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9 DICIEMBRE 2016
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Solo Jordania y Marruecos pueden detener a los islamistas

Robi Ronza | 0 comentarios valoración: 3  32 votos
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Una banda de milicianos de la organización islamista somalí Al-Shaabab penetró en el condado de Mandera, situado en el extremo norte de Kenia, en la frontera con Somalia, después de secuestrar un autobús que viajaba hacia Nairobi, exigir a sus pasajeros que recitaran pasajes del Corán y matar a sangre fría de un tiro en la nuca a todos los que no fueron capaces de hacerlo.

Las víctimas, hombres y mujeres cristianos en su mayoría, son 28. Fronteriza con Somalia, país casi exclusivamente musulmán, Kenia es por el contrario de mayoría cristiana. Los musulmanes son solo casi el 6%, y los fieles de las religiones animistas tradicionales se acercan al 30%. Este trágico episodio vuelve a llamar la atención sobre otra parte de África donde las organizaciones terroristas islámicas levantan sus armas contra los cristianos. El caso de Nigeria es el más grave, pero no es el único. Igual que en otros lugares, como sobre todo el norte de Siria e Iraq, movimientos de análoga inspiración actúan de manera implacable contra las minorías, empezando por los cristianos.

No sirve de nada, ni siquiera para el buen nombre del islam, tratar de enturbiar lo sustancial de las motivaciones y objetivos privilegiados de estas campañas terroristas, como mucha prensa internacional se empeña en hacer con un esfuerzo digno de mejor causa. Hoy el mundo está asistiendo a una cruenta persecución contra los cristianos por obra de un movimiento que hunde sus raíces en el ambiente musulmán y que pretende reclamar al islam. Este movimiento, como tal en el significado originario de la palabra (es decir, fluido, policéntrico, pero no por ello menos consistente), es uno de los mayores obstáculos que en nuestro tiempo se oponen al auténtico progreso del hombre.

¿Qué motivos son el origen de tanto rencor? Sustancialmente, una envidia hacia los cristianos en cuanto que son más capaces de estar con éxito ante la prueba de la confrontación con la modernidad. Teniendo en cuenta la relevancia del islam tanto en la historia como en el presente de la civilización humana, hay que lamentarlo, y nosotros lo lamentamos sinceramente, pero las cosas están así. Y negarlo no sirve de nada a nadie.

En lo inmediato, la movilización contra este peligro tiene también, y no puede ser de otra manera, aspectos políticos y militares. Pero a largo plazo es evidente que las batallas fundamentales son las que se deben combatir en sede cultural y dentro del propio islam. A tales batallas se puede dar discretamente desde el exterior toda la ayuda posible, pero esto por definición no puede ser lo determinante. Son los musulmanes de buena voluntad quienes deben librar estas batallas. Y por desgracia esto aún no ha sucedido en toda la medida de lo necesario. Es indispensable que dentro del mundo musulmán, de un modo tan explícito como autorizado, el terrorismo islamista sea desenmascarado y descalificado. Los musulmanes de buena voluntad no deben consentir más que estas bandas de pistoleros y degolladores puedan acreditarse impunemente ante masas de jóvenes desorientados como líderes del islam puro e intransigente.

A este respecto, hace diez años se puso en marcha una importante iniciativa que sin embargo no creció como se esperaba. Impulsado por el rey Abdalá de Jordania, cerca de 200 reconocidos estudiosos musulmanes procedentes de cincuenta países del mundo elaboraron un “Mensaje de Amman”, que el 9 de noviembre de 2004 fue dirigido a todo el mundo musulmán. Objetivo del documento: “volver a iluminar plenamente los valores islámicos esenciales de la compasión, el respeto recíproco, la tolerancia, la aceptación y la libertad religiosa”. En el texto, y en otras declaraciones ligadas a él, se tocaban puntos de ardiente actualidad, como quién tiene derecho a ser reconocido como musulmán, por quién y por qué motivos puede un musulmán ser excomulgado, quién tiene la facultad de emitir las fatwa (sentencias de condena), etc.

No podemos detenernos aquí en los detalles de aquel documento pero sí señalar que vale la pena volverlo a leer, pues allí se encuentran de un modo bien fundado, y desde un punto de vista islámico, los principios de un islam bien distinto del de estas organizaciones del terrorismo islamista. Por motivos análogos al rey de Marruecos, en virtud de su descendencia del profeta Mahoma y de la gran historia de su dinastía, el rey de Jordania tiene un rango que en el mundo islámico nadie puede contestar. Sin embargo el “Mensaje de Amman” no obtuvo una adhesión autorizada, explícita, difundida y activa, sin la cual el mundo musulmán no puede conjurar el oscuro furor del extremismo islamista.

Hoy sería más importante que nunca que en su máximo nivel organizativo, es decir, en la Organización de la Conferencia Islámica, por iniciativa de sus instancias más autorizadas, el mundo musulmán hiciese suyo el “Mensaje de Amman”, o alguno similar. Y que extrajera de allí todas sus consecuencias. Que se solicitaran y favorecieran iniciativas de este tipo: sería un óptimo objetivo para la política exterior de cualquier país. De hecho, una red consolidada de relaciones con el mundo árabe permitiría dentro de la Unión Europea hacer un papel mucho mejor que, por ejemplo, los Estados Unidos.

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