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9 DICIEMBRE 2016
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Violencia en Canadá: ¿Ha sido el islam?

Francisco Pou | 0 comentarios valoración: 3  17 votos
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Muerto de un disparo, caía en Canadá Nathan Cirillo, en el uniforme de honores, con el que custodiaba en Ottawa el National War Memorial. El autor de los disparos, Michael Zehaf-Bibeau, 32 años, convertido al islam, intentó un asalto al Parlamento y resultó muerto de un tiro del retén de seguridad bajo las órdenes del sargento Kevib Vickers. El primer ministro Stephen Parker se refirió a Zehaf como “terrorista” conectado al ISIS. La prensa canadiense se debate entre las causas. ¿Acaso no es una respuesta directa a la participación de Canadá contra la violencia del ISIS?

Un periodista americano de investigación, Glenn Greenwald (considerado un libertario), enseguida relacionó el atentado con un acto medido de represalia contra Canadá tras el anuncio formal de actividades de defensa en relación al gobierno del estado islámico, ISIS, pero llegó mucho más lejos. “Resulta asombroso que nos sorprenda en occidente que los países a los que hemos llevado violencia y fuerza militar, alguien se sorprenda si nos traen una pequeña fracción a nuestro propio país.”. No hay duda que un tiroteo en un mall o en un parlamento civil levanta rechazo general. El problema, escribía Greenwald es la causalidad.

Una palabra, causalidad, que se vincula siempre al mensaje de los terroristas islámicos contra los abusos de fuerza de occidente presentando al islam como objetivo y víctima. Atendiendo a la biografía de Zehaf, veremos un pasado de posesión de drogas, hurtos, amenazas. Junto su adicción al crack y la cocaína, sabemos que vivía últimamente en un refugio para los “sin-hogar”. Dave Bathurst, que le conocía, describía una conversación previa al tiroteo, en la que hablaba de “Shaytan” –el término árabe para lo demoníaco– que llevaron a Dave a verlo como enfermo mental. ¿Realmente podemos decir que Michael luchaba por algo? ¿No estaría más bien siendo víctima de “ese algo”? Un “algo” más cerca de la patología que de la Teología.

¿Guerra de atentados? ¿Atentados terroristas dirigidos? ¿Enfermos mentales?

Es importante pasar el ejercicio de poner nombre a las cosas, un esfuerzo que nos llevará a distinguir. El director de Investigación terrorista de Defensa en Noruega dice que estamos hablando de un perfil asesino pero converso al islam, “lo cual, su religión, no es causa necesaria de violencia”. Sí, en cambio, una mentalidad enfermiza que abraza el yihadismo radical. Con radicalización y fantasía se le abre una oportunidad de hacer historia, prestigio, ser parte de algo “más grande”.

El reclutamiento on-line para el ISIS sabe que con candidatos apenas sin formar, apenas sin dominio de armas, se puede conseguir un efecto amplificado de su acción violenta; amplificado en la relación “inversión-eco mediático”. Así se ve también la efectividad de los “lobos solitarios”, virtualmente desconectados entre sí y por lo tanto ilocalizables.

La delgada línea que separa al terrorista ideológico del enfermo mental siempre estará esperando nuestro debate. Conocer las “fuentes” en la que se alimentan estos candidatos” es vital. En muchas ciudades de Estados Unidos y Canadá el contacto preventivo de la policía, por ejemplo, con clérigos musulmanes es estrecho; van a favor de principios que compartimos de ley, orden y respeto por la vida.

Al final, la línea transversal que podemos trazar del criterio entre fuerzas armadas, centros de estudios de defensa, policía y medios de comunicación, es la que define la locura, la muerte como estrategia, el terror como forma vida. Puede ser la línea de la “acción terrorista”, pero con más precisión, se trata de la utilización terrorista de un loco. De un pobre loco, nada más. Ni nada menos. Cuando se rompe la humanidad (lo que hace hombre a ese hombre), ya todo es locura, sea “solitaria” o “colectiva” y podemos esperar de todo, atribuyéndolo a cualquier “dios”. Locura.

Fuente: Jeet Heer, “The Newyorker”

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