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4 DICIEMBRE 2016
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>Entrevista al cardenal Scola

Todo credo tiene derecho a ser respetado

Luca Collodi | 0 comentarios valoración: 3  41 votos
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Tras los atentados de París, coincidiendo con la Semana por la Unidad de los Cristianos, el arzobispo de Milán, cardenal Angelo Scola, pidió a los sacerdotes y a las comunidades cristianas de su diócesis que rezaran de un modo particular por la paz durante las celebraciones de la misa. Se ha rezado por Nigeria, por los cien niños asesinados en Pakistán, por los dramáticos acontecimientos de Ucrania, la violencia en Tierra Santa, la expansión del terrorismo de matriz fundamentalista en Siria e Iraq, y por tantos conflictos que siguen vivos en África.

En la diócesis de Milán, esta semana de oración por la unidad de los cristianos terminó el pasado fin de semana con el nombramiento de doctor honoris causa en la Facultad Teológica de la Italia septentrional al teólogo ortodoxo Ioannis Zizioulas, Metropolita de Pergamo, el Patriarcado ecuménico de Constantinopla. El cardenal Scola inicia así una nueva etapa con una serie de viajes, encuentros con el mundo ortodoxo e intercambios entre escuelas de reflexión teológica.

“Hemos decidido responder a la tragedia de París, que no está desvinculada de otras tragedias que en ciertos aspectos son aún más terribles y siguen presentes en el mundo, con la modalidad de la oración, que nos parece la más importante, la más valiosa, la más inmediata. Como decía san Bernardo, ante el misterio de la iniquidad, es necesario tener el coraje de ponerlo dentro de las heridas Cristo. Eso es lo que hemos querido hacer nosotros, por eso hemos preparado un texto en el que enumeramos con la mayor atención posible todos los lugares que están atravesando trágicas pruebas, sobre todo la de la persecución de los cristianos, por los hombres de fe y de buena voluntad”.

¿Qué pueden hacer los ciudadanos europeos para luchar contra la violencia en el mundo?

Sobre todo, empezaría precisamente por lo que hemos hecho con este gesto de oración. Es ilusorio pensar que pueda cambiar algo si no es a partir de cada uno de nosotros y es ilusorio pensar que pueda cambiar algo si no es a partir de ahora, si se pospone a mañana, a más adelante.

Entretanto, Occidente publica viñetas mientras en África los grupos islamistas queman iglesias, ¿existe un límite para la libertad de expresión?

Sin querer de ninguna manera reducir la atrocidad inaceptable de lo que ha sucedido en París, creo en cambio que, por una parte, hay que ligar en términos constructivos la libertad de expresión a la libertad de conciencia, y por otra también a la necesidad de la vida buena que hoy no podemos entender en términos globalizados. Por tanto, la invitación, en mi opinión muy precisa, a la prudencia que ha hecho el Santo Padre, es muy importante, donde la prudencia no se entiende como un “estar detrás” sino, como decía santo Tomás, como el hilo conductor de todas las demás virtudes. Es necesario siempre tener la inteligencia de medir el riesgo de violar el derecho de los demás y creo que el derecho al respeto del propio credo no se puede minusvalorar.

Además de la sátira contra Mahoma, también encontramos sátiras muy duras contra los cristianos. En el semanario Charlie Hebdo hemos visto viñetas con escenas sexuales sobre la Trinidad. Pero los cristianos permanecen callados, ¿por qué?

Este es un problema de fundamental importancia, que la cuestión de la sátira por en evidencia como la punta de un iceberg, pero es un problema que tiene que ver con todo el cristianismo en Europa. No en vano, ya desde hace tiempo muchos estamos diciendo que, como ciudadanos europeos, estamos cansados, fatigados. Pero también lo estamos como cristianos. El problema es volver a partir del testimonio, entendido en sentido integral: no solo como buen ejemplo, sino como forma de conciencia de la realidad, y por tanto como forma de comunicación de la verdad. Hace falta que el cristiano, las familias cristianas, las asociaciones, los movimientos laicales, las parroquias, nuestras iglesias europeas, las diócesis, se movilicen para contar, narrar con espontaneidad la belleza, la verdad y la bondad del seguimiento de Cristo. Luego, evidentemente, en una sociedad plural también tenemos el deber de decir cómo se deberían concebir ciertas grandes instituciones para una vida nueva. Por ejemplo, tenemos una cierta idea de la familia y es justo, en una sociedad en la que hay perspectivas diferentes, exponerla también públicamente, con los medios apropiados, tendiendo al máximo reconocimiento posible, de modo que se ayude al legislador a respetar realmente las intenciones profundas del pueblo.

Cardenal, desde el punto de vista más humano, ¿cómo se puede perdonar un credo cuando me ofende como cristiano?

Debemos entender a qué nos referimos con la palabra “perdón”: el perdón es un trabajo que deja actuar a la misericordia de Dios en nuestro corazón, en nuestra mente y en nuestra acción. Concretamente, creo que ante el gran cambio que está teniendo lugar en el islam –como todos los días puedo aprender en el Centro de Estudios Oasis que con amigos de todo el mundo pusimos en marcha hace 11 años–, es necesario que estos grandes cambios se conozcan. Me ha llamado mucho la atención el hecho de que hasta hace poco no había en Occidente un deseo de conocer el islam. Tal vez faltaba la premisa necesaria para una comprensión de estos fenómenos y en consecuencia para una acción.

Pero en el ámbito social, el laicado católico europeo parece tener dificultades, incluso parece haber desaparecido del debate cultural y político de la doctrina social.

Efectivamente, con la crisis, me refiero a Italia, del llamado “catolicismo político” –crisis que obviamente no podemos analizar aquí–, realmente se ha abierto una laguna gravísima y esto tiene que poner en marcha un proceso de educación integral, de todos los fieles, de forma particular de los fieles laicos, para que todos asuman sus responsabilidades dentro de esa cotidianeidad que en un tiempo se llamaba “el siglo” y que ahora se puede llamar “la historia”. Los cristianos intentan compartir la experiencia que el encuentro con Jesús y la vida con Él en la comunidad cristiana hace posible, un modo “conveniente” de amar y generar, de trabajar y descansas, de educar, de compartir alegrías y dolores, de asumir la historia, de acompañar y hacerse cargo de la fragilidad, de promover la libertad y la justicia.

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