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3 DICIEMBRE 2016

A los que decepciono

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Todos tenemos la experiencia de leer un texto donde, sin esperarlo, aparece una frase que nos sacude fuertemente, e inmediatamente nuestros pensamientos empiezan a girar en torno a ella. A veces de manera acusatoria y otras de forma alentadora. Ayer me topé con una de esas que no cesó de acecharme durante un buen rato, hasta derivar en este post.

“Si nunca esperas nada de nadie nunca te decepcionarás.” Pertenece a  la escritora Sylvia Plath. Como toda afirmación, tiene sus matices, opiniones y excepciones, para cada  receptor . Manifiesto plenamente mi acuerdo con ella.

Y es que me doy cuenta, de que frecuentemente expresamos nuestra decepción. Me gusta la definición que Wikipedia hace sobre ella : “La decepción es un sentimiento de insatisfacción que surge cuando no se cumplen las expectativas sobre un deseo o una persona. Se forma en unir dos emociones primarias, la sorpresa y la pena”

Y entre las ideas que vuelan alrededor de ella, percibo  que abre las puertas al “ego” del que la sufre. ¿No es verdad que en el fondo de nuestras expectativas, hemos pensado en nuestra forma de concebir las cosas , en la manera de vivirlas?... ¿No corresponde a nuestra realidad , que toda la empatía manifestada hacia el otro ,sea una búsqueda de acomodo a mis circunstancias?...

Llevo tiempo descubriendo otra realidad, emparentada con la decepción y que practicamos  de forma sutil, casi imperceptible. Me estoy refiriendo a la corrección fraterna, a la “critica” que alguien querido, nos hace sobre algún aspecto de nuestra vida. Confesamos con orgullo, que aceptamos la amonestación, la censura, la reprensión, y se nos llena la boca, suplicando a quien nos conoce y nos quiere de verdad, que por favor nos indique aquello que no hacemos bien.

Llega la corrección, el desacuerdo en algunas cosas de nuestra actuación, o tal vez no llega la palabra esperada, el gesto solidario, envuelto en silencio aparentemente  respetuoso, y buscamos rápidamente en nuestra biblioteca , el libro titulado “decepción”, para abrirlo y poner en práctica sus consejos. Una vez más, debo entonar el mea culpa, examinando mi actuar. Tristemente, verifico que también yo, entro en el número de los que  así obran.

¿Y como reaccionamos ante la decepción? … La primera que se me ocurre, es la imperiosa necesidad de que los otros se enteren, de que conozcan  que me han herido. En la sociedad de avances tecnológicos, en la que vivimos, tenemos muchos aliados para difundir nuestro pesar. Cogemos el teléfono, acudimos al correo electrónico, usamos nuestras páginas webs, nuestras redes sociales, nuestros whatssap y venga… ¡a proclamar fuertemente nuestro desencanto! Vistas las cosas desde la distancia y  la reflexión, no puedo evitar pensar que nos parecemos mucho a los niños pequeños, cuando tienen su rabieta. Quieren que todos se enteren de que están dolidos, cuando sus expectativas se han venido abajo. Y de la misma  forma que ellos reaccionan , ponemos en práctica nuestra "revancha". Empieza la queja, la murmuración, el bloqueo en las redes sociales, la eliminación de la webs de nuestros favoritos, y la manifestación infantil del "ya no te ajunto".

Llego a la conclusión, de que la decepción no solo abre la puerta al egoísmo, sino que reclama fuertemente, que entremos por ella, donde la siguiente estancia que nos encontraremos, será la de la soberbia. Vuelve a gustarme la definición que la Wikipedia hace de ella : “Sentimiento de valoración de uno mismo por encima de los demás”.

Siempre he manifestado que la parte de la pasión de Cristo que más me impresiona es la de Getsemaní. Porque la muerte en cruz, corresponde , a la consumación de una  aceptación, en cambio en el huerto de los Olivos, estuvo presente la lucha violenta  para dar respuesta afirmativa a una Voluntad. Un combate contra numerosos enemigos que tentaron al mismo Jesús: La batalla contra el desaliento , la decepción, la incomprensión, la soledad, el silencio, el abandono, la inutilidad, el orgullo, la soberbia…

La mayoría de las veces miramos las cosas con ojos humanos, así pues, con esta visión ¿No sería el hombre la gran decepción de Dios?... Parece ser que no. Y entiendo el porqué. Dios es amor dice la Biblia. El amor no espera nada, lo da todo . Aquellos  que lo creemos firmemente lo sabemos y lo hemos experimentado.

¿Decepciones?..., Paseémonos por Getsemaní y  el Gólgota , allí encontraremos respuestas.

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sobre este blog
Angelo

Casado y padre de cinco hijos. Apasionado de mi familia. El mejor título que se me ha otorgado en la vida es el de la paternidad. Agradecido por tanto bien recibido. Feliz de haberme encontrado con Dios tras años de caminar perdido. Estoy convencido de que este mundo se puede cambiar, llevando amor aunque no se reciba. Y yo quiero empeñarme en ello
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