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2 DICIEMBRE 2016
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>Los preparativos de Obama

La peligrosa 'impronta' de Chicago se mueve hacia la Casa Blanca

Mattia Ferraresi

El escándalo del gobernador de Illinois, Rod Blagojevich, sorprendido mientras intentaba vender el puesto que Obama había dejado vacante en el Senado, es un hecho extraordinariamente habitual. La lista de políticos y empresarios de Chicago bajo sospecha por casos de corrupción es largísimo e implica hasta al antiguo gobernador, George Ryan, condenado a seis años y medio de prisión. En 2002 Blagojevich ocupa su puesto con la promesa de acabar con las sórdidas lógicas de poder de Chicago: "Esta vez -dijo tras ser elegido- Illinois ha votado por el cambio". Una cosa es cierta: las últimas investigaciones del fiscal general de Illinois, Patrick Fitzgerald, no describen una excepción, sino la norma establecida.

La situación no ensombrece la posición de Obama, cuya conducta es irreprochable, pero dice algo de los protagonistas que están tomando posiciones estas semanas en los palacios de Washington. El primero al que mirar es el jefe del gabinete, Rahm Emanuel, conocido como Rambo por su propensión a no tomar rehenes. Judío ortodoxo, educado en un ambiente sionista radical, trabajó al servicio de Bill Clinton antes de dedicarse a las finanzas como consultor. En 2002 volvió a la política, haciéndose con un asiento en el congreso por el distrito de Illinois, que dejó libre precisamente Rod Blagojevich. Emanuel ha aprendido mejor que nadie la lección de la selecta escuela política de Chicago, convirtiéndose en una fría máquina de guerra. Gracias a la ayuda de Bill Clinton primero y por experiencia propia después, Rahm llegó a ser el mayor buscador de dinero de la política americana reciente. Según los anuncios oficiales, Obama responderá de las voces que apunten a una posible implicación de Emanuel en el caso Blagojevich, pues entre ambos habría conversaciones telefónicas que merecerían una aclaración.

Especulaciones jurídicas aparte, el camino que lleva a Emanuel a la Casa Blanca es un fresco del estilo de la política de Chicago, también de la limpia y reformista. Su trato principesco y un exasperado personalismo. Los políticos que sobreviven a Chicago son como los hombres que cumplían la mayoría de edad en Esparta: superada la roca tarpeya y la agogé, olvidaban completamente qué es el miedo al enemigo y al fin estaban preparados para combatir. Es normal que los supervivientes de la sangrienta guerra de puestos en Chicago sean propensos a un cierto divismo, a una hipertrofia del ego, a la calcificación de su propia figura. Y los malvados y corruptos no son los únicos que cuentan con una altísima consideración de sí mismos. El fiscal general Patrick Fitzgerald, que no creció en Chicago pero está allí desde 2001, se adaptado por completo a este estilo, aunque de parte de la ley. La transcripción de la conferencia de prensa en que anunció el arresto de Rod Blagojevich ocupa 13 páginas web en el New York Times: una interminable secuencia de detalles que describen con pomposa retórica judicial desde la sensación de disgusto de sus hombres hasta Abraham Lincoln que se revuelve en su tumba. Si hubiera llegado a las extremas consecuencias de su tiranismo legalista, habría concluido con la máxima de Silvestre Stallone en la película El juez Dredd: "Le ley soy yo".

Un repaso a los nombres del gobierno da idea de cuándo se ha acercado Chicago a Washington, llamada sobre todo a cubrir encargos estratégicos en la formación de la nueva clase dirigente. David Axelrod, jefe de consejeros del presidente, es el arquitecto bigotudo de la campaña electoral de Obama y en el pasado asesoró a un puñado de políticos de primera plana. Antes de dedicarse a tiempo completo a la política, era redactor del Chicago Tribune, el periódico que ha causado los mayores debates y discusiones de Illinois. Axelrod es amigo íntimo de Rahm Emanuel. Junto a ARNE Duncan, nombrado secretario de Educación y ex administrador del sistema de escuela pública de Chicago, forman el equipo que se prepara para cambiar las reglas de la política de Washington. Jove, pragmática, sin escrúpulos, amiga de las finanzas, históricamente pero no moralmente clintoniana, la nueva clase dirigente de Washington se vale de la contribución estratégica de Hillary Clinton, nueva secretaria de Estado e indiscutible princesa del reino de Chicago.

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