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5 DICIEMBRE 2016
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La Casa Blanca crea problemas a los cristianos sirios

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El brutal régimen de Bashar al Assad es en realidad el verdadero objetivo de la llamada a las armas lanzada por Estados Unidos contra el Isis. Es una gran ocasión: detener a los degolladores islámicos y acabar con el régimen sirio. Para alcanzar el objetivo, la Casa Blanca están intentándolo todo, hasta tratar de convencer a altos miembros de las jerarquías de las iglesias orientales para que decidan de qué parte están: o contra Assad o contra los Estados Unidos.

La página web Ereb Medio Oriente cita fuentes anónimas, por motivos de seguridad, que relatan las tramas de este complot, que doblegaría la resistencia de muchos países árabes, como Qatar o Arabia Saudí, a atacar al Isis, optando en cambio por abatir el régimen de Assad y luego “concentrarse” en los terroristas. Sauditas y qataríes han sido siempre grandes apoyos del extremismo islámico y de la misma ideología profesada por los milicianos del Isis, el wahaabismo.

Dichas fuentes relatan una escena de la conferencia celebrada del 9 al 11 de septiembre en Washington sobre la situación de los cristianos en Oriente Medio. La prensa informó ampliamente sobre el desencuentro verbal entre el senador republicano Ted Cruz, que acusó a los participantes en la conferencia, entre ellos el cardenal Beshara al-Rai y el patriarca greco-católico Gregorio III Laham, de ser anti-israelíes, señalando que quien está contra Israel está contra América. Pero lo que nadie ha contado es lo que sucedió el día siguiente. Algunos de los representantes de las iglesias orientales, católica, ortodoxa y protestante habían sido invitados a la Casa Blanca para discutir de modo informal con un grupo de representantes del presidente Barack Obama, y probablemente con él mismo, de las posibles estrategias para actuar sobre el terreno. Pero poco antes del encuentro los prelados declinaron la invitación debido al verdadero tema de la conferencia: animar a los cristianos a acabar con el régimen de Assad, convenciendo al dictador de dejar el poder y aceptar un juicio por crímenes contra la humanidad. El IS, el drama de los cristianos en Mosul y el futuro de las minorías no islámicas no estaban en la agenda. Lo que confirma el doble rasero de la alianza contra el IS y la intención, por parte de la Casa Blanca y de sus aliados, de enviar más armas a los rebeldes moderados, teniendo en cuenta que estos, al menos sobre el terreno, casi han desaparecido por completo. Compartiendo el hecho de que el león de Damasco realmente ha cometido crímenes, como todos los demás dictadores de Oriente Medio, en este momento una eventual caída del régimen transformaría Siria en una nueva Libia o en una nueva Somalia, con todas las consecuencias que eso supondría para las minorías cristianas.

En estos años, la Iglesia siria, como muchas otras iglesias mediorientales, ha mantenido un perfil bajo, optando por una estrategia abierta y diplomática, capaz de amortiguar los efectos del conflicto, como único modo de sobrevivir, incluso después de una eventual salida a escena de Assad, en la realidad multicultural de Siria, que con todos sus límites es hasta hoy el único país de mayoría musulmana donde incluso en medio de una guerra no ha habido enfrentamientos confesionales entre cristianos y musulmanes. De hecho, en el carnet de identidad no aparece la pertenencia religiosa. Según dichas fuentes, hacen falta más de treinta mil milicianos procedentes de todas las partes del mundo islámico y fuera de él para transformar un conflicto político en una guerra de religión entre chiítas y sunitas, con los cristianos en medio. La presencia de los terroristas islámicos ha reforzado de hecho el poder de Assad, que ha llegado a la situación actual con muchos antiguos rebeldes que ahora combaten por el régimen contra los ejércitos de Jabat al Nusra y del IS, y con un gobierno estadounidense obligado a pedir a Damasco su apoyo en la guerra contra el Estado islámico.

Las citadas fuentes explican que el Isis, ahora Estado Islámico (IS), en realidad ha existido siempre en la mente de quienes apoyan al extremismo islámico. La idea de un enfrentamiento fingido entre ideologías extremistas contrapuestas habría servido solo para hacer tiempo, como muestra la reciente alianza con Al-Qaeda, a la que pronto se unirán otros grupos extremistas. El carnicero Assad, como muchos le llaman, siempre ha dicho una peligrosa verdad: los terroristas islámicos de todas partes del mundo estaban en Siria desde el comienzo de la revolución.

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