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4 DICIEMBRE 2016
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Rusia, entre las barricadas y la huida

Marta Dell`Asta | 0 comentarios valoración: 2  19 votos
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La impresión causada por el asesinato de Boris Nemtsov en Rusia ha sido muy fuerte, y es normal. Sean quienes sean los que estén detrás de esto, está claro que el país ha dado un giro. Ahora todo es distinto, la violencia política ha derribado el último tabú.

Qué hacer ahora es la pregunta que muchos se plantean: si aún es posible mantener a Rusia en el plano inclinado en que se ha situado, o si sencillamente ha llegado el momento de “sálvese quien pueda”. Según los últimos sondeos, la situación solo preocupa a una minoría de la población, cerca del 15-20% de los ciudadanos. Pero es posible que sean más y simplemente no se atrevan a decirlo. La memoria del miedo está muy viva, incluso entre los jóvenes que no la experimentaron. Sea como sea, esta minoría ha realizado un gesto significativo al salir a la calle el 1 de marzo en una marcha fúnebre imponente, se habla de al menos 50.000 participantes y algunos llegan incluso a hablar de 100.000, y el 3 de marzo para el funeral, cuando se vio una cola interminable. Un gesto masivo que en medio de la confusión generalizada ha permitido al menos entender que existe un pensamiento distinto, un juicio independiente. Pero la cuestión es: ¿basta con esto? Algunos empiezan a preguntárselo seriamente. Hay quien dice: siempre he sido un pacifista convencido, pero hay un límite que no se puede sobrepasar.

Esta pregunta la planteaba de un modo brutal un periodista ucraniano: “Eran muchísimos en Moscú. Daba impresión verlos, desfilaban despacio y unidos, rostros serios, carteles con palabras muy fuertes… Luego volvieron a casa, se dispersaron, humillados y derrotados. ¿Para qué habían salido? ¡Qué pena!”. Parece incluso demasiado fácil, después de la experiencia ucraniana, sentirse con el derecho de desafiar a los rusos para que tomen el camino de la confrontación directa, que los disidentes soviéticos siempre rechazaron por miedo, fundado, a poder convertirse exactamente en lo mismo que combatían.

Lo que sucedió en Kiev con el Maidán fue un testimonio de una fuerza única en su género, no se puede hacer un esquema de aquello para repetirlo mecánicamente, ni siquiera en Ucrania, mucho menos en Rusia. O es una fuerza interior, una conciencia libre que se manifiesta, o se cae en la lógica de la violencia, pero nadie puede saber con certeza cuándo esta conciencia ha alcanzado su maduración y cómo puede manifestarse. Es la historia, o la providencia, la que ofrece el conjunto adecuado de circunstancias para que un acontecimiento pueda tener lugar y para que la libertad del hombre pueda acogerlo. El veterano disidente soviético Vladimir Bukovskij recordaba lo fuerte que fue en los primeros años 60 la tentación de responder a cada golpe, de decir basta. En cambio, decidieron otra cosa, y fiándose de esa intuición mostraron al mundo que la verdadera fuerza consistía en su debilidad, en dejarse detener y apresar testimoniando que la verdad merecía un sacrificio así.

No se puede planificar otro Maidán, ni sería deseable hacerlo. El camino que se abre ante los rusos hoy sigue siendo el de una subida paciente. Por lo demás, los 50-100.000 de hoy valen mucho más que los 50-100.000 de 2012, porque muchas cosas se han aclarado y la gente hoy tiene más razones para tener miedo. Parece tan frágil esta oposición que sale a la calle y luego vuelve a su casa, limitándose a mostrar que existe, pero la ausencia macroscópica de una sociedad civil, como se ha dejado notar dolorosamente en Rusia en los últimos meses, la extrema facilidad con que la masa de intelectuales, estudiosos, artistas, hombres del mundo del espectáculo, ha cedido al conformismo y al revanchismo nacionalista hablan por sí solas. Dicen que hay un inmenso trabajo educativo por hacer.

Hoy los que salen a la calle para rendir homenaje a un político asesinado afirman implícitamente que la muerte de un hombre (aunque fuera Putin) nunca puede servirle a nadie. No basta para salvar a una nación en peligro. Hay otro modelo de comportamiento que ofrece perspectivas, incluso hoy que el Estado quiere dictar leyes morales: un trabajo cultural honesto que prepare lentamente el terreno del futuro, o que al menos permita preservar un pensamiento consciente en un presente que ha perdido la medida y el sentido. El poeta Josif Brodskij, premio Nobel, decía que él nunca bajó a combatir contra el régimen soviético, se limitó a escribir poesía. Otros muchos hicieron lo mismo, intentando “ampliar la esfera de lo permitido” dentro del totalitarismo, y fue una de las decisiones más fructíferas. Hoy se vuelve a empezar por ahí o, mejor dicho, se continúa.

“Sin despreciar a los que salen a las barricadas –escribe Svetlana Panic en Facebook–, hoy nuestro compromiso es ampliar el espacio de la vida. Luego será la providencia quien disponga los frutos. Si los hay…”.

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