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4 DICIEMBRE 2016
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Turgenev, Tolstoi, Dostoyevski, el encuentro entre el alma y la nada

Elisabetta Sala | 0 comentarios valoración: 3  51 votos
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Se acaba de publicar en Italia un libro dedicado a las “Almas rusas”, en el que Giuseppe Ghini presenta a los tres grandes protagonistas del llamado realismo ruso: Turgenev, Tolstoi y Dostoyevski. Lejos de pretender agotar a estos gigantes en unas cuantas páginas, el autor contextualiza algunas de sus técnicas narrativas y de sus personajes siguiendo el hilo rojo de lo que define como “antropología tripartita”.

El título ya revela lo que separa el realismo ruso y el del resto del mundo, haciéndolo infinitamente superior. Mientras toda la Europa de la segunda mitad del XIX se dedica a estudiar al hombre en la sociedad, Rusia añadió una dimensión más profunda. Al hombre racional cartesiano, que vive en dos dimensiones, la física y la psíquica, la profundidad rusa añade la valiosa e irrenunciable esfera de lo espiritual. El suyo es el hombre en tres dimensiones, el hombre completo.

Turgenev (1818-1883) identifica en sus personajes un “misterio” que les impide conocerse verdaderamente a sí mismo. En consecuencia, mediante la “poética del signo”, permite que el lector intuya las turbaciones de las almas sin explicárselas ni describirlas. Varios de sus protagonistas viven de una ideología abstracta o de ideales románticos que solo se hacen concretos y humanos a través de una crisis que, normalmente, pagan con su propia persona.

En este sentido, es fundamental el descubrimiento del amor como primera facultad. Como teorizara Scheler, el acto originario que pone al hombre en contacto con el mundo es precisamente el amor (voluntad de un significado). Eso está antes que la racionalidad o la búsqueda de un placer, antes aún que el ansia de poder y podríamos decir antes incluso que el acto imaginativo-creativo de los románticos.

Turgenev ilustra la superación del hombre ideológico y expone el pensamiento positivista y darwinista como la filosofía de la nada, del caos primordial (no en vano, fue precisamente su novela más famosa, Padres e hijos, la que aclaró el sentido despectivo del adjetivo nihilista). El hombre realizado pasa en Turgenev del caos de la ideología al cosmos del amor, que imprime en el mundo un nuevo orden. Las obras de Turgenev allanan así el camino a las obras maestras de los dos novelistas rusos por excelencia.

León Tolstoi (1828-1910) era un hombre atormentado y lleno de contradicciones incurables, al mismo tiempo egocéntrico y humilde, soberbio y altruista, perfeccionista y dolorosamente pecador, religioso y ateo, gran artista y enemigo del arte, noble y populista; el más trágico de todos sus personajes. Le podemos seguir el rastro en el camino de algunas de sus criaturas inolvidables, Natasha y Andrei, Anna Karenina, Nikita, Ivan Ilich, personajes que nos permiten identificarnos totalmente con ellos. Porque “en la representación de los sentimientos interiores, conscientes o inconscientes, Tolstoi es verdaderamente insuperable”, hasta el punto de que sus geniales intuiciones le convertirán en el precursor de varias ramas de la psicología moderna.

Con una sinceridad despiadada, condena toda forma de hipocresía, despojando al hombre de todo oropel y poniéndole delante de la vida sin máscaras, sin defensas. No le interesan los ambientes ni las condiciones sociales: al menos, no directamente. Entre sus temas recurrentes, domina el de la muerte. Precisamente por eso en sus obras y personajes late la vida, aunque a veces están tan replegados sobre sí mismos que pierden de vista el mundo que les rodea. Pero luego, de forma imprevista y totalmente gratuita, algunos entran en una dimensión espiritual y se sitúan a un paso de la comprensión del misterio del mundo. Más allá no consiguen llegar: sería el encuentro con lo inefable, que Tolstoi no quería identificar con ninguna religión revelada. Lo que le valió la excomunión a este hombre en perpetua búsqueda.

De los tres, Dostoyevski (1821-1881) fue el que tuvo la vida más difícil, continuamente amenazado por las deudas, por varias inestabilidades, por la precariedad de la vida; pero él no decidió, como pudieron hacer Balzac o Zola, componer obras socialmente comprometidas. Al contrario, incluso cuando la idea de una novela nacía de un evento político (como Los Demonios), lo que le interesa es el hombre interior. Sus protagonistas son hombres sufrientes y desgarrados, incomprendidos, a veces psicópatas, que se van seccionando, rompiendo y al final recomponiendo en una unidad.

El combate moral explora abismos hasta entonces inaccesibles, el sufrimiento y el pecado se abren a la dimensión trascendente y a veces dan paso a la expiación y el perdón; hasta el punto de que los más puros, como Sonia, Mishkin, Aliosha, se presentan como imágenes cristianas. Adelantándose a la novela del siglo XX, Dostoyevski se consideró realista en el sentido más elevado: porque, en vez de describir las condiciones sociales, representaba todas las profundidades del alma humana. El personaje de Dostoyevski está necesitado de redención y se abre a lo trascendente, solo entonces encuentra la paz. En caso contrario, no le queda más que la desesperación.

Aquí radica, según el autor, la diferencia radical entre la novela europea occidental y la rusa. Como decía Steiner, “la tradición de Balzac, Dickens y Flaubert era secular. El arte de Tolstoi y Dostoyevski era religioso”. En la introducción, el libro señala que “estos tres novelistas avanzan hacia la recuperación de una antropología tripartita, donde, junto a la esfera física y psíquica, emerge una esfera espiritual que consiente la entrada de lo divino en el hombre. Solo la existencia de esta región espiritual permite al hombre elegir libremente, decidir responsablemente, sustrayéndose a condicionamientos ambientales”. Así, las tres grandes “almas rusas” (un título tan válido para los personajes como para sus autores) devuelven a Europa un bien muy valioso que ya se estaba perdiendo.

Giuseppe Ghini, "Anime Russe", Ares, Milán, 2014

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