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7 DICIEMBRE 2016
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La fiesta en la que Newman no quiso estar

José Luis Restán | 0 comentarios valoración: 3  67 votos
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A la vista de las crónicas en rosa sobre la aprobación de la Iglesia de Inglaterra de la futura ordenación de mujeres obispo, me ha surgido de inmediato pensar en John Henry Newman. Pido disculpas de antemano si este recuerdo resulta incómodo para muchos, pero me parece casi una obligación de honradez intelectual.

En esta fiesta en la que se ha descorchado champagne (tal cual) bajo la mirada benévola y aprobatoria de la gran prensa, sólo se ha pronunciado una palabra hosca: “tradicionalistas”. Es la palabra dirigida con un deje despectivo a la minoría que ha tenido el valor (porque hacía falta valor) de oponerse al “al espíritu del tiempo”, a la marea de la opinión, incluso a las presiones (que nos parecerían obscenas en cualquier democracia) del Gobierno de Su Majestad. “No podíamos defraudar otra vez a la sociedad”, ha dicho alguno. O sea que se trataba de eso…

Los denominados “tradicionalistas” son, en este caso, aquellos que siguen pensando que el camino de su Iglesia debe regirse por la obediencia a una forma que no pueden establecer ni la opinión, ni los cambios culturales ni los poderes del mundo. Esa forma nace de las palabras y gestos del Señor que nos han transmitido los apóstoles con su autoridad, y que la conciencia eclesial ha ido profundizando y perfilando de manera dinámica bajo la asistencia del Espíritu Santo. No soy teólogo pero espero que el gran Newman se sienta razonablemente complacido con esta formulación, porque la Tradición viva de la Iglesia fue uno de sus grandes temas. Del mismo modo que fue uno de sus grandes sufrimientos comprender que una parte importante del anglicanismo, la comunidad en la que había nacido y a la que amaba apasionadamente, ya no se regía por el intento sincero y tenaz de obedecer a esta Tradición, de comprenderla mejor y profundizar en ella.

Y ciertamente estos “tradicionalistas” de los que habla la prensa como antiguallas molestas han sido clamorosamente derrotados en el Sínodo celebrado en York. Que nadie se engañe: era una derrota cantada, tanto que podríamos decir que Newman la vio y la profetizó hace más de siglo y medio. Y como les sucedió a tantos después de él, hubo de reconocer amargamente que la experiencia viva de la fe apostólica, que había recibido y amado en el seno de la Comunión Anglicana, no estaba ya adecuadamente sostenida y preservada en el que siempre había sentido como su hogar. Y a través de un largo y doloroso camino, erizado de obstáculos, aquel Newman se despojó una a una de sus seguridades confortables, de sus relaciones más queridas y hasta de su fama, para poner rumbo a la Iglesia Católica, cuyos defectos e imposturas había denunciado como un brillante campeón durante años.

Durante los debates del Sínodo más aclamado por la prensa que suele ignorar o despreciar al cristianismo, se ha discutido muy poco sobre las exigencias que proceden del Símbolo de la fe, de la naturaleza sacramental de la Iglesia o del valor de la autoridad del ministerio apostólico; los debates han estado dominados por la cuestión de lo que supuestamente la sociedad espera de la Iglesia. Pero en cuanto se acaben los fuegos artificiales esa sociedad que hoy aplaude dedicará una mueca irónica a esa misma Iglesia que se parece cada vez más a lo que dicen las encuestas de opinión. De hecho, el abandono de la pertenencia eclesial es dramático en la Iglesia de Inglaterra.

Nadie duda de que el diálogo en pos de la unidad proseguirá, como se han apresurado a declarar los obispos católicos de Inglaterra y Gales. Pero los obstáculos, que ya eran grandes, serán aún mayores, como ha reconocido el director de L’Osservatore Romano, Gian María Vian: “se ha verificado un acontecimiento grave que amenaza reflejarse de manera extremadamente negativa en el camino secular hacia la unidad de los cristianos”. El ecumenismo espiritual y la amistad sincera entre cristianos de una y otra parte serán más necesarios que nunca, pero el propio Vian ha reconocido que hacen falta clarificaciones doctrinales serias para seguir adelante.

Terminemos escuchando al beato John Henry, quien decía que “la Iglesia siempre parece estar muriendo… pero triunfa frente a todos los cálculos humanos… la suya es una historia de caídas aterradoras y de recuperaciones extrañas y victoriosas… y en fin, la regla de la Providencia de Dios es que hemos de triunfar a través del fracaso”. Su propia vida, tan hermosa y atribulada, es la mejor prueba de todo ello, y nos ayuda a mantener la esperanza

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