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5 DICIEMBRE 2016
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La guerrera de Francisco Fernando

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Hace cien años, en Sarajevo, el 28 de junio, en torno a las 11 de la mañana, se desencadenaron una serie de acontecimientos que provocaron la muerte del archiduque Francisco Fernando, heredero del Imperio Austro-Húngaro. Aquel asesinato, siempre se ha explicado así, desencadenó el comienzo de la I Guerra Mundial.

Francisco Fernando recorría las calles de la capital de Bosnia cuando un anarquista le lanzó una bomba que el príncipe consiguió rechazar y que acabó hiriendo a un grupo de personas que le acompañaba. Si el heredero se hubiese quedado en el ayuntamiento donde le dieron cobijo tras haber esquivado la bomba, si no hubiera insistido en ir a visitar a los heridos, si el conductor no se hubiera perdido, si no hubiera pasado por la calle donde estaba el anarquista Gavrilo Princip, si el anarquista hubiera estado mirando para otra parte, si no hubiera reaccionado a tiempo para dispararle con su pistola, si el príncipe no hubiese tenido la manía de hacerse coser la guerrera para que su aspecto fuera lo más elegante posible, si todas esas cosas no hubieran sucedido, no se habría podido repetir el atentado o se habría podido evitar la muerte taponando rápidamente la herida. Y no habríamos tenido los cerca de 30 millones de muertos de la Gran Guerra

Sonreímos al leer un párrafo como el anterior. Estamos convencidos, como Edward Grey, el secretario de Asuntos Exteriores británico del momento, que la guerra era un hecho inevitable, un producto necesario de la naturaleza. Somos gente sistemática y sabemos que todo sucede por una serie de causas que constituyen razones suficientes para explicar la realidad. La Gran Guerra era inevitable porque estaba precedida de los conflictos balcánicos, porque el enfrentamiento entre Francia y Alemania de 1870 no había quedado cerrado, porque el imperialismo nacionalista de las potencias era irrefrenable, porque los prusianos estaban ebrios de lecturas nietzscheanas... La lista es larga pero conocida.

En contra del pensamiento sistemático hay que recordar también que si Inglaterra hubiera sido un poco más decidida en ejercer de mediadora seguramente no se abrían abierto las hostilidades, que si los militares alemanes hubieran tenido buena información no habrían desencadenado una ofensiva que estimaban que iba a ser corta… Hay que recordar lo que decía Hannah Arendt: "a diferencia de lo que sucede en la naturaleza, la historia está llena de acontecimientos".

No se trata de hacer un juego de contrafácticos por el gusto de especular. Es inútil preguntarse qué hubiera pasado si la guerrera de Francisco Fernando se hubiera podido abrir a tiempo. Pero sí es conveniente, por sanidad existencial, salir de la ideología que primero explica la vida como una consecuencia de leyes necesarias y después niega el mal o lo considera un principio autónomo que no tiene nada que ver con la libertad personal.

Otra cosa, en el orden de los acontecimientos, es que reconozcamos que muchos, demasiados, querían la guerra. No solo los líderes políticos. Los jóvenes se alistaron como quien iba a una fiesta. Uno de ellos, Ernest Jünger, escribía en esos momentos: "nunca comprenderemos por qué nacimos y por qué estamos en este mundo. Lo único que importa es que existimos". Lo único que importa es que somos capaces de hacer cosas, de combatir. ¿Qué acción puede ser más intensa que el fragor de la batalla para olvidar el desasosiego de no saber quién se es?

Aquellos jóvenes, muchos de menos de 20 años, que habían corrido a alistarse para tener, por fin, una vida interesante, se encontraron pronto sepultados en trincheras infames donde la muerte llegaba con el sonido del silbato.

Y supieron enseguida que la sola acción no es capaz de dar respuesta. Porque como también dice Arendt, "la acción sin un nombre, sin un quién anexo está privada de significado". Después todo se intentó remediar –añade la pensadora alemana– con "los monumentos al soldado desconocido de la I Guerra Mundial que testimonian el deseo de glorificación, de encontrar un quién". Fue "el deseo de no resignarse al hecho brutal de que la guerra no era de nadie lo que llevó a levantar los monumentos a aquellos a los que el conflicto no había hecho conocidos, a los que había robado no la victoria sino la dignidad". La dignidad nunca se pierde, pero la acción sin un quién (Quién) ciertamente nos deja sin nombre.

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