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10 DICIEMBRE 2016
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Tras el asesinato de Nemtsov, vuelve a despertar el terror

Petr Nagibin | 0 comentarios valoración: 2  22 votos
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En pleno centro de Moscú, literalmente a cien metros de las puertas del Kremlin, el pasado fin de semana mataron a tiros a Boris Nemtsov, uno de los pocos hombres de la oposición a Putin que podía liderar una experiencia política (fue viceprimer ministro de la Federación Rusa en tiempos de Yeltsin) y que aún no había sido expulsado de la escena.

Boris Nemtsov ha sido asesinado y no se puede decir que no se barajara la posibilidad de que algo así pudiera suceder: debíamos esperarlo. El pasado 10 de febrero, en una entrevista a un diario digital, Sobesednik, Nemtsov dijo claramente que temía por su propia vida y pronunció explícitamente el nombre de quien le amenazaba: el presidente Putin.

Un golpe de la lucha política, dirán algunos. Indudablemente, aunque quizá algo exagerado, añadirán otros. Hace dos semanas, podrían parecernos inocuos estos comentarios, ahora ya no. Por eso vale la pena hacer una primera observación, no para Rusia (donde lo que voy a decir lo saben hace tiempo) sino para Occidente, para sus políticos, para sus periodistas y para su opinión pública. Quizá sea el momento de dejar de una vez por todas de utilizar la imagen del juego cuando se habla de la política rusa, tanto de política interna como de lo que está sucediendo en la frontera ucraniana. En Rusia no se está jugando, ni a un complejo juego geopolítico, ni al póker, ni al ajedrez: hay gente que muere asesinada, y no muere porque al estar jugando a policías y ladrones alguien haya sustituido las pistolas de juguete por las de verdad, sino porque está sucediendo algo trágicamente real, trágica y despiadadamente violento. De modo que aunque no se hubiera producido este homicidio, podríamos esperar igualmente algo parecido.

Desde hace meses, desde hace ya más de un año, el país vive alimentado, inflado hasta reventar, por una propaganda violenta, hecha de sospecha, enemistad y odio: el que no piensa como el gobierno es un representante de la “quinta columna” y debe ser liquidado como un “traidor nacional”. La lengua rusa se ha convertido en la lengua del insulto y de la ofensa, tanto más si se formula en términos guerreros: el odio se respira más que el aire. Alimentados por estos eslóganes, los defensores de esta política salieron a la calle el pasado domingo en una manifestación contra el Maidán, un desfile de varios miles de personas entre otras cosas enarbolaba una enorme pancarta que decía “Nosotros no somos MaiDOWN”. ¿Qué se puede esperar ante algo así?

Unos días antes, después de la firma del enésimo acuerdo de alto el fuego, los “voluntarios” rusos que combaten en Ucrania dijeron explícitamente que para ellos era una cuestión de honor no respetar esos acuerdos, y pocas horas más tarde el presidente Putin, comentando la retirada del ejército ucraniano de Devalcevo con una declaración totalmente privada del sentido de la dignidad y del honor, dijo que entendía lo doloroso que podía ser para el ejército ucraniano verse derrotado por “tractoristas y mineros”. Sin duda, para cierta gente el honor es un peso superfluo.

Y si esta es la atmósfera de los últimos meses, no hay que olvidar que desde hace ya años el país vive sofocado por un sentido del orgullo nacional reducido tan solo a la búsqueda del enemigo y a la invención de una grandeza puramente militar que ya ha llegado a pedir públicamente la recuperación de Stalin. Hace unas semanas uno de los políticos más famosos del país llegó a pedir en la Duma que lo antisoviético fuera considerado un delito similar a la rusofobia.

El totalitarismo de hace un tiempo ya no existe, pero ha vuelto su corazón. No en vano este fin de semana, justo después del homicidio, el comentario más frecuente entre mis amigos rusos era: vuelve a despertarse el gran terror. Algunas páginas web han retomado la biografía de Serguei Kirov, el líder del partido comunista de Leningrado cuyo homicidio en 1934 fue el primer paso que desencadenó la matanza staliniana de la segunda mitad de los años treinta. Aún no se sabe quién fue verdaderamente el que ordenó aquel homicidio, y quizá ni siquiera fuera Stalin. Del mismo modo, todavía hay que aclarar quién ordenó el homicidio de este fin de semana, pero es seguro, como lo fue entonces, que estamos ante un momento decisivo.

¿Qué esperar ante una manifestación de nihilismo tan desesperado? ¿Qué podemos esperar de una situación en la que se ha perdido toda huella de humanidad, de honor, de sentido de la realidad, de amor por la libertad? ¿Cómo vencer a tanto mal?

Mientras me hago estas preguntas, como muchos hacen en Rusia –y muchos están tentados de dar por imposible la posibilidad de entender el sentido y el valor de la paz– de repente recuerdo algo que estos días, antes del homicidio, aparecía frecuentemente en mis conversaciones y discusiones con amigos, sobre la guerra en Ucrania. Era una antigua intervención del padre Georgij Cistjakov (uno de los grandes testigos de la fe, que murió prematuramente por un cáncer hace unos años), que por algún extraño designio de la Providencia empezó a circular por la red y a suscitar numerosas reflexiones, casi como preparándonos para lo que estaba sucediendo.

De hecho, yo no entendía por qué se desempolvaban unas palabras tan viejas. Ahora lo entiendo. Aquella intervención es la respuesta a nuestras preguntas. Por importante que sea combatir contra el mal, decía el padre Georgij, el cristianismo no vive de esta lucha. El puesto central en la experiencia cristiana no está ocupado por Satanás, sino por Dios. El cristianismo viene “definido por el cristocentrismo y no por el enemigocentrismo”, “no es una continua contraposición al diablo, sino el encuentro con Dios”.

Esta es la respuesta a nuestra falta de esperanza, y al mismo tiempo también es la respuesta a quien ha creado esta atmósfera de odio y a los que la han transformado en pura violencia. La lucha contra el mal y contra el enemigo, continuaba el padre Georgij, le quita fuerza a nuestro camino hacia el bien, incluso los sacramentos se convierten en una especie de acción mágica llamada a defendernos automáticamente de la influencia de fuerzas impuras y dejan de ser la iniciativa gratuita del Espíritu, a la que podemos responder con nuestro movimiento hacia Dios. Si nos dejamos tocar por este movimiento, el problema ya no es una lucha desesperada y violenta contra un enemigo más fuerte que nosotros, sino la manifestación de una libertad y una verdad que, como hijos de Dios, ya nos han sido dadas y que, obviamente, se testimonian en paz.

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