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10 DICIEMBRE 2016
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Un amor que nunca se acaba

José Luis Restán | 0 comentarios valoración: 3  76 votos
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Un Instrumentum Laboris es solo eso: un punto de partida, un texto que plantea las cuestiones e invita a empezar el trabajo. De eso se trata en el texto de 45 folios publicado la pasada semana, con la vista puesta en la próxima Asamblea Extraordinaria del Sínodo de los obispos que se celebrará en Roma en octubre de 2014. Hasta ahora los diversos IL de los sucesivos Sínodos habían gozado de escasa o nula atención en los medios, no así en este caso. La propuesta cristiana sobre el matrimonio y la familia siempre ha sido (seamos sinceros) materia disputada, muy especialmente a partir del 68. Pero es que además, algunos medios pretenden crear el escenario para la revolución que nunca llega.

Columnas de opinión, crónicas, editoriales… lo nunca visto cuando se trata de un documento de estas características. Cierto es que la familia es el ámbito del dolor y del amor, de la felicidad o el fracaso, el ámbito en que se tocan las esperanzas más profundas y las pretensiones más oscuras. Tenemos una abundante literatura y una copiosa filmografía que lo ilustra. Lo curioso es que desde hace décadas muchos medios vienen repitiendo que a nadie le importa ya lo que la Iglesia tenga que decir en esta materia, que sus posiciones son piezas de museo y que la inmensa mayoría de sus fieles se han instalado tranquilamente en la indiferencia: siguen diciéndose católicos pero rechazan de facto la doctrina de la Iglesia en lo referente a las relaciones sexuales, la acogida de la vida, la fidelidad e indisolubilidad del matrimonio. Entonces ¿por qué este repique de campanas?

Evidentemente existe una amplia desafección, y también un profundo desconocimiento de la doctrina católica, en este campo que a ninguno puede dejar indiferente. Y existe dentro de las propias comunidades cristianas, aunque es preciso distinguir y matizar mucho entre los diversos ámbitos geográficos. Algún observador ha señalado la paradoja de que una Iglesia que ha desplazado su centro de gravedad hacia América Latina, África e incluso Asia, siga polarizada en torno a problemáticas muy occidentales, marcadas por la secularización y la revolución sexual del 68. Dicho lo cual, en nuestro entorno el desafío es enorme, y el Instrumentum Laboris lo refleja.

El propio Papa Francisco ha advertido severamente contra las reducciones programadas (desde la izquierda o la derecha) y ha dejado claro que la preocupación de la Iglesia es proponer de nuevo la belleza y la verdad del matrimonio y de la familia en un contexto de alejamiento dramático de la tradición cristiana. Y también ha señalado que el camino emprendido será largo, ya que se extenderá al menos hasta el otoño de 2015, cuando se celebrará una segunda Asamblea sinodal sobre este asunto.

Algunos medios han saludado con alborozo lo que consideran una “apertura” (mágica y saludable palabra) en la medida en que la Iglesia reconocería los hechos (la distancia de sus propios fieles respecto a su doctrina) y se dispondría a abrirse a “nuevos modelos de familia”, integrando a madres solteras, personas homosexuales y divorciados que se han vuelto a casar. El alborozo viene teñido en muchos casos por una suerte de apremio: la Iglesia tiene que sacar consecuencias rápido, tiene que cambiar ya, si no quiere quedar como una reliquia de la historia. Vayamos por partes.

Es verdad que impresiona ver “negro sobre blanco” algo que era ya bastante conocido. El Sínodo quiere afrontar el drama, que no consiste principalmente en que “nuestra gente se aleja”, sino en que la verdad del corazón se extravía y se busca su satisfacción por caminos oscuros que han conducido ya a mucha infelicidad, rupturas y escepticismo. Curiosamente de este sufrimiento, del que está plagado el arte contemporáneo, no suelen hablar los medios supuestamente progresistas, anclados en el paradigma de una revolución sexual cuyos daños y averías son aún tabú en muchas tribunas.

Recordemos que en 1968 Pablo VI ejerció su ministerio profético de manera impresionante a través de la encíclica Humanae Vitae. No quiso blandir la propuesta de la fe como una espada frente a un mundo que se alejaba a ojos vista, sino traducir la experiencia viva de la Tradición en un molde cultural distinto y desafiante, para continuar el diálogo de la Iglesia con el corazón de los hombres. Pagó personalmente un precio altísimo, el precio reservado a los grandes testigos. El camino entonces emprendido ha continuado a través de la grandiosa catequesis de San Juan Pablo II y del diálogo crítico y audaz de Benedicto XVI con la posmodernidad. Ahora llega la estación de Francisco, y quiere entrar de lleno en el desafío.

Naturalmente que la propia Iglesia tiene que convertirse siempre a su fuente original. En primer lugar convendría refrescar aquel diálogo esclarecedor y tan olvidado de Jesús con los suyos, cuando les recordó que sólo por la dureza de su corazón les concedió Moisés libelo de repudio…. Pero en el principio no fue así. No somos muy distintos de aquellos espantados discípulos que reaccionaron diciendo que, si las cosas estaban así, no traía cuenta casarse. Parece tomado de una de nuestras series costumbristas de la televisión.

La irrupción del cristianismo en la historia supuso una revolución (ésta sí) en el campo de las relaciones hombre-mujer, en la afectividad y en la consideración del matrimonio y de la apertura a la vida. Eso que muchos católicos tienden a identificar simplonamente como “familia tradicional” sólo se abrió paso y arraigó a través de una paciente tarea de testimonio y educación en el seno de la comunidad cristiana. Lo cual no significa que la propuesta cristiana no sea accesible a la razón, sino que ésta necesita tiempo, acompañamiento y apertura para conocer el fondo de las cosas. El tejido de la vida cristiana ofrecía la luz y el calor, necesarios para que la razón hiciera todo su recorrido. Por desgracia en muchos lugares de Europa ese tejido ha desaparecido o se ha vaciado, así que secularización y crisis de la familia van de la mano.

La Iglesia entera tiene por delante dos largos años para ahondar en el misterio de la relación conyugal con toda la belleza, promesa y exigencia con que el Señor Jesús se la ha querido desvelar. Y tiene que ahondar mientras contempla las dificultades del presente (no tan distintas de las de aquella sociedad que recibió el primer anuncio cristiano). No se trata de “integrar a las madres solteras, las personas homosexuales y los divorciados que se han vuelto a casar”, como decía grotescamente algún medio. Porque esas personas, si desean vivir de la fe de la Iglesia, están ya en ella: heridas, sufrientes, no siempre bien ayudadas y acompañadas, tal vez quejosas, pero en su casa.

No me escandaliza la traducción que muchos medios harán (ya están haciendo) de este Sínodo en clave de lucha de poder, o en clave de adaptación de la Iglesia al siglo. “Su última oportunidad, nos dirán, para no quedar desenganchada”. Hacen su trabajo, es lo normal desde hace veinte siglos. Lo tremendo sería que esa interpretación mordiese también en la carne del mundo católico. Hay mucho que trabajar y mucho que construir; también mucho que padecer, porque hablamos de las fatigas y dolores de nuestros hermanos, y seríamos estúpidos si no llorásemos con ellos, como lloraba Jesús. Estas cosas pueden parecernos imposibles, pero de eso se trata: de que con su muerte y resurrección Él ha derribado el muro, también entre hombre y mujer, entre padres e hijos, entre hermanos. Por menos de eso, nos convertiríamos en una agencia de servicios y reparaciones familiares. Y ese sería un triste destino para quienes estamos llamados a anunciar un amor que jamás se acaba.

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