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4 DICIEMBRE 2016

Temor y temblor (Kierkegaard)

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Abraham con Isaac. Iglesia de Santa María (Bareyo).

El milagro de la fe reside en que Abraham y Sara fueron lo suficientemente jóvenes para desear, y en que la fe mantuvo el deseo, y de este modo la juventud.

Kierkagaard es uno de esos autores que, como él mismo afirma, “no escribe sistemas ni promesas de sistema; no ha caído en el exceso de sistema ni se ha consagrado al sistema”. Pero Kierkegaard no es genial por ser antihegeliano, ni es admirable gracias a esa débil “virtud” contemporánea de hacer coincidir objetividad y neutralidad.  

Temor y temblor está enteramente dedicado a la figura de Abraham. En el estudio de la misma se ve en qué sentido Kierkegaard huye del sistema. Es fácil escuchar sermones insignificantes sobre Abraham o extraer alguna moraleja de su historia, pero a costa, dirá Kierkagaard, de violentar la trama de los hechos, de ignorar el momento en que el viejo Abraham se dirige al monte de Moriah dispuesto a sacrificar su “única esperanza”. Kierkegaard, como si pisara tierra sagrada, se descalza ante el camino que recorrió Abraham, el que va de la felicidad de su casa hasta el monte de Moriah. “Si tuviese que hablar sobre Abraham, pintaría ante todo el dolor de la prueba. Para finalizar, chuparía como una sanguijuela toda la angustia, toda la miseria y todo el martirio del paterno sufrimiento para poder representar el de Abraham, haciendo notar sin embargo que en medio de sus aflicciones él creía. Recordaría que el viaje duró tres días y buena parte del cuarto e incluso que esos tres días y medio duraron infinitamente más que los miles de años que me separan del patriarca”.  

Pero Kierkagaard se expresa todavía de forma más radical y habla del torbellino de contradicciones que debieron de agolparse y estrujarse en la mente de Abraham, de la contradicción sin la cual no se comprendería nada del padre de la fe: “es en esta contradicción donde reside la angustia capaz de dejarnos entregados al insomnio y sin la cual, sin embargo, Abraham no es el hombre que es”. Él es el caballero de la fe, el que ha combatido contra Dios mismo, el que recobra el mundo gracias “al absurdo, a la resignación infinita”, a la conciencia de que para Dios nada es imposible. “Abraham no renunció a Isaac por la fe; al contrario, lo obtuvo por ella”. Este es el hecho sorprendente y misterioso que no se puede copiar ni reproducir, que se esconde y se escabulle de entre las manos cuando queremos aferrarlo. La grandeza de Abraham fue que anheló lo imposible y en lo imposible se le dio y se le volvió a dar lo más inesperado. 

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