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9 DICIEMBRE 2016
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Israel, la paz y el enemigo

Robi Ronza | 0 comentarios valoración: 2  28 votos
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Sería signo de sabiduría tener en cuenta que –más aún en los conflictos de larga duración– a cada paso que se da hacia la paz el “partido de la guerra”, transversal por naturaleza, reacciona estimulando la intensificación del conflicto. Por ello nos debe doler pero no sorprender que al reciente encuentro en Roma entre los presidentes palestino e israelí, invitados por el Papa Francisco y en su presencia, le siguiera el asesinato de tres jóvenes israelíes alumnos de la escuela rabínica de Hebrón y todo lo que ha venido después.

No faltan razones inmediatas para los dramáticos acontecimientos de estos días, pero la causa profunda es esta. Más aún que los conflictos de alta intensidad, inevitablemente de no tan larga duración, los de baja intensión y larga duración, como es el caso del conflicto palestino-israelí, remodelan invariablemente en función de la guerra la economía y la sociedad de los países implicados. A ambos lados de la barricada, una parte muy consistente de la economía y de la sociedad vive de la guerra; y en caso de paz tendría que enfrentarse a un proceso de reorganización no exento de complicaciones ni de dolor.

Además, el rastro de luto y rencor en ambos bandos que un conflicto largo deja en la historia de las personas y de las familias termina siendo proporcionalmente mucho más extendido y tenaz que el de un conflicto breve, por cruento que sea. Por último hay que añadir que, en una economía ya globalizada, el “partido de la guerra” adquiere importantes ramificaciones incluso en el ámbito internacional. Por tanto, mucho más en situaciones de este tipo, quien adopta una posición de fuerza es precisamente quien quiere la paz, el que necesita debería tener el coraje de no permitir que le dictara la agenda el que quiere la guerra.

En cambio, esta es la trampa en la que está cayendo Israel con Benjamin Netanyahu. La tremenda secuencia del feroz asesinato de los tres estudiantes israelíes de Hebrón, seguido del igualmente feroz asesinato de un joven palestino en Jerusalén, y luego el lanzamiento indiscriminado de rudimentarios misiles en Gaza, en dirección a objetivos civiles israelíes, no tienen otro objetivo que el de desencadenar la potente máquina militar israelí, con la inevitable consecuencia de la destrucción y la muerte de civiles indefensos.

Destrucción y masacres inevitables tanto porque Gaza es una gran ciudad densamente poblada, como porque desde siempre las fuerzas militares palestinas de cualquier sigla y pertenencia ni favorecen ni organizan, de hecho normalmente impiden el éxodo de las zonas de guerra a los ancianos, mujeres y niños, a los que no dudan en utilizar como “escudos humanos” (lo mismo sucede habitualmente en casos análogos también en el resto del mundo árabe). La colocación de baterías de artillería, rampas lanza-misiles y depósitos de munición y carburante entre las viviendas no es la excepción sino la regla.

Estando así las cosas, ¿vale la pena que Israel se deje llevar en un ataque a gran escala en Gaza? ¿De verdad le interesa echar a perder el reciente acuerdo entre Hamás y Al Fatah, alejando de nuevo las perspectivas de una paz que a fin de cuentas cada día que pasa resulta cada vez menos viable? ¿Les conviene ignorar que su “Gran Hermano”, los Estados Unidos, ya se están retirando del Mediterráneo? No se trata de prescindir de la solución a problemas que son reales; entre los que figura en primer lugar el arsenal de rudimentarios misiles que se acumulan en Gaza, militarmente inútiles pero por desgracia capaces de provocar destrucción y muerte allí donde caigan. Se trata por el contrario de afrontarlos, teniendo como objetivo la paz y no la eliminación del enemigo.

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