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10 DICIEMBRE 2016
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La crisis del euro: es la hora de sacar conclusiones

Ricardo Benjumea | 0 comentarios valoración: 3  48 votos
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La gestión de la crisis económica en Europa, durante los años en que todo el proyecto comunitario estuvo cerca de naufragar, está siendo objeto de análisis en numerosas publicaciones académicas. El asunto va camino de convertirse también en un subgénero de memorias. En los próximos meses, no es descartable que alguno de los comisarios salientes se anime a contar sus experiencias, bien para reivindicar su labor, o para justificar sus razones por alguna decisión polémica y cuestionada, al modo del ex presidente José Luis Rodríguez Zapatero en “El dilema”.

En las antípodas se sitúa “Inside the Euro Crisis: An Eywitness Account”, del conservador Simeon Djankov, viceprimer ministro y ministro de Finanzas búlgaro entre 2009 y 2013. El autor proviene de un país de la periferia, incorporado en 2007 a la UE y aún no miembro de la Eurozona. Su currículo es además bastante atípico entre la clase política europea. Pasó 20 años en EE.UU., se ocupó de crisis financieras y asuntos de restructuración bancaria en el Banco Mundial y no tuvo contacto con la política de su país hasta su nombramiento. Pero esos detalles son justamente los que hacen interesante su descripción de la gestión de la crisis del euro, desde los ojos de un reputado economista para quien los dimes y diretes de la negociación política en Bruselas son un espectáculo exótico.

Su primera impresión en Bruselas no pudo ser más negativa. La burocracia resultó ser más incompetente que en la corrupta Bulgaria. Y se encontró con que sólo 5 de sus 26 colegas en el Ecofin tenían formación académica en economía o finanzas.

En octubre de 2009, el primer ministro de Grecia reconoció que las cuentas públicas del país estaban absolutamente manipuladas, y la crisis empezó a extenderse a otros países del sur. La sensación era de impotencia total. Continuamente –cuenta– recordó lo que escribió Daniel Ellsberg sobre la gestión de la guerra de Vietnam por parte de las Administraciones Johnson y Nixon: «En toda coyuntura, se hacían los mínimos compromisos necesarios para evitar el desastre inmediato, ofreciendo una retórica optimista, pero nunca tomando los pasos que incluso se creía que ofrecían la perspectiva de una victoria decisiva».

Los debates más vivos se produjeron por razones estrictamente de política interna. Las discusiones más encendidas sobre Grecia coinciden con períodos electorales en Francia, Finlandia y Países Bajos. Por lo demás, muchos ministros se ausentaban de importantes reuniones del Ecofin. El propio Djankov reconoce que tuvo que faltar a más de una reunión para atender problemas domésticos urgentes, muy frecuentes en esos turbulentos años en buena parte de la Unión.

Una de las ausencias más notables, menos disculpables y más ácidamente criticadas por el autor es la del presidente de la Comisión Europea, Durao Barroso, que «simplemente no estaba cuando se discutían asuntos importantes. Y ni una sola vez participó en el Ecofin».

Del ex presidente del Banco Central Jean-Claude Trichet critica tanto su afición a las cámaras como su más bien escasa aportación a la resolución de los problemas. De opuesto perfil es su sucesor, Mario Draghi, un hombre serio y competente (Djankov atribuye al Banco Central, bajo su liderazgo, el principal mérito en esta crisis) y poco entusiasta de aparecer en los medios.

Tampoco ahorra elogios para Jean-Claude Juncker, presidente del Eurogrupo (y ahora de la Comisión), o para Herman Van Rompuy, presidente del Consejo. O para quienes, desde fuera, arrimaron el hombro, como el primer ministro italiano Mario Monti. Interesante es también su excelente valoración de los nuevos ministros conservadores de los países del sur intervenidos, una vez que fueron cayendo uno a uno los gobiernos socialistas en las urnas. Particularmente positiva es su apreciación acerca de Luis de Guindos, sobre todo en comparación a Elena Salgado.

Pero el hombre a quien más elogios dedica es al alemán Wolfgan Schäuble, el verdadero artífice de las grandes decisiones. Por lo demás, una de las grandes lecciones que aprendió Simeon Djankov gracias a su paso por la política es que «una Europa unida no significa una Europa de iguales. Alemania lideró todas las discusiones sobre los asuntos de la Eurozona, a veces mostrando algún respeto a los puntos de vista de Francia».

En todos estos líderes que ayudaron a superar la crisis, lo más importante no fue su valía personal, sino algo que Djankov tardó algún tiempo en comprender: su europeísmo. Si la Unión Monetaria no se fragmentó, arrastrando seguramente a la propia UE, fue porque, al margen de consideraciones económicas, hubo (hay) líderes convencidos de que hay que mantener a flote a toda costa un proyecto, ante todo, político, cuyo gran fin es mantener la paz en Europa. Ése es el gran secreto acerca de la victoria de la UE en esta crisis.

Pero “Inside the Euro Crisis” advierte también de que la contradicción entre política y economía en Europa debe ser resuelta. En la próxima crisis, nadie asegura que las cosas vayan a salir igual de bien.

La Unión Bancaria es un buen paso. Djankov es, en cambio, muy escéptico con la armonización fiscal. El tema decisivo para él son las reformas internas en cada país, y quizá más control de Bruselas cuando algún Estado miembro incumpla los criterios de estabilidad. Una idea lanzada por el comisario Olli Rehn es que, en esos supuestos, se les quite a los Parlamentos nacionales la potestad de elaborar los presupuestos.

Pero hay que tener en cuenta que Europa no es ni podrá ser nunca EE.UU., con una movilidad de personas y un volumen de transferencias de fondos muy superiores. Con el huracán Katrina, pone a modo de ejemplo, las ayudas a Louisiana supusieron el 30% del PIB de este estado, sin contar con las ventajas de crédito más barato aprobadas por la Reserva Federal, algo impensable en la UE.

El gran problema de Europa es cómo pueden, en estas condiciones, competir Portugal y Alemania con una misma moneda y una competitividad muy dispar. Que además ha ido en aumento en los últimos años porque, mientras Alemania hizo los deberes a tiempo y aprobó importantes reformas, nada de esto se hizo en el sur. Entre 2001 y 2010, los costes laborales unitarios se mantuvieron prácticamente invariables en Alemania. En Grecia, aumentaron un 25%. En Portugal, un 28%, en medio de «una complacencia general de los europeos, convencidos de que la dolce vita va a continuar para siempre».

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