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8 DICIEMBRE 2016
>Diario de un caminante a Santiago

Sarriá (14-07-2014)

José Manuel de Torres | 0 comentarios valoración: 3  44 votos
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Sarriá (14-07-2014)

¡Vaya día! Hemos empezado la jornada temprano: como a las 6 ya estábamos en pie. Después de un ligero desayuno sobrepasamos raudos Triacastela y elegimos llegar a Sarria por el Monasterio de Samos... ¡sabia pero cansada elección! ¡Sabia para el corazón... pero agotadora para los pies! El peregrino recuerda que en el Camino de Santiago manda la cabeza y que los pies van detrás... aunque no siempre. Así, hay momentos en que las piernas se quejan, dicen basta y algunos peregrinos van quedando atrás por el camino víctimas de la ideación de la realidad. Un paso mantenido y uniforme es sólo una pequeña garantía para nuestra meta: abrazar al Apóstol y, por qué no, ganarnos un trocito de Cielo en la Tierra. La jornada comienza por el asfalto, aunque eso sí, el murmullo del agua nos acompañará con su dulce música todo el recorrido hasta Samos. Enseguida tomamos un camino idílico, realmente paradisíaco. Y pronto llega la sombra reparadora bajo los castaños, hayas y robles que jalonan las corredoiras y el murmullo musical del elemento líquido. Pura melodía andante, como nosotros, sinfonía aún inconclusa que también tiene un destino: el mar atlántico. El caminante recuerda los versos entonces de Jorge Manrique a la muerte de su padre, y pasa a considerarse un riachuelo cuyo morir en el mar de Santiago anhela para purificarse del todo. Las corredoiras son caminos, mejor dicho, veredas virginales donde la piedra hecha pizarra escolta y protege en altura la senda. Y el musgo se adereza sobre ella, y la hiedra termina de cubrirla por donde alcanza, y el verdor se vuelve deslumbrante para la vista del viajero, peregrino esta vez del dulzor de la sombra y de la música juguetona del agua que acompaña nuestros pasos. Si no fuera porque el tiempo está pautado, estas corredoiras gallegas serían un buen sitio para permanecer. ¡Parménides contra Heráclito! ¡Todo fluye, nada permanece!... excepto el rumor del agua que de siempre acompañó al peregrino por estos lares. Y al mismo son, el agua corre y baila y siempre ríe por entre las torrenteras que desde el camino se avistan. Así, entre estas meditaciones, vamos superando pequeñas poblaciones como San Cristobo do Real y otras aldeas, y encontramos paisanos que saludan y responden al saludo mañanero. Alguno incluso se anima a proporcionar al caminante una agradable conversación que muestra el ser gallego tradicional: acogedor, sencillo y bien educado, gente creyente de la tierra y del ganado, que seguramente ve en el peregrino a alguien distinto a quien respeta profundamente. El caminante sabe que estas gentes son religiosas a su modo: la muerte simpre presente en los cementerios que rondan o cercan las ermitas al lado de casas, establos y hórreos diseminados por los concellos que atravesamos: el de Triacastela y luego el de Sarria.

Y por fin, tras casi tres horas de alegre parlamento con las hiedras y la vida recóndita de los bosques húmedos y verdes, llegamos a Samos. Un deleite para la vista del viajero y un gozo para el alma del peregrino comparten la primera contemplación del antiguo monasterio que -dicen- acogió al Alfonso II, en cuyo reinado se descubriera la tumba de Santiago. El caminante se extasía y decide recoger en instantánea todo lo que nos interesa: las vacas, los ríos, las pequeñas iglesias, las callejas de los pueblos, el monasterio visto desde el camino. Y sí, ha merecido la pena el esfuerzo de desviarnos esta jornada del Camino francés original para visitar el Monasterio de Samos, románico en origen. Habitan hoy sus muros todavía los benedictinos (12 monjes y cuatro novicios... ¡no está nada mal para los tiempos que corren!... justo el día anterior Dios había llamado a su morada al décimotercer monje). El padre Lorenzo, tinerfeño de la Orotava, nos recibe con amabilidad y reciedumbre y nos sella la credencial. “Ora et labora”, la regla de San Benito preside la vida y las costumbres de la congregación. Despúes de una detallada visita al Monasterio, que tiene, aseguran, el claustro más grande de España, el alma y el cuerpo se sienten reconfortados por el recogimiento de la vida monacal, lo que no evita la tentación de contemplar la belleza de las Nereidas en la hermosa fuente que preside un claustro menor. La guía del recinto nos va informando de diversos avatares, como fue el gran desastre que para la vida monacal y para las riquezas que allí se guardaban supuso el incendio de 1951, comenzado en la zona de la antigua destilería, donde los monjes producían, cataban y vendían sus licores. Ahora tienen el proyecto de volver a ellos, pero mientras tanto se conforman vendiendo ricas mermeladas caseras, recuerdos en forma de medallas de San Benito y vieiras en forma de colgantes, pendientes y broches de aluminio, níquel o plata, que suelen hacer las delicias de los viajeros. Pues bien, como decíamos, el incendio quemó enteramente la biblioteca y allí se perdieron gran cantidad de manuscritos medievales e incunables. También se salvaron otros muchos que los monjes, arriesgando sus propias vidas, arrojaban desde las ventanas. El caminante se imagina bien la escena. La restauración del conjunto monumental, de época de Franco, con sus virtudes arquitectónicas, adolece de algunas curiosidades como las galerías claustrales superiores pintadas por artistas de aquel reciente tiempo: algunas meritorias; otras, si acaso, laudatorias. Pero como las pinturas primigenias se perdieron... menos es nada. Finalizada la visita a la iglesia interior, de cruz latina -el coro y el trascoro fueron transportados a otra parte-, el visitante descubre que la desamortización de Mendizábal no pudo, gracias a Dios y a algunos hombres buenos, acabar con el Monasterio, aunque 35 años de desocupación y semiabandono dieron para muchos robos y desmanes. Ese mismo pueblo que sigue vistiendo los domingos el traje de bonito y el velo negro tocado en las procesiones, puede ser capaz de lo peor... como la especie humana en su conjunto. Fuera ya de Samos, el camino se hace eterno hacia Sarria y el caminante opta, equivocadamente, por reducir kilómetros a las piernas y tiempo de camino tomando la carretera. El caminante deja entonces de seguir la senda que alimenta los bosques, los robles, las hayas y castaños, el frescor del ramaje, el aroma de los helechos y la dulzura del agua. Pero manda la cabeza y las piernas responden mal y a trasmano. El atajo es, pues, un pequeño éxito para la comodidad del urbanita, pero un gran fracaso para el místico del camino interior. La próxima vez, si responden las fuerzas, el caminante que escribe ya desde el albergue del Monasterio de la Magdalena de Sarria, duchado y descansado, se enmendará. Entrando en Sarria el viajero tiene la tentación de almorzar en el Descanso y devora apenas sin respirar unas lentejas riquísimas y un filete empanado (no pudo hacer lo mismo con el segundo). Las vituallas reponen fuerzas y animan la ilusión del escribidor que, en un rato, se propone visitar el pequeño monasterio que le acoge, oasis de paz para el peregrino cansado. Regido por los padres mercedarios, hábito blanco y corazón sencillo, visitamos la iglesia y el claustro del siglo XVI. Sin embargo, las pocas explicaciones de todo lo que vemos quedan muy cortas para la curiosidad del peregrino. Así pues, el caminante recurre a una fórmula infalible para saciarse: la palabra de Dios nos colma una vez más el alma y prepara al viajante para ulteriores trasiegos.

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