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9 DICIEMBRE 2016
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Muros y personas

Petr Nagibin | 0 comentarios valoración: 3  40 votos
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Después de tantas celebraciones y conmemoraciones de la caída del muro de Berlín da casi espontáneamente la sensación de que no se ha entendido mucho lo que sucedió. No lo digo con la presunción de poseer una interpretación más inteligente que las demás ni ninguna fuente reservada con nuevas revelaciones sino sencillamente por el malestar que me suscita el hecho de ver con qué radicalidad se dividen las conmemoraciones entre los que exaltan la victoria del Occidente capitalista y los que se deprimen al descubrir que este mismo Occidente es tan poco luminoso que no solo ha renacido en ellos la nostalgia por el régimen anterior sino que empiezan a creer que ese régimen era mejor que el otro.

Y como no tengo interpretaciones más inteligentes, me limito a recordar algunos hechos. Ante todo, recuerdo que el muro no cayó por casualidad sino porque la gente lo derribó. Sin duda, entre las acciones de aquella gente, entre aquella gente, había también quien miraba a Occidente, sin embargo quien hizo caer el muro no fueron los carros armados americanos sino los pequeños berlineses que hicieron que aquellos carros armados resultaran inútiles y, con una acción sorprendente y no violenta, dejaron inutilizables tanto los carros como las armas del otro lado, las de las tropas especiales de la RDA. ¿O es que hemos olvidado que uno de los jefes de la Stasi confesó su propia impotencia, diciendo que estaban preparados para reprimir las manifestaciones tradicionales pero no sabían qué hacer ante velas encendidas y coros religiosos?

Fue un trabajo “largo y fatigoso”, pero marcado desde el principio y constantemente por la no violencia (quizás estaría bien recordar aquí que en esos mismos años por el Occidente pacífico y libre pululaban grupos de oposición armada y violenta); y junto a la no violencia, el otro rasgo característicos de este trabajo fue la conciencia de testimoniar una libertad que no debía ser conquistada con quién sabe qué revolución sino que ya se daba en acto. Cuando Solzhenitsyn invitaba a “vivir sin mentira” o cuando el futuro presidente Havel animaba a “vivir en la verdad”, la suya era una propuesta real e inmediatamente aplicable: era una propuesta a la libertad y a la responsabilidad de la gente, una propuesta que también implicaba riesgos, sufrimientos y sacrificios, en algunos casos hasta el “sacrificio de la vida”, pero que no necesitaba esperar a una intervención de Occidente.

De hecho, precisamente a Occidente acusaba Solzhenitsyn de abdicar de su propia responsabilidad, delegando las posibilidades de victoria o resistencia a la presunta protección del paraguas nuclear americano, ¿o también nos hemos olvidado aquí, en el oeste, de cuánta polémica suscitó en Occidente esta posición de Solzhenitsyn? Luego es verdad que Occidente no se quedó mirando, pero los que lucharon, pagando personalmente, estaban al otro lado del muro. Reducir la victoria de aquella gente a la victoria de Occidente verdaderamente es fruto de una interpretación que no encuentra confirmación en la realidad, salvo que sea por un defecto de memoria.

Por otro lado, solo puede ser por un idéntico pero espectacular defecto de memoria que hoy alguien pueda creer que el sistema comunista fuera mejor, o digno de mejor suerte que la que efectivamente tuvo. Con todos los límites que puedan haber tenido y tienen los sistemas occidentales, resulta difícil creer que alguien pueda preferir a estos límites un sistema totalitario, con su negación explícita del valor de la persona, salvo que sea, como hemos dicho, por un defecto de memoria. Y es precisamente este defecto de memoria lo que habría que intentar explicar. ¿Por qué no se cultiva la memoria? ¿Qué se esconde tras la facilidad con que se pierde la memoria, tanto en el oeste como en el este?

Creo que una primera hipótesis que podemos avanzar, si nos fijamos bien, es que las interpretaciones contrapuestas se caracterizan por un punto en común: todas hacen depender el valor o el escaso valor del fin del muro del valor que se atribuye a los sistemas contrapuestos. La caída del muro es una victoria para quien atribuye esta caída a los méritos del sistema capitalista, y en cambio es una nimiedad o, peor aún, una tragedia (la peor catástrofe geopolítica del siglo XX, ha dicho Putin, hablando del consiguiente fin de la URSS) para quien pone en discusión los méritos de este sistema o claramente prefiere el otro sistema.

El primer plano, en estas interpretaciones, lo ocupa siempre el sistema, mientras que el papel de la persona desaparece, el rol de la libertad y la responsabilidad de la persona es nulo, queda totalmente absorbido por el juego y el engranaje de los sistemas. Sin embargo, el punto fundamental, la novedad de los disidentes en los países del este, era que cada uno de ellos se exponía en primera persona; el punto fundamental de los disidentes que arriesgaban su vida no era la exaltación de un sistema por encima de otro, sino una pregunta mucho más sencilla e inmediata: “Si no soy yo y ahora, ¿quién y cuándo?”.

Si olvidamos esto, la persona desaparece, absorbida por la gran y misteriosa maquinaria de la historia y los sistemas, entonces toda interpretación es posible, pues ya no existe el sujeto que podría juzgar hasta qué punto una interpretación se corresponde con la realidad. ¿Cómo sorprenderse entonces por la depresión que pesa sobre nuestras sociedades, tanto al este como al oeste? De las personas que abdican tan fácilmente de su protagonismo y se lo transfieren al sistema se debe esperar más aún que una simple depresión, a menos que recuperen la memoria.

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