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9 DICIEMBRE 2016
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Geografía episcopal y su trasfondo

José Luis Restán

El amplio movimiento que afectará este año a importantes sedes episcopales vino precedido por el nombramiento de Juan José Asenjo como arzobispo coadjutor de Sevilla, lo que significa que será automáticamente el nuevo prelado hispalense en el momento en que le sea aceptada la renuncia al cardenal Amigo. Así pues, Sevilla, Toledo, Valencia y próximamente Oviedo tendrán nuevos pastores al frente de sus respectivas comunidades diocesanas. Ya estaban pendientes nombramientos para Alcalá, Guadix, Jerez, Córdoba, San Sebastián y Menorca, y a estas plazas se pueden añadir, como fruto de los correspondientes desplazamientos, otras de no menor cuantía como Zaragoza, Valladolid, o Bilbao, sin olvidar Huesca y Palencia. En fin, quinielas no faltan (las puede encontrar cualquiera en Internet) y a veces la conjunción de la biología y del gobierno eclesial producen esta especie de maremoto concentrado en pocos meses. Ahora bien, ¿qué puede significar todo ello para la vida del pueblo cristiano, para la misión y presencia de la Iglesia en una sociedad convulsa, sometida a una dura crisis económica, social y cultural?

Empecemos por decir que un obispo no es un político ni un ejecutivo de una gran empresa. El ministerio episcopal no es comparable a esas formas de gobierno tan necesarias en otros ámbitos de la vida social. El obispo es ante todo maestro de la fe, testigo autorizado de Cristo, garante de la tradición eclesial y de la unidad del pueblo edificado sobre el cimiento de la fe. No creo que ningún obispo tenga fórmulas mágicas para responder a los problemas de la evangelización o de la cohesión interna. Su único tesoro cuando acepta el desproporcionado empeño de guiar una diócesis es su propia experiencia de fe vivida en la comunión de la Iglesia, y su único recurso es poner en juego esa fe, "exponerla" en las circunstancias que le corresponda afrontar. Todo esto puede parecer que va de soua, pero luego resulta que de cada nuevo obispo se espera un plan de choque o una reforma que rinda frutos contantes y sonantes según la medida que cada cual impone. Por el contrario, no hay verdadera reforma que no arranque del coraje de testimoniar la fe dentro de la realidad; y en cuanto a los frutos, sólo Dios decide si la siembra se traduce a corto plazo en primavera o si debe atravesar misteriosamente el huerto de los olivos.

Una situación como la que va a producirse este año empuja a clasificaciones banales en las que no pienso perder un minuto. Pero sí interesa saber cómo se sitúan los nuevos obispos respecto de una serie de cuestiones en las que existen sensibilidades y matices, e incluso legítimas discrepancias. Por ejemplo la interpretación que se haga del momento histórico actual: el peso y trascendencia que se otorga a la acción gubernamental y legislativa en relación con el proceso secularizador, y la comprensión de las raíces culturales de una crisis que la política profundiza, pero no crea ex novo. Otra cuestión decisiva es la forma en que se entiende la cuestión de la sana laicidad, que puede ser una mera y justa reivindicación de los derechos de los católicos, o una comprensión más amplia y positiva de cómo la presencia cristiana se desenvuelve en un escenario plural, en el que continuamente se le plantea la provocación de dar cuenta de su propia experiencia. De aquí se derivan también una serie de prioridades a la hora de guiar a la comunidad cristiana: el acento puede estar en la reacción-movilización o en la educación, el testimonio y las obras sociales. 

Por eso otro nudo gordiano se refiere a la cuestión educativa, que puede ser contemplada con inercia o como una verdadera emergencia, no sólo en plano civil sino también y sobre todo en el eclesial. Me parece que la valoración real (no meramente formal o "eclesialmente correcta") de los carismas es otro papel de tornasol para describir la fisonomía del nuevo mapa episcopal: no se trata sólo de una mayor o menor apertura a la pluralidad legítima en la Iglesia, sino de la comprensión de los carismas como dinámica regeneradora y educativa del cuerpo eclesial. Y esto, seamos claros, se puede ver o no ver. Por último, permítaseme decir que la comprensión del fenómeno de la comunicación de masas será cada día más decisivo para los pastores de la Iglesia. No me refiero a intentar ser simpáticos con los medios, sino a entender que en esta coyuntura histórica la palabra que la Iglesia dirige al mundo tiene que buscar su espacio en el flujo de la comunicación, con sus ritmos y sus leyes, sin que por ello pierda sustancia ni vigor.

No descubro el Mediterráneo al decir que el único modelo acabado del pastor es Cristo mismo, y Él amaba el destino de cada hombre y mujer que encontraba, lloraba al sentir su desamparo, comprendía sus oscuridades y respondía a sus deseos. ¿Cómo? Haciendo presente al Dios que es la única respuesta al corazón del hombre, a su sed de felicidad. Es una tarea de todo bautizado, pero el obispo va delante a pecho descubierto. Por eso tiene que amar tanto el orden como la vida, la vida que él ya ha gustado junto a su Señor en la gran amistad de la Iglesia. Si tuviera que hacer un regalo a alguno de estos pobres hombres que van a ser cargados con semejante fardo, les ofrecería esta frase entresacada de la homilía de Benedicto XVI en el día de la Epifanía: "no hay sombra, por tenebrosa que sea, que pueda oscurecer la luz de Cristo, por eso no disminuye nuestra esperanza tampoco hoy, ante la crisis económica y social, ante el odio y la violencia destructores que ensangrientan la tierra, ante el egoísmo y la pretensión del hombre de erigirse en dios de sí mismo... nuestros esfuerzos por liberar la vida humana del veneno que podría destruir el presente y el futuro conservan su valor y sentido incluso si aparentemente no tienen éxito o si parecen impotentes frente al viento de fuerzas hostiles, porque es la gran esperanza que se apoya sobre las promesas de Dios la que, en los momentos buenos tanto como en los malos, nos da coraje y orienta nuestro actuar".

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