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7 DICIEMBRE 2016
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La cuarta noche más importante de la historia

José Andrés-Gallego | 6 comentarios valoración: 4  198 votos
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A ver si acierto a decirles en dos palabras que acabamos de celebrar, del 24 al 25 de diciembre, la cuarta noche más importante de la historia. Los judíos de los tiempos de Jesucristo creían que eran cuatro y para mí que son cinco. Verán. La primera es la de la creación. Ustedes me dirán que si es que la creación se consumó de noche. Pues por lo visto sí. Los judíos empezaban el día poco después de nuestro medio día, cuando aparece la primera estrella, que anuncia el declive del sol. Luego, venía la noche y, tras ella, el amanecer, que era cuando ese día nacido en el cénit caminaba nuevamente hacia él y en él terminaba. La noche era, por tanto, el centro de cada jornada, las horas en que todo parece haber dejado de existir y todo, en realidad, se engendra.

Para aquellos judíos (con toda la razón) la segunda noche más importante de la historia había sido aquella en que Abraham obedeció a Elohim cuando se le pidió que le ofreciera en sacrificio a su propio hijo. Ustedes se preguntarán por qué tanta importancia. Pues está claro: al obedecer a Elohim, Abraham optó por el fruto del árbol de la vida, en vez de discernir por cuenta propia (que es el otro fruto que ofrece el árbol que hay en medio del huerto de Edén, también llamado "Paraíso"). O sea que Abraham se puso en la situación originariamente aconsejada por Dios a Adán y a Eva. Si hubiera discernido por sí mismo, habría mandado a paseo al mismísimo Dios, que le pedía el disparate de matar a su propio hijo. Con razón que lo hiciera Dios simiente del que decidió que fuera su pueblo.

Aquellos judíos de los tiempos de Jesucristo tenían claro que la tercera noche más importante de la historia había sido la de la huida a Egipto, y en eso sí atinaron. Así que estaban a la espera de la cuarta y última, que sería la de la pascua definitiva, cuando llegue el mundo a su fin. Entonces -explicaban- "los yugos de hierro serán quebrados y las generaciones malvadas serán aniquiladas y Moisés subirá del desierto y el rey ungido vendrá de lo alto." Llama la atención que el rey "ungido" (en arameo, "mesihá", "mesías" en griego) vaya a venir de lo alto en esa última noche. Quiere decir que estará ya en lo alto (en "los cielos de los cielos" de que se habla en la Biblia). ¿Habrá muerto y resucitará o, simplemente, volverá? Esa es la cuestión y lo que me hace pensar que hay una quinta noche entre la tercera y la cuarta, la de la primera venida del primogénito de Dios.

Verán por qué. Los judíos de aquellos tiempos -los del Cristo Jesús- dedujeron, de la segunda noche -la del sacrificio frustrado de Isaac-, que es que Dios quiso entonces que Abraham engendrara un pueblo que discer-niera cabalmente entre el bien y el mal. Y me parece a mí que se equivocaron en eso y que nosotros, los cris-tianos, hemos heredado el error. Quiso -quizá- precisamente lo contrario: engendrar un pueblo que no se ali-mentara del fruto que daba el discernimiento, sino del de la vida, el mismo por el que había optado Abraham. Y, claro, los que no lo entendieron de ese modo tampoco comprendieron lo que les había insinuado en la tercera noche, cuando el ángel mato a los primogénitos de Egipto. No dejó a Abraham que matara a su primogénito pero salvó a sus descendientes -los de Abraham- con la advertencia de que la cosa va de primogénitos. Y, a raíz de la cuarta noche -la que acabamos de celebrar-, fue su mismísimo primogénito -el de Dios Padre- quien empezó a explicar que era eso lo que su padre Dios quiere de Israel: encarnar a su propio hijo para que sea el fruto de la vida y alimente a su propio pueblo. Unos judíos se empeñaron en discernir por cuenta propia y decidieron que no, que no podía suceder semejante cosa. Otros judíos sí aceptaron.

El momento crítico fue -acaso- aquel en que Jesucristo les dijo que tenían que alimentarse de su carne. Claro, Dios es la vida en sí, como sabe cualquier biblista, y resulta que se había hecho carne. Una parte de los judíos insistió en discernir por cuenta propia y pensaron que les invitaba a ser antropófagos o cosa parecida y se largaron. Otros, en cambio, se negaron a discernir y aceptaron. Pedro dio un argumento que me parece conmovedor: no dijo "nos fiamos de ti", sino "¿a dónde vamos a ir?". No es que no supiera a dónde podía ir. Lo que ocurría -creo yo- es que se había dado cuenta de que aquello era anterior a discernir por cuenta propia. Jesús se presentaba como "el camino, la verdad y la vida" y eso se aceptaba sin más o se discernía y adiós. ¿Entenderán por qué me temo que somos muchos los que nos hemos equivocado, entre los que intentamos seguir a Pedro? ¿No les parece que actuamos como si fuésemos el pueblo que discierne correctamente entre el bien y el mal en vez de alimentarse de la vida y seguir el camino de quien es la verdad, sin más, a la espera de que se cumpla la quinta noche? Me dirán que es jugársela... Y la verdad -precisamente la verdad- es que es así de fuerte.

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6Comentarios
José Andrés-Gallego
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TAMBIÉN DISCIERNO CUANDO COMO DEL FRUTO DE LA VIDA
Escribe el autor del artículo para transcribir el comentario que ha recibido por correo electrónico de un amigo filósofo. Dice así:
"Pues yo me lo he leído y me tienes que explicar por qué discernir es lo contrario u opuesto de comer del fruto de la vida. De sobra sabes que te tienes que defender del reproche de fideísmo y seguro que lo has reflexionado: cuéntamelo. Porque yo no sé comer del fruto de la vida sin discernir al mismo tiempo, como cualquier sapiens, el animal que saborea al tiempo que sabe de lo que no se limita a masticar.
Feliz Navidad y un abrazo,
H."
José Andrés-Gallego
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Y RESPUESTA AL COMENTARIO DE HPM
De acuerdo: me he limitado a ser demasiado fiel al texto bíblico. Lo que se dice en él es que hay que comer del fruto de la vida (y, así, uno no morirá) porque, si come del fruto del discernimiento entre el bien y el mal, morirá. Me llama la atención la asimetría: no se opone la vida a la muerte, sino la vida al discernimiento (que conlleva la muerte). Y el caso es que, como Eva y Adán comieron de este último fruto, la muerte entró en la historia. Y morimos aunque nos empeñemos en comer del fruto de la vida. Ahora -después de Adán y de Eva- lo que se nos promete es que resucitaremos y, así, en efecto, nuestra vida es eterna. "Sólo se vive una vez", solemos decir con toda la razón del mundo. Sólo que esta única vez es eterna e incluye trasponer el umbral de la muerte, que es sólo eso, un (importantísimo) umbral. Sombrío desde luego como todos los umbrales. Umbría y sombra, oscuridad, como sabes, son lo mismo.

Hay muchos que han interpretado el relato bíblico de los dos frutos del Edén como la opcion entre seguir a Dios sin pensar por cuenta propia, como tontos, u optar por esto último y, de esa forma, llegar a ser hasta filósofos. No lo digo por ti, sino porque hay filósofo que ha dicho que Eva fue, por fortuna, la primera filósofa de la historia. Fue la primera en pensar por cuenta propia.

Me parece que lo que expresa el mito (que no quiere decir falsedad, sino relato simbólico de algo cierto) es algo más radical. Dios es anterior a la distinción entre el bien y el mal. Por tanto, es el bien, sin más, pero incluso con "anterioridad" al concepto mismo de bien. Sólo podemos hablar de bondad porque podemos hablar de maldad.

Pero, en términos constitutivos, es al revés. Sólo podemos conocer el mal porque conocemos el bien. Primero de todo, existimos y sabemos por qué y eso es bueno. Ya sabes que, en el relato de la creación (el primero de los dos que recoge la Biblia) es eso lo que se dice de Dios al final de cada día: creó algo añadido a lo del día anterior "y vio que era bueno".

Es como si dijera que la idea de bien nace con la creación de lo que es bueno pero puede ser malo si "otro-que-Dios" lo hace así. La creación supone que  Dios entrega la existencia a "otros-que-él mismo".

Ese proceso llega al culmen cuando crea al hombre (varón y mujer, aclara el texto) y lo crea a su imagen. Creo que es eso lo que expresa el mito de los dos frutos del árbol que hay en medio del huerto de Edén: la anterioridad de Dios y, por lo tanto, de su imagen, que somos las mujeres y los hombres. (Dicho sea de paso, en ningún lugar de la Biblia se dice que haya dos árboles, sino de dos tipos de fruto de un árbol que hay en medio.)

Cuando aceptamos la anterioridad de Dios, no discernimos propiamente entre el bien y el mal. Lo que hacemos es "fiarnos", un verbo que procede, como sabes, de la misma raíz que la palabra "fe". Si quieres, discernimos de modo que optamos por fiarnos.

No me pidas que me detenga en lo del fideísmo. Creo que lo que digo es pura y simple fe. Lo del fideísmo se ha convertido en una de esas losas que alguien nos echa encima y, con la mejor voluntad, es capaz de aplastar la libertad de discernir precisamente. En realidad, el "fideísmo" del que hablas es, creo, "posterior". En aquella otra "anterioridad" -la de la creación- mantenernos en el ser y mantenernos en la fe es lo mismo.

Ya sé que esto -que entiendes tú perfectamente- puede que no sirva de nada a quienes no sois filósofos. No es fácil entenderlo. Pero, en la Biblia, se narra un caso que entiende todo el mundo. Lo dejo para otro día o para un día en que me invites a una horchata en tu pueblo, a medianoche -o sea en el cénit del día judío-, en ese paseo que tenéis tan chulo.
AMP
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LÓPEZ DE GÓMARA, POR ALUSIONES
El autor del artículo -empeñado en abrir el diálogo que mantiene en mensajes privados- ha recibido otro que merece la transcripción aquí:
"Considero la noche de Navidad la más importante de la historia, tanto que sobrepujaba, como decía nuestro López de Gómara, al descubrimiento de las Indias. Pero la gran luz no fue vislumbrada por el pueblo que andaba en tinieblas. Y ahí sigue, con su cénit de medianoche.
Como de costumbre os encomendé en la Misa de Medianoche, la misma noche de entonces.
Un abrazo (entrañable, como dicen los anuncios de estos días),
A."

El autor devuelve el abrazo, pero duda de que nosotros no sigamos también en las tinieblas (y que, también para nosotros, el cénit del día no sea la noche).
JAG
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Gabriela, lo ha entendido estupendamente
Se trata de que el discernimiento -cada acto de discernir- consista en decir Fiat.
Gracias!!!
EMA
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EMA
Querido José:

           He disfrutado la lectura. Lo único que me deja un poco dubitativo es un tema de oportunidad: hoy que la irracionalidad acampa a sus anchas y que además reivindica para sí lo religioso, temo que tu invitación a vivir el cristianismo sin “discernir” entre el bien y el mal pueda ser malinterpretada. Me agrada el carácter dialógico de nuestra religión, entre Dios y el hombre, que evidencias. Tal vez podría servirte tal diálogo para encuadrar más claramente el rechazo al “discernimiento” y la opción por la vida mediante la fiducia debida de la criatura. O simplemente aclarar que el discernimiento incluye aquí la pretensión de dominio y no el solo uso racional para distinguir la verdad de la mentira. Sería de desear que el lector no incluya en una lectura nominalista de la voluntad de Dios. Pienso que en este texto de Juan Pablo II puedes tal vez hallar alguna pista en este sentido.

Juan Pablo II, Dominum et vivificantem, 36:

Según el testimonio del principio, que encontramos en la Escritura y en la Tradición, después de la primera (y a la vez más completa) descripción del Génesis, el pecado en su forma originaria es entendido como « desobediencia », lo que significa simple y directamente trasgresión de una prohibición puesta por Dios.136 Pero a la vista de todo el contexto es también evidente que las raíces de esta desobediencia deben buscarse profundamente en toda la situación real del hombre. Llamado a la existencia, el ser humano —hombre o mujer— es una criatura. La « imagen de Dios », que consiste en la racionalidad y en la libertad, demuestra la grandeza y la dignidad del sujeto humano, que es persona. Pero este sujeto personal es también una criatura: en su existencia y esencia depende del Creador. Según el Génesis, « el árbol de la ciencia del bien y del mal » debía expresar y constantemente recordar al hombre el « límite » insuperable para un ser creado. En este sentido debe entenderse la prohibición de Dios: el Creador prohíbe al hombre y a la mujer que coman los frutos del árbol de la ciencia del bien y del mal. Las palabras de la instigación, es decir de la tentación, como está formulada en el texto sagrado, inducen a transgredir esta prohibición, o sea a superar aquel « límite »: « el día en que comiereis de él se os abrirán los ojos y seréis como dioses, conocedores del bien y del mal ».137

La « desobediencia » significa precisamente pasar aquel límite que permanece insuperable a la voluntad y a la libertad del hombre como ser creado. Dios creador es, en efecto, la fuente única y definitiva del orden moral en el mundo creado por él. El hombre no puede decidir por sí mismo lo que es bueno y malo, no puede « conocer el bien y el mal como dioses ». Sí, en el mundo creado Dios es la fuente primera y suprema para decidir sobre el bien y el mal, mediante la íntima verdad del ser, que es reflejo del Verbo, el eterno Hijo, consubstancial al Padre. Al hombre, creado a imagen de Dios, el Espíritu Santo da como don la conciencia, para que la imagen pueda reflejar fielmente en ella su modelo, que es sabiduría y ley eterna, fuente del orden moral en el hombre y en el mundo. La « desobediencia », como dimensión originaria del pecado, significa rechazo de esta fuente por la pretensión del hombre de llegar a ser fuente autónoma y exclusiva en decidir sobre el bien y el mal. El Espíritu que « sondea las profundidades de Dios » y que, a la vez, es para el hombre la luz de la conciencia y la fuente del orden moral, conoce en toda su plenitud esta dimensión del pecado, que se inserta en el misterio del principio humano. Y no cesa de « convencer de ello al mundo » en relación con la cruz de Cristo en el Gólgota.
           Un abrazo,
EMA
JAG
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JAG
Querido EMA:

                     De acuerdo en que las cosas son así. Lo que no sé es si esa interpretación de Juan Pablo II agota lo que quiere decir la narración del Génesis: que haya un fruto que da la vida y otro que da el discernimiento. Por lo menos, hay que explicarlo un poco más. En sustancia, lo que vino a decir Juan Pablo II es que alimentarnos del fruto de la vida, y no del fruto del discernimiento, consiste en que actuemos conforme a nuestra propia conciencia. Parte, claro es, de que el Espíritu Santo la mantiene -mantiene nuestra conciencia- como adecuada a nuestra condición de imagen de Dios. Lo dice expresamente en las frases que transcribes. Pero, según eso, optar por decidir por cuenta propia -o sea alimentarse del fruto del discernimiento entre el bien y el mal- ¿consiste en actuar contra nuestra propia conciencia (honradamente seguida, claro es; sin engarñarnos a nosotros mismos? Se desprende que sí, a tenor de la frase de Juan Pablo II que sigue a la anterior en el texto que tú me envías.
Puede ser esa la explicación del mito de los dos frutos, sin duda. Incluso tranquiliza -es un decir- en cuanto a lo que es el pecado. El pecado sería en tal caso obrar contra nuestra propia conciencia. Es decir: preferir lo que sabemos o creemos que no es el bien.
Pero, si el sacrificio de Abraham tiene que ver con el  mito o la realidad del doble fruto que hay en el huerto de Edén (que los griegos llamaron "paraíso" y, en hebreo, es un huerto, sin más, eso sí, nutridísimo), la cosa cambia. Para que Abram aceptase sacrificar a su hijo a Dios -matándolo- y Dios le premie por obedecerle así, haría falta que la conciencia de Abram le dictara con toda claridad que, en efecto, lo mejor que podía hacer era lo que Dios le había pedido (o él había creído entender), matar a su hijo.
No me parece verosímil. Si fuera así, ya se ve que tenía una conciencia bastante mal formada o poquísimas luces. Si uno cree que Dios le pide que mate a su hijo ofreciéndoselo en sacrificio, lo primero que piensa es ir al psiquiatra porque tiene alucinaciones. Que Dios -de puro bueno- le premie por obedecerle, se entiende. Pero ya le habrá hecho ver que intentó hacer un disparate y que, en realidad, no le había pedido semejante cosa.
Higinio Marín publicó hace pocos años un libro donde hablaba sobre eso y decía que, para que sea cierta la historia de Abraham (o la mera posibilidad de entenderla, sea o no cierta), hay que pensar en una época en la que no se valoraba a los hijos como los valoramos hoy, por lo menos nosotros. Creo que fue en su "Teoría de la cordura" (Pre-Textos 2012).
Es una posibilidad, sin duda. Pero muy poco verosímil también, me parece. Aquellas gentes valoraban a su primogénito mucho más que la mayoría de nosotros ahora.
¿Entonces? Vaya por delante que cuento con la posibilidad de que el relato del sacrificio de Isaac no sea histórico; que sea un relato mítico, o sea una verdad contada simbólicamente, para evitarnos razonamientos tan complejos como el de Juan Pablo II (que, no nos engañemos, mucha gente no entendería, y eso por la sencilla razón de que no está acostumbrada a reflexionar sobre esos asuntos y a hacer las distinciones que hizo el papa polaco y que tiene que hacer todo filósofo).
Pero es (casi) igual: tanto si se admite la posibilidad de que sea un hecho histórico como si es un relato mítico, no se entiende el mensaje a la luz del texto de Juan Pablo II.

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