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3 DICIEMBRE 2016
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Un combate por la soberanía nacional argentina

Luis Antonio Ferrero | 0 comentarios valoración: 3  36 votos
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En la mañana del 20 de noviembre de 1845 se produjo en las aguas del río Paraná, sobre su margen derecha, al norte de la provincia de Buenos Aires (Argentina), en un recodo donde su cauce se angosta, el Combate de la Vuelta de Obligado. En este enfrentamiento naval y terrestre, se enfrentaron tropas del Estado soberano e independiente de Buenos Aires, gobernado por Juan Manuel de Rosas, y las escuadras de Inglaterra y Francia.

En ese año Gran Bretaña se unió a Francia en acciones navales contra Buenos Aires por razones vinculadas a su pretensión de acabar con el control que dicha ciudad procuraba con respecto a la navegación de los afluentes del Plata, de manera de satisfacer la demanda de estas potencias de alcanzar libremente el acceso naval al Paraguay. Buenos Aires ostentaba entonces el encargo de la representación de las relaciones exteriores de una Confederación argentina, conformada luego del desmembramiento del Imperio español. Desde ya, entonces, sería impropio hablar de un “Estado argentino”, aún inexistente, sino más bien referirnos al estado independiente y soberano de Buenos Aires, que estaba entonces asociado al resto de los estados rioplatenses [las así llamadas Provincias] en una débil confederación, que subsistió hasta poco después de la caída de Rosas.

En su momento, el Combate de Obligado fue presentado por el gobierno de Rosas como una causa “americana” y “nacional”, logrando concitar apoyos de quienes veían sólo un aspecto del conflicto, en tanto dicho hecho suscitaba la animosidad y hostilidad de las provincias afectadas –las mediterráneas–, las cuales, a la postre, se insubordinarían contra él para derrotarlo luego en Caseros. Es bueno recordar que había sido la política del estado de Buenos Aires la que, en 1831, bloqueando una cláusula fundamental del Pacto Federal [firmado entre las provincias de Buenos Aires, Santa Fe, Entre Río y Corrientes, en 1831], vetó toda iniciativa de reunir un congreso constituyente que pudiera permitir el nacimiento de un nuevo Estado nacional.

La batalla de marras –que debemos enmarcarla dentro de los conflictos regionales que ya se insinúan por la conformación de los Estados nacionales en la Cuenca del Plata– fue, en definitiva, una circunstancia regional (el enfrentamiento de Buenos Aires con potencias europeas), presentada como la epopeya de una nación todavía inexistente. El conflicto se solucionaría posteriormente y Gran Bretaña debió desistir del bloqueo, firmando el tratado Southern-Arana de 1849, que reconoció a la Confederación Argentina el derecho exclusivo para navegar sus ríos interiores. 1849 registrará “el mayor volumen de exportaciones británicas a la Argentina” (H. S. Ferns).

Es así como, finalizado el enfrentamiento, Rosas reanudó sus lucrativas relaciones con Gran Bretaña, las que, como consta en las actas del Parlamento británico, le fueron agradecidas el día 26 de abril de 1852 cuando se le recibió con honores a su arribo a Inglaterra. Ese homenaje de las autoridades de Plymouth, según expresiones del secretario de Relaciones Exteriores en la Cámara de los Lores, se debía a que Rosas había mostrado gran distinción y generosidad con los comerciantes británicos que comerciaban con su país y que había mantenido por lo general una buena relación con la Corona, lo que había permitido sostener excelentes relaciones comerciales entre los dos países. Poco después, en carta a Rosas, Lord Malmesbury, Secretario de relaciones exteriores inglés, le decía al Restaurador: "puede V.E. establecerse donde quiera y vivir en perfecta seguridad bajo la protección de las leyes inglesas" (v. John Lynch). Rosas finalizaría sus días (1877), tras 25 años de residencia en Inglaterra, alternando sus tareas de campo en la Burgess Street Farm, en Swaythling, a unos pocos kilómetros de Southampton, recibiendo las visitas que le efectuara su amigo Lord Henry John Temple, tercer vizconde de Palmerston.

Hay que recordar también que, ya en su momento (1833), cuando el encargado de negocios británico en Buenos Aires, Mr. WoodbineParish, fuera reemplazado (aunque continuara como asesor de asuntos rioplatenses por el resto de su vida), Rosas lo nombró ciudadano argentino y coronel de caballería honorario, organizándole toda una fiesta de despedida. Además le concedió el curioso privilegio de usar el escudo nacional argentino como blasón hereditario. Luego del exilio del Gobernador de Buenos Aires, el 13 de diciembre de 1853, tras haber visitado a Rosas en su granja, Parish encontró al Restaurador “muy semejante a un caballero inglés, con benévolo semblante y maneras muy urbanas”, según se lo asentó en su Diario.

Dicho todo esto, una cosa es sostener la importancia del surgimiento y afianzamiento inicial de los caudillos frente a la necesidad de preservar estas tierras de la anarquía, proceso que se originaría a partir del desmembramiento de Hispanoamérica -papel destacadísimo que le cupo en ello a Juan Manuel de Rosas y tantos otros-, y algo muy distinto es hacer del Gobernador de Buenos Aires el héroe máximo de una unidad nacional todavía inexistente. Menos aún sostener que nuestra Nación argentina –como las demás de Hispanoamérica– ya estaba prefigurada desde tiempos coloniales.

La historia siempre es revisada y a esa tarea deberíamos apuntar respecto de muchos otros tópicos que ya hemos dado acríticamente por aceptados: nuestro nacimiento como nación en 1810, el problema de la soberanía, el origen de nuestro constitucionalismo, cierto tratamiento dado a la Guerra contra el Paraguay, entre varios más.

Que con el correr de los años cierto nacionalismo historiográfico (gran hacedor de mitomanías históricas al uso) –hoy redivivo– haya querido presentar a la Batalla de la Vuelta de Obligado como la gesta de la heroica defensa de nuestra soberanía nacional es una cosa. Que cierta mirada de divulgación histórica, apoyada en datos parciales o inciertos, pretenda manipular la historia con fines políticos, es otra. Que nuestro “revisionismo histórico”, muchas veces carente de los requisitos básicos de la investigación histórica, pretenda construir un relato alternativo a la así denominada “historia oficial”, también es otra cosa.

Pero, mucho más modesta, la historia,“reino de lo inexacto”, bucea por otros derroteros. Historia no es sólo sinónimo de memoria. “Cuando esta relación con el pasado avanza por el camino de la memoria, nada le importa la verdad histórica… El pasado ha de pasar, no para caer en el olvido, sino para hallar su lugar en el único contexto que le conviene: la historia. Sólo un pasado historizado puede, en efecto, informar válidamente al presente, mientras que un pasado mantenido permanentemente actual no puede sino ser fuente de polémicas partidarias y de ambigüedades” (A. de Benoist).

¿No habrá algo en el origen de nuestro pasado que distraídamente hemos olvidado? ¿Qué experiencia humana presente podrá guiarnos por el camino de una ‘curiosidad amigable’ hacia el tiempo de nuestros predecesores? Ese modo específicamente humano de vivir que es la comprensión, que comienza al nacer y termina con la muerte, ¿lo podremos seguir confundiendo con la invención de clichés, de “relatos”, con el solo fin de adoctrinar? ¿Cómo prolongar esa necesaria comprensión de la historia, como camino de retorno al sentido común y a la tensión constante por la búsqueda del significado?

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