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9 DICIEMBRE 2016
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¿Demasiado hermoso para ser cierto?

Fernando de Haro

La realidad y el deseo, los dos polos  que definen la religiosidad, la búsqueda de una satisfacción definitiva. No el sentimiento, los buenos propósitos condenados al fracaso, los valores de la cultura occidental expresados de forma simbólica o la ética de Roma y Jerusalén. "El ámbito de lo religioso no dimana de lo ético", explicaba hace unos días Eugenio Trías. Sino del deseo que en hombres y mujeres ya muy lejanos del cristianismo reaparece de las formas más extrañas en estas fechas, como si resistiera morir, como si la cadena de desengaños sufrida a lo largo de la vida  no fuera capaz de acallarlo, como si se nos  hubiera prometido algo en estos días. Reaparece, según cuenta Rosa Montero, en el día en el que el Niño nace en Belén. Dando pruebas de que lo que el poeta T.S.Eliot explicaba era cierto.

Aquel nacimiento "llegó en un momento predeterminando. Un momento no fuera del tiempo, sino en lo que llamamos historia: partiendo, bisecando el mundo del tiempo". Tan partido está el tiempo que no en los centros de piedad o de reflexión sino allí donde la vida es más lucha, en los hospitales, estos días de Navidad el drama se acentúa, "estallan nuestros anhelos de dicha", de un sentido cercano  y cálido que nos acompañe sin fisuras. Estalla el anhelo de algo imprevisto. Como le ocurre a uno de los  personajes de El trabajo os hará libres, el último libro de Espido Freire. En un paseo por Venecia, se topa de forma inesperada con una persona que podría ser el amor definitivo. Deja pasar ese encuentro y las calles y las esquinas del agua son la forma de la nostalgia por un encuentro demasiado hermoso para ser cierto.

Ésta es  la expresión que ha utilizado  Benedicto XVI para explicar la Navidad en su audiencia del   miércoles 17 de diciembre. "A muchos hombres, y de alguna forma a todos nosotros, esto les parece demasiado hermoso para ser cierto". ¿Y qué es esto? Que "existe un sentido, y el sentido no es una protesta impotente contra el absurdo. El Sentido es poderoso: es Dios. Un Dios bueno, que no se confunde con cualquier poder excelso y lejano, al que nunca se podría llegar, sino un Dios que se ha hecho cercano a nosotros y nuestro prójimo, que tiene tiempo para cada uno de nosotros y que ha venido a quedarse con nosotros. El ‘Sentido eterno' del mundo se ha hecho tangible a nuestros sentidos y a nuestra inteligencia: ahora podemos tocarlo y contemplarlo" (cfr 1Jn 1,1). Tangible, tocable, dice el Papa. "No un pensamiento sino un hecho", explicó en los Bernardinos. Real, tan real que echa por tierra la experiencia de que la realidad no está a la altura de nuestros deseos. No es un tiempo de paz, al menos de sensación algo fofa que identificamos con la paz.

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