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4 DICIEMBRE 2016
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'Yo, de la vida, lo quiero todo, si no, me marcho'

Yara García | 0 comentarios valoración: 3  56 votos
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Trataré de ser cauta.

Creo no tener ni edad ni experiencia para realizar una crítica literaria sobre la obra de Milan Kundera, mas me limitaré a dar algunas pinceladas sobre su última novela, La fiesta de la insignificancia.

Ojalá me hubiera decidido por escribir sobre Kundera un poco antes. Le descubrí cuando tenía 16 años gracias a un profesor del colegio. Milan Kundera es un escritor checo nacido en 1929. Su lugar de origen y las circunstancias históricas del momento son inherentes a su razón de ser y escribir. Su capacidad de retratar la soledad humana en tiempos posmodernos me conquistó por primera vez con La insoportable levedad del ser, obra de la que habría que hablar y analizar largo y tendido (esperemos encontrar tiempo). La pasión y el deseo innato del hombre pese a una vida incomprensible seguían haciéndome crecer con La inmortalidad. Me quedé algo desconcertada y gratamente sorprendida con La broma y aún tengo en la librería algún que otro libro suyo cuyo placer no tengo el gusto de conocer.

Leí a finales de abril el recién salido del horno por Éditions Gallimard “La fête de l’insignifiance”, antes de que Tusquets lo publicara traducido al español. Me quedé perpleja. No había visto a un Kundera tan pasado de rosca. Algunas críticas decían que después de catorce años de silencio, La fiesta de la insignificancia no entiende ni de gustos ni de géneros, que es puro estilo. A mi parecer, hay algo más duro entre esos renglones.

Los repetidos temas que Kundera exprime en sus libros quedan ahora reducidos al humor y a cierta resignación. Cargado de erotismo, Milan Kundera descompone en 7 partes y 5 personajes qué significado (o no) tiene la existencia, la cultura, el deseo, la verdad… Desconcierta como uno miente haciéndose pasar por enfermo, y me surgía preguntarme si es posible amar la vida y qué significa en palabras de Kundera envenenadas de relativismo. Me surgió preguntarme también en qué consiste el dolor por la inevitable vejez, si hay algo que permite no acabar enclaustrado en la soledad.

Aunque Kundera repita que el tedio es el peor de los problemas, Ramon ya mucho antes de llegar a la fiesta de D’Ardelo se deja vencer: como antihéroe que es, la indiferencia es el consuelo para el absurdo de su vida. Un absurdo que no consigue un primer y único plano plano puesto que el escritor constantemente trata de darle una explicación subjetivista, más allá del “Passons” [Pasemos, da igual]. A dicho absurdo trata también de darle un carácter humano y sensual a través del elemento del ombligo: signo de la voluptuosidad y al mismo tiempo de la maternidad y origen del mundo. Como último recurso le queda el humor. La solución al problema de la vida, según Kundera, que expone en su última novela, es no tomársela en serio, aunque haya bromas que ya nadie reirá. Este libro es la broma por la broma, sin culpa, sin perdón, sin conciencia aparente de lo que son las cosas y al mismo tiempo impregnada por la búsqueda sutil de una respuesta. Si no, ¿para qué escribir?

Dostoievski en los hermanos Karamazov hace responder a Aliosha a la siguiente pregunta: “Respóndeme con franqueza. Si los destinos de la humanidad estuviesen en tus manos, y para hacer definitivamente feliz al hombre, para procurarle al fin la paz y la tranquilidad, fuese necesario torturar a un ser, a uno solo, a esa niña que se golpeaba el pecho con el puñito, a fin de fundar sobre sus lágrimas la felicidad futura, ¿te prestarías a ello? Responde sinceramente. —No, no me prestaría.” Y la cara opuesta de ese antimaquiavelismo dostoievskiano queda retratado en el Stalin de Kundera.

No se trata ya de que la aparente levedad del ser sea insoportable, era todavía joven cuando lo escribió. Ahora, cargado de amargura proclama irreverentemente: “La insignificancia es la esencia de la existencia. Y hace falta aprender a amarla”. ¿Qué le lleva a un hombre a desearlo todo de la vida y acercarse a su fin sin poder salvar apenas nada? Sería difícil acusar a mi juventud –no creo que sea cosa de la edad- que el ideal de mi vida no puede quedarse ahí, de camino al vertedero de la nada, pero al menos Milan Kundera abre paso a que lectores despiertos se hagan preguntas, y esta literatura, por muy dura que sea, es realmente saludable al espíritu.

Para qué engañaros, je suis desolée, je ne sui spas une “excusarde”.

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