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22 AGOSTO 2017
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Caminamos juntos, bajo Pedro

José Luis Restán | 0 comentarios valoración: 3  50 votos
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La primera etapa del camino sinodal emprendido para realizar un nuevo anuncio del Evangelio de la familia en el contexto cultural del siglo XXI, ha concluido. Y como ha dicho el Papa Francisco, habría sido extraño y triste que semejante empeño se hubiese saldado sin discusiones ardorosas, en algunos momentos dramáticas, sin movimientos pendulares que a veces producían mareo, sin vencer tantas tentaciones. Porque el desafío es formidable, quizás comparable a los que supusieron la irrupción del pensamiento ilustrado y del marxismo. Una vez más la Iglesia ha tenido que zambullirse y profundizar en su propia fuente, a la vez que mantiene un diálogo dramático con la búsqueda de esta época. Ya que como proclamó San Juan Pablo II, "el hombre es el camino de la Iglesia".  

La Iglesia busca "ser fiel a su Esposo y a su doctrina... y no tiene miedo a comer con prostitutas y publicanos". Son palabras de Francisco que explican lo que ha sucedido estas últimas semanas. Y no hay que asustarse de que muchos comentaristas hayan supuesto que se libraba una especie de gran combate... Algunos, incluso con buena intención, han llegado a dudar del Espíritu Santo, "que a lo largo de la historia ha conducido siempre la barca, a través de sus ministros, incluso cuando el mar era contrario y agitado, y los ministros infieles y pecadores". Palabras duras y cortantes de Francisco, que sin embargo han actuado como medicina y han sembrado un amplio respiro en un aula en la que se sentía el peso de la historia.

No hay que tener miedo a la sana dialéctica, ha dicho el cardenal Scola cuando ya se habían votado los 62 parágrafos de la Relatio Synodi. En efecto, muchas formulaciones que habían sido objeto de dura controversia encontraron finalmente el necesario equilibrio, la corrección, el enriquecimiento y los matices necesarios. Recordemos las discusiones enardecidas de grandes padres, doctores e incluso santos de la Iglesia, cuando se forjaban los primeros Símbolos de la Fe, o cuando se afrontaba el modo de evangelizar el mundo antiguo. Y sería patético despachar aquellas discusiones con esquemas del tipo conservadores/progresistas o palomas/halcones. En esta ocasión, con la mirada fija en Cristo, los padres sinodales han buscado formas nuevas de decir la verdad del matrimonio y de la familia que Jesús ha desplegado ante unos discípulos estupefactos (ayer como hoy). Una verdad que no es un manual de instrucciones sino que es una aventura sostenida por la alianza de Dios con su pueblo, que encuentra en el matrimonio una de sus documentaciones más preciosas. Porque a nosotros nos sigue pareciendo tantas veces, como a los apóstoles, un imposible.

Que la Iglesia se incline para mirar con mayor inteligencia, realismo y paciencia, los extravíos y dificultades de los hombres y mujeres de esta época, no reduce ni merma la exigencia del Evangelio, no mengua la doctrina (inseparable de la pastoral y de la misericordia). Por el contrario, permite presentarla como respuesta inesperada y liberadora a la desilusión y al cansancio de la vida, pero sobre todo, al anhelo que sigue moviendo a los corazones. En ese sentido, el Papa ha recordado a los pastores que su primer deber es alimentar a la grey que el Señor les ha confiado, y buscar a las ovejas que se han extraviado, para alzarlas del barro y ponerlas de nuevo en camino, hacia su Señor.

Puede afirmase que el texto de la Relatio Synodi ha alcanzado un amplísimo asentimiento (muy por encima de los dos tercios) salvo en tres de los 62 parágrafos que la componen. Aquellos que se refieren a la búsqueda de caminos nuevos para que los divorciados que se han vuelto a casar civilmente puedan acceder, tras un discernimiento autorizado, a través de un camino penitencial debidamente establecido y en determinadas condiciones, a la recepción de la eucaristía; y el que se refiere a las modalidades de acogida y acompañamiento pastoral a las personas homosexuales. En estos tres puntos se ha alcanzado una amplia mayoría, pero también se vislumbra una seria objeción por parte de un número muy consistente de padres sinodales: 74 (sobre un total de 183) se han opuesto a la redacción del punto sobre el acceso de los divorciados a la eucaristía, y 62 al que se refiere a la pastoral de las personas homosexuales. Esto es un hecho que a buen seguro será echado en saco roto, y que evidencia la necesidad de madurar y profundizar las respuestas, sin ceder a ninguna de las tentaciones enunciadas por el Papa: la rigidez intelectualista, el buenismo destructivo, la acomodación al siglo, o confundir la custodia del Depósito de la Fe con adueñarse de él.

El Papa ha querido que se publicaran los 62 parágrafos acompañados del número de votos a favor y en contra cosechados por cada uno de ellos. De hecho, este documento es solo el punto de partida para la etapa que ahora se abre, y deberá ser debatido y profundizado por las Conferencias Episcopales de todo el mundo y por las comunidades cristianas (parroquias, movimientos, congregaciones...). En octubre de 2015 una nueva Asamblea, esta vez "ordinaria", del Sínodo de los obispos, retomará el trabajo para presentar al Papa un documento definitivo.

Y aquí conviene aclarar un punto decisivo, que Francisco ha dejado bien claro. El Sínodo no toma decisiones, expresa y formula el camino de la Iglesia, la conciencia compartida de los pastores sobre los desafíos del presente y sobre la forma de afrontarlos desde el Evangelio, la Tradición y el Magisterio. El Papa quiere (y debe) escuchar y acompañar ese camino, tomando nota de cuanto en él va surgiendo, pero toca solo al Sucesor de Pedro tomar las decisiones que estime convenientes para guiar a la Iglesia en esta hora. Porque solo él es el garante de la obediencia a la voluntad de Dios, al Evangelio y a la Tradición, evitando cualquier arbitrariedad. Para eso goza (el subrayado es de Francisco en su discurso final) "de la potestad ordinaria, que es suprema, plena, inmediata y universal en la Iglesia".

La solemne Misa de clausura del Sínodo ha coincidido con la beatificación de Pablo VI, que vivió en su carne el duro oficio de proclamar la fe en diálogo con un mundo que se hacía crecientemente ajeno, e incluso hostil, al cristianismo. En la sufrida pero bellísima experiencia  del Papa Montini se conjugaron de forma sublime misericordia y firmeza, apertura y sentido crítico, libertad y obediencia. Todo un emblema para este camino, mientras Francisco y Benedicto entrelazaban sus manos bajo la cúpula de San Pedro. Y la historia continúa.

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