícil descubrir que late en todo él la pretensión de ganarse a la gente, a la sociedad española, sobre todo a aquellos sectores que en estos momentos dudan, desconfían o están distanciándose del sistema que él encarna. Y utiliza, con habilidad, un hilo conductor dialéctico, que a mí me ha recordado a Blair.

Ganarse la confianza de la sociedad española es el gran objetivo del discurso de Felipe VI. Y toda la retórica contenida en él está al servició de tal mensaje. El nuevo rey sabe que está investido, tras su juramento ante las Cortes Generales, con la plenitud de la legitimidad de origen. Es un rey constitucional que va a ejercer sus funciones en el marco de la monarquía parlamentaria que nuestra Constitución establece. La pieza del discurso en la que reconoce y asume la misión del rey en nuestro modelo constitucional es impecable. Y no ha estado mal evocar, conforme a la clásica formulación de Bagehot, de que al rey le corresponde “escuchar, comprender, advertir y aconsejar”. Estos son los verdaderos poderes del rey, en su función arbitral y moderadora, que Felipe VI reclama para sí y se compromete a ejercer.

Y estas funciones empieza a ejercerlas precisamente en la parte siguiente de su discurso, en la que, tras reconocer y elogiar la gran tarea que llevó a cabo la generación del Rey padre para construir el consenso constitucional y afianzar nuestra democracia, asume el hecho del relevo generacional como clave política de la abdicación para convertirse, de ese modo, en el portavoz de las aspiraciones y sentimientos de las generaciones de españoles, que son ya hijas y herederas del sistema que nos dimos hace casi cuarenta años. Este es el sentido que quiere dar a su reinado: conectar con esas generaciones de españoles, al ser consciente de que son las que pueden estar más alejadas de los valores con que se construyeron los cimientos de nuestro edificio constitucional y nuestro sistema de convivencia. De ahí que postule una “monarquía renovada para un tiempo nuevo”.

Esta es, a mi juicio, el punto neurálgico del mensaje que ha querido transmitir Felipe VI. Y esa va a ser la tarea en la que va a consistir su búsqueda de la “legitimidad de ejercicio”, que sabe que tiene que ganarse. Pero esta clave encierra todo un programa, que el mismo rey ha esbozado en su discurso, y en el que se pretende trazar caminos para superar los problemas y las dificultades con los que España se ha encontrado al final del reinado de su padre. Y este programa, de regeneración, modernización y apertura, reclama el concurso de las fuerzas políticas y sujetos sociales en lo que podríamos llamar renovación del “pacto constitucional” que protagonizó la generación anterior. Por ello, en el discurso de Felipe VI hay una clara apelación a la búsqueda de nuevos acuerdos y entendimientos para emprender este programa, que la misma sociedad está demandando.

El discurso del Rey no puede dejar de tener consecuencias políticas. Abre expectativas a la sociedad española, traza un camino, que puede ser prometedor, para ensanchar las bases del sistema de la monarquía parlamentaria. El gobierno y las fuerzas políticas tienen que coger el guante. El momento inaugural del nuevo reinado se convierte en una oportunidad histórica para llevar a cabo el programa esbozado en el mensaje del Rey.

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