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4 DICIEMBRE 2016
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Obispo en tierra de talibanes

José Luis Restán | 0 comentarios valoración: 3  32 votos
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A media mañana las agencias vomitaban las cifras de la tragedia que llegaban desde la ciudad pakistaní de Peshawar, en la frontera noroccidental con Afganistán. El horror no tiene límites, mientras aumentan las decenas de muertos, la inmensa mayoría niños que asistían a una escuela de titularidad militar, asaltada por un grupo de talibanes. El baño de sangre ha sido inenarrable, aunque a decir verdad las raíces de esta maldad inusitada son muy profundas.

Casi mecánicamente, como hago tantos días, echo un vistazo a la página web de la Santa Sede a mediodía para comprobar si se ha producido algo noticioso. En el capítulo de nombramientos aparece tan solo uno, y observo que se trata del nuevo obispo de Hyderabad. El nombre de Pakistán salta a la vista e inmediatamente pienso en lo que le espera al hombre que atiende por Samson Shukardin. No tardo en teclear su nombre en el buscador e inmediatamente aparece su rostro fuerte y rotundo, su tez morena y un bigote poblado.

La breve reseña vaticana indica que tiene 53 años y es franciscano, y enumera sus tareas pastorales en diversos puntos del país. Las últimas notas indican que actualmente era párroco de St. Elizabeth en Hyderabad y director diocesano de la Comisión de Justicia y Paz. Contemplo fotos del P. Samson rodeado de niños a los que enseña el catecismo, metido en agua hasta las rodillas durante las terribles inundaciones que castigaron hace años la región, o vestido con su hábito franciscano en una modesta iglesia de un poblado.

Hyderabad está en el sur del país, lejos de la inquietante frontera afgana. Aquí los talibanes quizás no son tan fuertes como en Peshawar, pero en 2006 el pueblo de Sukkur, en territorio de la diócesis, sufrió la ira de una turba de fanáticos que destruyó e incendió la iglesia de Santa María. Las religiosas que atienden la iglesia se salvaron por pocos minutos, ya que antes de llegar al convento los incendiarios la emprendieron con una maciza estatua de Cristo Rey, lo que dio tiempo a que llegara la policía, generalmente lenta en estos casos. La rabia homicida se había extendido como una mancha de aceite a consecuencia de las tristemente famosas caricaturas de Mahoma publicadas por un periódico danés. Pero cualquier excusa es buena, y como dice una de las religiosas que salieron indemnes, “dondequiera que alguien haga algo que los musulmanes consideren una ofensa, somos nosotros los que pagamos los platos rotos”.

Hace poco más de dos años, 8.000 musulmanes radicales salieron a las calles gritando consignas anti-cristianas, quemando cruces y tirando piedras contra la catedral de San Francisco Javier, incluso se produjeron disparos contra el templo. Se trataba de condenar una película que para los manifestantes era blasfema, y de la que los pobres cristianos de Hyderabad no conocían ni su existencia. Descubro que el P. Samson estaba allí y encuentro retazos de sus declaraciones a la prensa. Nada de lo que venga a partir de ahora podrá sorprender a este curtido franciscano.

Él sabe mejor que nadie que el problema no son sólo los talibanes y sus bombas, sino un odio radicado en lo más hondo de tanta gente, cultivado con esmero en muchas madrazas (las escuelas coránicas que en muchos casos han caído bajo control de los radicales). No hace falta ser muy agudo para entender la vulnerabilidad espantosa del futuro obispo Samson Shukardin y de los miembros de su pequeña comunidad. El ejército y la policía ofrecen una protección más que ambigua, y en todo caso bajo las balas del odio han caído ya gobernadores, ministros e incluso la presidenta Benazhir Butto.

Siento que se me encoge el corazón y rebusco en algunos documentos de Ayuda a la Iglesia Necesitada. Encuentro escenas de la vida cotidiana de los católicos en este y otros rincones del país, y descubro que más allá del miedo hay un pueblo que ríe, canta y reza, que ayuda al necesitado sin preguntar su etnia ni su confesión, que reconstruye desde las ruinas del último vendaval del odio, que mantiene abiertos para todos dispensarios y escuelas, que tiende la mano al vecino y ejerce ese misterio casi incomprensible que se llama perdón.

Muy pronto el obispo Samson Shukhardin aferrará en su mano el cayado del pastor y recorrerá minuciosamente cada aldea y cada poblado, donde su gente vive la fe sin grandes discursos ni complicadas cuestiones. Allí saben que ser cristiano es seguir la suerte de Jesús, y no es metáfora. Y cuando su país (porque es tan suyo como de cualquier otro) parece hundirse en una trágica espiral de sangre y odio, el testimonio de su fe, esperanza y caridad es quizás la última promesa de futuro a la que agarrarse.

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