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2 DICIEMBRE 2016
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El momento dulce y otros inventos

José Luis Restán

Momento dulce que consistiría básicamente en que los obispos españoles habrían entrado por el aro de la recomendación romana de rebajar la aspereza de sus críticas al Gobierno, y en que éste, por su parte, habría multiplicado los gestos de distensión como por ejemplo la entrevista de Zapatero con el cardenal Cañizares para felicitarle por su reciente nombramiento en la Curia. Realidad virtual. La anunciada visita a España del cardenal Secretario de Estado, Tarcisio Bertone sería según estos medios la guinda del pastel.

Todo arranca de un vicio de origen: es falso que Benedicto XVI haya pedido a la cúpula de la CEE que rebaje el tono de sus críticas. Por el contrario, el Papa ha mostrado en muchas ocasiones que comprende la difícil encrucijada de la Iglesia en España y que aprecia el coraje con que los obispos desempeñan su misión, asumiendo el riesgo que es propio del testimonio de la fe. Y cuando el Ejecutivo de Zapatero ha tratado de buscar un hilo directo con Roma que puentease a los obispos españoles (y lo ha intentado con frecuencia) siempre ha encontrado la misma respuesta: para abordar los problemas de España, los interlocutores son los obispos españoles.

Hablemos claro. Cuesta mucho imaginar en qué puede consistir ese momento dulce del que hablan algunos cuando el discurso cultural del Gobierno sigue siendo el del laicismo agresivo, cuando se perfila a marchas forzadas una ley de aborto libre y cuando está en cartera una reforma de la ley de libertad religiosa cuyos indicios apuntan a una restricción creciente de la presencia pública de las diversas confesiones y a una intromisión estatal creciente en la vida interna de las comunidades religiosas. Por no hablar del mantenimiento de la asignatura de Educación para la Ciudadanía en sus actuales términos, sin que el Gobierno haya mostrado el menor signo de apertura en un punto que la Iglesia considera crucial.

Otra cosa es que, evidentemente, cada momento requiere una respuesta distinta y los últimos tiempos han sido más tranquilos que los que precedieron a las elecciones de marzo pasado, cuando el Ejecutivo y su entorno mediático lanzaron una campaña brutal contra la Iglesia a raíz de la celebración de la familia cristiana en la plaza de Colón y de la nota episcopal sobre los comicios. Es verdad que Zapatero recibió al cardenal Rouco como presidente de la CEE en un clima de cordialidad, pero los frutos de aquel diálogo hasta el momento han sido nulos. También es verdad que es un gesto de cortesía y de normalidad que haya recibido al cardenal Cañizares (lo mismo sucedería en cualquier país normal, especialmente si la Iglesia representa social e históricamente lo que representa en España). Pero nada más, y ya resulta significativo que el diario El País dedique a su redactor de mayor confianza para Moncloa a redactar una información de página entera con llamada en portada, según la cual se trataba de una "inusitada entrevista" que demostraba que con Roma (o sea Cañizares) todo va bien, mientras que en Añastro (o sea Rouco) siguen en lo de siempre. En Moncloa-El País deberían entender que la cortesía institucional no es compatible con la manipulación.

En cuanto a la visita del cardenal Bertone, demuestra el interés de la Santa Sede por la situación española y el deseo de acompañar a los obispos en su difícil ministerio. Son ellos quienes le han invitado, para que haga presente en el debate público de nuestro país el magisterio de Benedicto XVI en un tema trascendental como el de los derechos humanos. Será interesante contrastar el contenido de su conferencia con las "políticas de extensión de los derechos" que son la perla más preciada del zapaterismo. Lo cual no impide que el secretario de Estado mantenga un intercambio franco y cordial con las autoridades españolas, faltaría más.

Desde luego la Iglesia no aspira a la confrontación permanente ni su ideal es la refriega con el Gobierno. La Iglesia no es "la oposición", aunque tantas veces deba oponerse para ser fiel a su misión. No se trata de que el Ejecutivo complazca a la Iglesia en esto o en aquello. Se trata de que reconozca su valor como sujeto histórico presente en nuestro contexto civil, y que respete su libertad de palabra y de obra. Los católicos no aspiramos al beneplácito del poder. Tan sólo aspiramos, como ha dicho Benedicto XVI al Cuerpo Diplomático, a que no se cultiven prejuicios u hostilidades contra nosotros simplemente porque en ciertas cuestiones nuestra voz perturba. No es cuestión de momentos dulces o amargos, sino de una sana laicidad que todos debemos ayudar a construir.

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