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6 DICIEMBRE 2016
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>Entrevista a Rossana Rossanda

"La belleza del mundo me salvó del fracaso político"

Antonio Gnoli | 0 comentarios valoración: 3  36 votos
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Inmersos como estamos entre lugares comunes sobre la vejez, ya no somos capaces de distinguir una silla de ruedas de una cinta de correr. El estereotipo de la anciana sonriente que corre y hace gimnasia ha acabado dominando sobre una imagen mucho más triste de una decadencia que provoca dolor y tristeza. Miro a Rossana Rossanda, y su verruga inconfundible. La miro mientras sus delgadas muñecas se apoyan en su silla de ruedas. La miro inmersa en esa gran habitación de la planta baja de un precioso palacio a orillas de Sena. La miro en ese concentrado de pasado importante y presente incierto que representa su vida. En alguna parte Philip Roth escribió que la vejez no es una batalla sino una masacre.

La miro con la ternura con que se aman las cosas frágiles que se pierden. La miro pensando que es una figura importante de nuestra historia común. Ligada al partido comunista, en 1969 contribuyó junto con otros intelectuales del momento a la fundación de “Il manifesto”. Ella me mira con un poco de resignación y otro poco de curiosidad. Hace unos meses perdió a su compañero K. S. Karol. “Para una mujer como yo, que ha tenido la suerte de vivir años muy interesantes, el amor es una experiencia particular. No tenía modelos. No me entregué a las aspiraciones de mis tías ni de mi madre. No quería ser como ellas. Karol y yo estuvimos juntos mucho tiempo. Yo en Roma y él en París. Cuando perdió la vida me mudé definitivamente a París. Nos convertimos en dos viejos esposos con su alfabeto privado”.

¿Cuándo se conocieron exactamente?

En 1964. Vino a una reunión del partido comunista italiano como periodista del Nouvel Observateur. Ese año murió Togliatti. Dejó un memorándum que Luigi Longo me entregó y que yo di al periódico Le Monde, suscitando la cólera del partido comunista francés.

¿Por qué?

Era un partido cerrado, ortodoxo, leal a los rituales soviéticos. Louis Aragon se enfadó conmigo porque tenía que haberle dado a él aquel escrito. Él se encargó de generar una buena discusión en el seno del partido. Para luego no llegar a nada. Era típico.

¿El qué?

Ver a estos personajes que tenían autoridad, sí, pero que al final solo eran capaces de pensar en sus propios intereses.

¿Pero no era comunista?

Ante todo era insoportable. ¡Investido de esa fatua seguridad que da ser "Louis Aragon"! Conservo un recuerdo bastante molesto. Tenía una casa estupenda en rue Varenne. Con retratos de Matisse y Picasso que le representaban como un príncipe renacentista. ¿Qué decir? Me causaba consternación. Y fastidio.

¿Cómo se hizo usted comunista?

Decidiendo serlo. La Resistencia tuvo su peso. Igual que lo tuvo un profesor mío de estética y filosofía, Antonio Banfi. Me acerqué a él, alegre e inconscientemente. “Me han dicho que usted es comunista”, le dije. Me observó con curiosidad. Y con preocupación. Era el año 1943. Luego me recomendó una lista de libros para leer. Entre ellos, “El estado y la revolución” de Lenin. Me hice comunista sin que los míos lo supieran, sobre todo mi padre. Cuando lo descubrió me trató con dureza. Le dije que lo haría cien veces. Adopté un todo malvado, provocador. Me miró con estupor. Fríamente, me respondió: mientras no seas independiente, olvida el comunismo.

¿Y usted?

Me gradué rápidamente. Luego empecé a trabajar en la editorial Hoepli como redactora y por las noches iba al partido.

Entre los años 40 y 50 el reclamo al estalinismo era muy fuerte, ¿cómo lo vivió usted?

Hoy hablamos de estalinismo. Entonces no se hacía esta referencia. El partido tenía una estructura vertical. No es que cada uno hiciera lo que quisiera, pero yo era bastante libre. Me casé con Rodolfo, el hijo de Banfi. Hice carrera en el partido, hasta que en 1956 entré en la secretaría. Me encomendaron la tarea de poner en pie la casa de la cultura.

Usted fue una de los artífices de aquella hegemonía cultural que hoy se reprocha a los comunistas.

¿Qué hegemonía? En las universidades no nos dejaban entrar.

Pero tenían las editoriales, el cine, el teatro.

Sobre todo teníamos relaciones personales.

Pero también una línea a seguir.

Togliatti era mentalmente mucho más libre de lo que después se ha dicho. A mí el realismo soviético me horrorizaba. ¿Qué le voy a decir? No creo que haya sido nunca estalinista. Nunca he pisoteado al prójimo. A veces hubo relaciones complicadas. Pero eso forma parte de la vida.

¿Con quién se complicó la vida?

Con Anna Maria Ortese, por ejemplo. Le ayudé a hacer un viaje por la Unión Soviética. Al volver describió un país pobre y en decadencia. No me gustó. Me pareció que no había entendido que el precio de una revolución a veces es alto. Y se lo dije. Noté su decepción. Como una especie de infelicidad que mis palabras provocaran en ella. Luego, de pronto, nos abrazamos y rompimos a llorar.

¿Cree que estaba en lo cierto?

Yo creía que la URSS era un país justo. Solo en 1956 descubrí que no era lo que yo imaginaba.

Ese año algunos devolvieron el carnet.

Y otros se quedaron. Aunque fuera en una posición crítica. Mi libertad nunca se vio seriamente amenazada ni oprimida. Lo cual no significa que no hubiera enfrentamientos o críticas duras. En 1965 escribí un artículo para Rinascita sobre Togliatti. Lo comparaba con el protagonistas de “Las manos sucias” de Sartre. Cuando se publicó, Giorgio Amendola me destrozó. ¿Cómo te has permitido escribir una cosa así? Entre los jóvenes, era sin duda el más intolerante.

Citaba a Sartre. Era muy cercano a los comunistas italianos.

Durante un periodo sí lo fue. En realidad era un movimentista. Con Simone de Beauvoir venían todos los años a Italia. En Roma se alojaban en el Hotel Nacional. Yo le veía regularmente. Una noche cenó con nosotros, con Togliatti.

¿Dónde?

En una trattoría romana. Era 1963. Togliatti sentía curiosidad por la fama de Sartre y este último miraba al líder de los comunistas italianos como un recurso político ciertamente más interesante que los comunistas franceses. Pero no se causaron gran impresión mutua. La única que hablaba de todo, aunque sin mucha emoción, era Simone. En cuanto a Sartre, era muy accesible. Solo me sorprendió cuando le nombré a Michel Foucault. Reaccionó con dureza.

Foucault atacó mucho al existencialismo. Podía esperarse la reacción de Sartre.

Tenían dos visiones opuestas. Sartre sentía que tanto Foucault como el estructuralismo estaban arrasando, cómo decir, la hierba bajo sus pies.

¿Conoció a Foucault personalmente?

Claro: un hombre de una dulzura extraña. Estudiaba a menudo en la Biblioteca Mazarine. Y algunas tardes venía a tomar el té a la casa donde vivía con Karol en Quai Voltaire. Era una inteligencia de primer orden y un escritor maravilloso. Al saber que tenía SIDA, me conmovió la defensa que hizo de su joven compañero.

Otro destino trágico fue el de Louis Althusser.

Yo estaba en París cuando mató a su mujer. La conocía mucho, nos veíamos a menudo. Una amiga común me llamó y me dijo que Helene había muerto de un infarto y que él estaba hospitalizado. Naturalmente, las cosas habían sido de un modo muy distinto.

Las crónicas dicen que la estranguló. Nunca se supo la verdadera razón de aquello.

Helene vino a verme unos días antes. Estaba desesperada. Decía que se había enterado de hasta qué punto había llegado la enfermedad de Louis.

¿Qué enfermedad?

Althusser padecía una depresión horrible y violenta. Creo que para él se hizo algo insostenible. No creo que quisiera matar a Helene. Pienso más bien que fue un accidente. Debido a la confusión mental que le generaron los fármacos.

Fue uno de los grandes innovadores del marxismo.

Algunos de sus libros fueron fundamentales. No las últimas cosas que salieron después de su muerte. No se puede publicar todo.

A propósito de depresiones, me gustaría preguntarle por Lucio Magri, que decidió morir hace unos años, en 2011. Usted tuvo un cierto papel en esta historia, ¿cómo la recuerda hoy?

Lucio no tenía depresión. Era terriblemente infeliz. Tenía ante sí un fracaso político y pensaba que se había equivocado en todo. Mejor dicho: que tenía razón, pero que lo había perdido todo. Después de litigar muchas veces con él, le acompañé a morir a Suiza. No me arrepiento de aquello. De hecho creo que fue una de las decisiones más difíciles, pero profundamente humana.

Entre las figuras más importantes de su vida también está Luigi Pintor.

Y con él, también Aldo Natoli y Lucio Magri. Tres hombres fundamentales para mí. No se soportaban entre ellos. Tejí un fino hilo que intentaba mantenerlos unidos.

Hablaba de fracaso político, ¿cómo vivió el suyo?

Con la misma dramaticidad que Lucio. Lo que me salvó fue la gran curiosidad que tenía por el mundo y por la cultura. Cuando Karol quedó paralizado por la enfermedad, yo tenía que tomar un tren por la mañana y me paraba para visitar ciertos lugares maravillosos de la provincia y del campo. Volvía por la noche. Disfrutaba de la belleza de lugares que, a diferencia de Italia, no han caído en la ruina.

Si no hubiera sido funcionaria comunista y periodista, ¿qué le habría gustado hacer?

Siento cierta envidia por mis amigas que –como Margarethe von Trotta– se dedicaron al cine. En el fondo, las buenas películas permanecen, como los buenos libros. Mi trabajo, aunque haya sido bueno, ha desaparecido. En todo caso, si se hace una cosa no se hace otra.

Su ser comunista, ¿habría podido convivir con alguna forma de fe?

No volví a pensar en Dios desde los 15 años. Pero las religiones son algo grande. El cristianismo es algo grande. San Pablo o san Agustín son grandes pensadores. Yo amaba a Dietrich Bonhoeffer. Su magisterio fue extraordinario. Y su sacrificio.

¿Se acepta más fácilmente la disciplina de un maestro o la de un padre?

Los maestros los eliges, o te eligen. Los padres no.

¿Cómo fue la relación con su padre?

Era un hombre chapado a la antigua. Hablaba griego y latín. Se graduó en Viena. Había mucha aprensión económica en la familia. La crisis de 1929 también nos llegó a nosotros, que formábamos parte del imperio austro-húngaro. Nuestra relación era buena pero la arruinaron las palabras inútiles. Con mi madre, veinte años más joven, tenía más sintonía. Casi parecíamos hermanas. Se iba en bicicleta por las calles de Pola.

¿Dónde nació usted?

Somos gente de frontera. Gente un poco extraña.

¿Se reconoce un lado romántico?

Si existe, suele dar miedo sacarlo a relucir. No hay mujer que no sienta con fuerza la pasión. De los 17 años en adelante siempre he percibido la necesidad de enamorarse. Luego tuve la fortuna de tener dos maridos que nunca se plantearon siquiera decirme lo que tenía que hacer. Compartí con ellos muchas cosas. Luego la vida a veces se pone en contra.

¿Cómo vive el presente, este presente?

¿Cómo quiere que lo viva? La mitad de mi cuerpo no responde. He descubierto las miserias. Intento no ser insoportable con quien está a mi lado y creo que en todo caso hasta los 88 años he estado bien. Desde este punto de vista, el balance es positivo. Me disgustaría morir por los libros que no me dé tiempo a leer o los lugares que no llegue a visitar. Pero le confieso que no tengo ningún apego a la vida.

¿Alguna vez ha pensado en volver a Italia?

No. No me molesta no ser nadie en Francia. En Italia eso me disgustaría.

¿Es entonces por orgullo?

En parte. Pero luego, ¿de qué país somos? ¡Bah!

¿Y sus raíces?

¿Qué son las raíces? No pienso en eso. La verdadera identidad la elige uno, el resto es casual. No voy a Pola desde hace una cantidad de años que ni siquiera consigo contarlos. Recuerdo el mar. Esos islotes, los narcisos, los conejos silvestres. Me falta ese mar: nadar y perderme en el sol del Mediterráneo. Pero no es nostalgia. Ninguna nostalgia es tan fuerte como para no poder ser sustituida por la memoria. De vez en cuando me sorprendo mirando fotos de ese mundo. De mi padre y de mi madre. Y creo ser, a pesar de todo, parte de ellos, igual que ellos son parte de mí.

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