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9 DICIEMBRE 2016
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El 28 en Colón, para abrazar al mundo

José Luis Restán

El hecho es que la realidad de la familia, tal como el occidente educado por la tradición cristiana la ha vivido de manera natural durante siglos, es hoy fuertemente atacada por el poder cultural (y aquí se incluyen de manera primordial los medios de comunicación), está crecientemente desprotegida por las leyes y, lo que es peor, empieza a ser algo ajeno a la experiencia cotidiana de amplios sectores sociales europeos. Dicho sea con la máxima sobriedad y sin hurgar demasiado en la herida. La foto está cambiando a velocidad de vértigo y la familia cristiana empieza a ser en muchas ciudades europeas una rara avis, como lo era en la Roma de los primeros años de nuestra era. No me detengo en las consecuencias humanas que ello tendrá (las tiene ya) para las sociedades europeas. En todo caso serán desastrosas, porque a pesar de la estupidez de tantos políticos e intelectuales, ese patrón básico de familia es esencial para la cohesión social, para la transmisión de la cultura y de la moral, y para la felicidad concreta de los hombres y mujeres de todos los tiempos. Pero, como diría el filósofo MacIntyre, hay cosas más urgentes y trascendentales que apuntalar las paredes del Imperio que se derrumba.

Para los católicos españoles de este final de 2008 lo que se plantea en toda su crudeza es el desafío de la misión, que es lo mismo que decir el desafío de vivir nuestra fe al aire libre, haciendo explícitas sus razones y poniéndolas a tiro de la desazón de esta época. Bien está salir a la calle para combatir el "efecto invisibilidad" que proyectan sobre nosotros los medios, para mostrar que no somos pocos y que tenemos carta de ciudadanía plena en esta sociedad de la que formamos parte con pleno derecho, sin que se nos pueda exigir dejar aparcada o entre paréntesis la fe, el recurso humano más potente y precioso que tenemos para vivir. Pero con eso no basta, la ocasión nos invita a llegar hasta el fondo de la cuestión. Los hombres y mujeres de esta hora, nuestros vecinos, amigos y compañeros, la gente con la que nos cruzamos cada día, no tienen una agenda distinta a la de los católicos, su corazón sangra por la misma herida. Tienen necesidad de sentido, deseo de plenitud, exigencia de que no se frustren sus relaciones más verdaderas, necesidad de una esperanza que no defraude. Y carecen de todo eso, porque han abandonado la esperanza cristiana y la respuesta que les ofrecen los nuevos fabricantes de vanas esperanzas es basura.

Por eso el próximo domingo 28 no podemos estar en Colón sólo para apretarnos mucho y decir muy alto las verdades de siempre. Tendríamos que hacernos conscientes de que nuestra comunidad (aunque ojalá seamos más de un millón) será siempre como un resto, como un faro, como una ciudad dentro de la ciudad, llamada a hablar al corazón sangrante de los hombres que nos rodean. La sobria belleza de la liturgia, el tenor de los cantos, la forma de estar juntos como pueblo y las palabras que allí se proclamen no deben servir sólo para alegrarnos y confirmarnos, sino al mismo tiempo para tocar la razón y el corazón heridos de esta época. Entonces quizás, el sarcasmo de muchos se trueque en curiosidad y deseo, como sucedía en tiempos de los romanos, y algunos se preguntarán: ¿pero es esto posible?, ¿de dónde nace esta forma de vivir?

También eran malos aquellos tiempos, como decía Pèguy, pero Jesús no perdió sus años en gemir e interpelar a la maldad de la época; él zanjó la cuestión de manera muy sencilla, haciendo el cristianismo. Hacer el cristianismo es verificar cada día que la propuesta cristiana corresponde a nuestra exigencia humana, es vivirla en el hogar de la Iglesia plantada en medio de la ciudad, y es ofrecerla humilde y abiertamente a todos. Ésa es nuestra tarea, y el 28 en Colón será una oportunidad más para hacerla visible.             

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