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9 DICIEMBRE 2016
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Tortura y martirio

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El único alivio es que se haya sabido. La democracia de los Estados Unidos funciona y por eso hace unos días conocimos conclusiones del informe que durante años, los años posteriores al 11-S, ha elaborado el Senado para dar a conocer los muchos abusos que se cometieron en nombre de la guerra del terror. Los senadores sostienen que la CIA engañó a Bush para actuar al margen de la ley y en contra de los derechos humanos más elementales. Pero Dick Cheney, el que fuera su vicepresidente, ha replicado que no hay que criticar a los “chicos de la agencia” sino condecorarlos.

Paradojas del Tío Sam: tan pronto airea sus vergüenzas en un proceso de transparencia nada frecuente como es capaz de justificar los peores métodos para luchar contra el islamismo (republicanos), la ejecución de Bin Laden sin proceso judicial alguno, los asesinatos selectivos con drones o las escuchas de la NSA (demócratas). Algunos presentan a Bush junior como el presidente con ideales más claros de la reciente historia de Estados Unidos. Pero en política los medios cuentan tanto como los fines. En cualquier caso no solo fue cosa de Bush o de la CIA, recordemos el clima que se creó durante los meses posteriores a la caída de las Torres Gemelas en todo Occidente. Todo parecía lícito para casi todos.

El comienzo de siglo ha estado marcado por tres ismos que reflejan hasta qué punto vivimos todavía bajo la presión de la ideología. Antes del gran atentado vivíamos la fiesta del relativismo (una libertad sin verdad). El atentado nos despertó con un zarpazo fundamentalista (verdad sin libertad). Y de aquello se intentó salir con un maniqueísmo que quería afirmar valores y proteger vidas a través de un atajo que ha convertido a Oriente Próximo en el escenario de una guerra permanente.

En España sabemos bien que los atajos para luchar contra el terror no hacen sino alimentar a la bestia. Ahora nos dedicamos a combatir no ya el islamismo del otro lado del Mediterráneo sino la atracción romántica que muchos jóvenes europeos sienten por la yihad. La guerra de civilizaciones ha sido una torpeza de proporciones descomunales que puede convertirse en la tumba de los cristianos de Iraq, de Siria, quién sabe si también de los del Líbano y de Egipto.

El yihadismo, salvando todas las distancias, es al comienzo del siglo XXI lo que fue el totalitarismo comunista en la segunda mitad del XX. La nueva ideología tiene el sello de los tiempos: no controla Estados, no está detrás de ciertas fronteras, adopta una forma líquida, depende de las personas y de redes. Pero ahora que conmemoramos los 25 años de la Caía del Muro de Berlín podemos recordar toda la paciencia, toda la capacidad de sacrificio (de pueblos enteros), toda la laboriosa afirmación de lo verdadero y toda la inteligencia que hizo falta para derrumbar lo que entonces parecía un poder muy sólido.

Inteligencia en este caso nos ha faltado. Y en grandes cantidades. Hemos mirado y lo seguimos haciendo a los países de mayoría musulmana y al islam con esquemas simplistas. Nos ha parecido que todas las democracias del mundo debían ser iguales sin darnos cuenta de que una democracia musulmana o es religiosa o no será democracia.

En la lucha contra el terror yihadista lo que de verdad sirve es poner a las multiformes comunidades chiítas y sunníes frente a las contradicción interna de un terror que mata en nombre del islam. Paradójicamente, para esto, la contribución decisiva ha sido y está siendo la de los mártires. Los cristianos de Mosul, los de Malula, los del Cairo o los de Alejandría, que mueren por su fe y que protagonizan desde hace meses y años un éxodo en el que participan cientos de miles de personas, han provocado un movimiento dentro del islam hasta ahora desconocido. Prueba de ello ha sido el congreso celebrado a principios de diciembre en El Cairo, convocado por Al Azhar, la universidad-mezquita que sirve de referencia a todo el islam suní de África. 600 líderes cristianos y musulmanes se ha pronunciado en contra de la violencia. Al Azhar ha tomado posición ya tres veces de forma contundente en los últimos años. La carta de 120 ulemas al Estado Islámico del mes de noviembre va en la misma dirección. Y tienen que venir más pronunciamientos, como ha pedido el Papa Francisco en su viaje a Turquía. Ante estos hechos el mundo de mayoría musulmana se ve obligado a decidir. Algunos, como Erdogan, se han quitado la careta.

El testimonio, en este caso extremo, ha sido más eficaz que la tortura. Eso no quiere decir que no haya que frenar el genocidio de los cristianos. Ahora que se le está ganando terreno al Estado Islámico hay que empezar a trabajar para que los desplazados vuelvan a Siria y a la llanura de Nínive de donde han sido brutalmente desarraigados.

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