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10 DICIEMBRE 2016
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Alma y destino de la Unión

Angelo Scola | 0 comentarios valoración: 3  60 votos
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Nuevos países que se agolpan y empujan para entrar, y países que entraron los primeros, hace décadas, atravesados por llamativos fenómenos de rechazo o, por lo menos, de escéptico distanciamiento… La situación actual de la llamada Eurozona, magmática y en continuo movimiento, plantea una pregunta que ya no se puede posponer más: ¿cuál es el alma y el destino de Europa?

Las recientes elecciones europeas parecen haber creado más problemas de los que podían resolver.

No me refiero tanto al populismo antieuropeísta del que se habla demasiado sin llegar a explicar su significado ni a captar sus diferencias, que están lejos de ser obvias. Ni siquiera estoy pensando en la nueva forma del conflicto entre Comisión, Consejo y Parlamento europeo, puesto en evidencia por el debate sobre quién será el futuro presidente. Sin querer negar su gran importancia, no creo ni siquiera que el corazón de la cuestión radique en la naturaleza del Banco Central europeo y su eventual poder para imprimir moneda. La gravedad del “problema-Europa”, puesta de manifiesto por la escasa participación de los ciudadanos llamados a votar, pide ir más en profundidad. ¿Existe un ciudadano europeo? Y si existe, ¿qué fisonomía tiene? De la tragedia de las dos guerras mundiales nació una política europeísta. ¿Cómo? Mediante la idea de civis europeo introducido en la ciudad/casa común. La polis europea –los padres fundadores lo entendieron muy bien– exigía que todas las naciones promovieran esa vida buena simultáneamente perseguida por el individuo y por la comunidad. No será inútil recordar que ni la refinada polis griega ni la articulada civitas romana llegaron a concebir la sociedad como casa, como morada. De hecho, según ambas perspectivas, el hombre se concibe como civis en la medida en que el Estado reconoce sus derechos.

Falta una figura efectiva y estable, capaz de garantizar ese origen que genera unidad entre los ciudadanos y hace de la sociedad una morada. No existe en esos modelos de sociedad la figura del Padre. En consecuencia, está ausente la categoría de persona entendida en su valor concreto y práctico, como la única que puede imprimir a la libertad una equilibrada dirección creativa y comunitaria. Una concepción que favorece la relación entre persona, cuerpos intermedios (sociedad civil) y estado.

¿Qué camino hay que recorrer entonces para darle un alma a Europa y garantizarle un destino? A riesgo de parecer aburrido, repito aquí la que me parece la vía maestra. Hay que pujar de forma rigurosa en la sociedad plural europea con una apuesta tan fascinante como definitiva: ¿quién quiere ser el hombre del tercer milenio? Los hombres no solo son iguales, son sobre todo responsables unos de otros.

Cada uno es responsable de todos y del todo. Somos, de hecho, hermanos. Es un tema antiguo que asoma ya en los labios de Caín cuando Dios le interpela tras el asesinato del hermano: «¿Soy yo acaso el guarda de mi hermano?» (Gn 4,9). La única respuesta razonable es sí. ¿Por qué? Por la experiencia que el hombre de todo tiempo y lugar lleva consigo: el yo está siempre en relación, constitutivamente es relación. Solo así es persona y por tanto civis que habita en la morada social.

No se pueden defender los derechos del individuo sin ser responsables del cuerpo al que pertenece. Y esto vale para toda la secuencia de derechos, empezando por los fundamentales, personales y sociales, llegando a los religiosos, políticos y económicos, a los del trabajo y de la ecología humana y medioambiental.

Podemos decir por tanto que la fisonomía del ciudadano-persona, constitutivamente habitante de una morada, miembro de la societas, es lo que el corazón del europeo contemporáneo demanda.

El rostro de Europa es el de una hermosa madre llena de arrugas porque durante siglos ha llevado el peso de los muchos cambios que ha disfrutado todo el mundo y que hoy, mirando lúcidamente hacia la complejidad de la situación internacional, no puede renunciar a su tarea de escala universal, pero que corre el riesgo de perderse por senderos interrumpidos. Necesita hombres y comunidades –que ciertamente ya están presentes y operantes en ella– que persigan obstinadamente la búsqueda de esta alma.

Para hacerlo no hay que desdeñar partir, como hicieron los padres fundadores que se ocuparon del carbón y del acero, de los problemas concretos, como los citados al principio. Se trata de hacerlo afrontándolos con la sagacidad de quien sabe interceptar en ellos la huella del ideal. Sin excluir a nada ni a nadie, construyendo una política mediterránea y tal vez empezando también a hablar de Eurasia, ahora que muchas investigaciones, no solo lingüísticas, nos están mostrando el fecundo nexo entre Alejandría, Jerusalén, Atenas, Romas y las culturas asiáticas más antiguas. Son temas que afectan a los pueblos europeos y que no pueden ser sencillamente delegadas a tecnócratas o politólogos.

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