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11 DICIEMBRE 2016
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Dispuestos para una nueva travesía

José Luis Restán | 0 comentarios valoración: 3  38 votos
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El convulso año electoral que nos espera puede dejar maltrechos buena parte de los consensos forjados durante la Transición, y entre ellos los que se refieren a la libertad religiosa, a la comprensión de la aportación de las religiones, y más concretamente de la Iglesia Católica, al bien común de nuestra sociedad. El abrazo y el perdón mutuo de la Transición tuvo en esta cuestión uno de sus pernos. La denominada “cuestión religiosa”, que había atormentado nuestra historia desde principios del siglo XIX, encontró por fin una fórmula jurídica adecuada en la Constitución del 78, pero esto fue posible porque se daba ya, previamente, un reconocimiento de facto y una colaboración real entre católicos y agnósticos. Recuerdo el relato chispeante de Fernando Sebastián en la inauguración del EncuentroMadrid de 2011, cuando narraba aquellas cenas clandestinas en que socialistas y comunistas descubrieron que los obispos no eran los ogros que pintaba cierta leyenda de la izquierda, al tiempo que los obispos descubrían muchos puntos en común con sus interlocutores a la hora de pensar una España en paz y libertad, donde nadie tuviese que ocultar su identidad. A su lado, un histórico del PSOE, Enrique Múgica, asentía complacido.

Pero no hagamos aquí películas en rosa. Los últimos treinta y siete años han contemplado numerosas tensiones, también en este campo. La sana laicidad que consagra nuestra Constitución (aún sin formular ese nombre) ha basculado en la práctica hacia el laicismo en no pocas ocasiones. Y el encuentro y el recíproco intercambio de experiencias se han trocado más de una vez en choques muy duros. No hay que escandalizarse de que esto suceda en una sociedad democrática sometida, además, a un cambio cultural acelerado. Unos y otros hemos tenido que aprender a vivir, a expresarnos y a construir, en unas condiciones históricamente inéditas. Para la Iglesia ha sido un aprendizaje saludable en el que no han faltado rasguños y costurones; quizás el mundo laico pensaba que el entendimiento de la Transición pasaba por una marginalidad cultural del catolicismo, que éste, más allá de sus posibles errores, no podía ni debía aceptar. Con todo, el esquema básico que nació de aquel abrazo del 78 se ha mantenido, y el diálogo nunca se ha roto por completo, ni siquiera en los momentos en que llegó a dominar un discurso político-cultural de laicismo combativo, durante la época de Zapatero.

Hace unas semanas el arzobispo de Madrid, Carlos Osoro, decía en el foro del diario La Razón que “la religión necesita de la libertad y también la libertad necesita de la religión”. Es algo que el cristianismo ha tenido como conciencia desde su origen, aunque se haya oscurecido en la práctica de los cristianos en determinados momentos de la historia. La Iglesia en España ha tenido que reverdecer especialmente esa conciencia y sacar todas sus consecuencias, y me refiero a los dos términos de la ecuación. No hay presencia cristiana ni impulso misionero que puedan concebirse fuera del ámbito de la libertad (de una convivencia en libertad y de la libertad inviolable de cada una de las personas). Pero una sociedad que, en nombre de una libertad vacía y genérica, negase el derecho de ciudadanía a los creyentes, ejercería una violencia intolerable y se empobrecería dramáticamente.

Por todo ello es importante que los católicos españoles afrontemos con inteligencia histórica el momento que ahora llega, lejos de ingenuidades pero también de nostalgias inútiles. Está bien comprender todo lo bueno del tiempo que hemos vivido, pero habremos de estar dispuestos a encontrar nuevas fórmulas (siempre contingentes) si la realidad así lo requiere. Y para eso hace falta estar presentes como lo estuvieron los católicos de los años 70, buscar el diálogo y el encuentro aunque sea incómodo, aunque requiera no dar por supuestas muchas cosas que ya creíamos asentadas y compartidas.

Y no me refiero sólo a la dimensión jurídico-política, con el posible cuestionamiento de los acuerdos Iglesia-Estado por parte de las fuerzas de izquierda y la falta de fibra y de convicción para defenderlos por parte del centro-derecha. Me refiero, antes y más allá de ese importante asunto, al contenido de la laicidad y de la libertad religiosa. Ambas cuestiones padecen hoy una comprensión reducida (cuando no negativa) por parte de políticos de las más variadas tendencias, y el contexto europeo no ayuda especialmente, como ha reconocido el propio Papa Francisco en sus discursos recientes en Estrasburgo.

El pasado viernes pregunté sobre este desafío al arzobispo de Madrid en “La Linterna de la Iglesia”, en COPE. Mons. Osoro reconoció que estamos, de facto, ante lo que podemos llamar “una segunda transición”. Los hombres y mujeres que realizaron el gran acuerdo de los años 70 habían vivido la dura experiencia de la confrontación civil y apostaron por no echarse en cara sus cuentas pendientes, decidieron forjar una vida en común, en paz y libertad. La Iglesia, desde la confesión de su fe, ayudó a colocar la dignidad del hombre en el centro del debate. Pero como añadió Mons. Osoro, aquellos protagonistas han desparecido de la escena y a nosotros nos falta su experiencia vital. Quizás eso explique, junto a una débil transmisión de la experiencia de aquellos años a las nuevas generaciones, el momento convulso que ahora afrontamos. Ante esta situación, el arzobispo de Madrid propuso recomenzar juntos un camino centrado en servir al hombre en todas sus dimensiones reales. No va a ser fácil, porque el sustrato cultural compartido en los años setenta se ha desgastado profundamente y ahora resulta menos evidente la amistad cívica que pudo brillar en aquel momento.

Para abordar este reto no podemos poner nuestra confianza sino en la roca de la fe: una fe amiga de la razón, que genera una comunidad viva, que actúa mediante la caridad y permite estar con simpatía en medio de los afanes de los hombres, definidos por una esperanza firme y no por el típico derrotismo. Carlos Osoro advertía en COPE de las tentaciones destructivas del endurecimiento y del buenismo. Abiertos a las sorpresas de Dios (la historia humana no es mecánica ni está predeterminada) y conscientes de las heridas personales y sociales de esta hora (que necesitan ser curadas), somos llamados a emprender esta nueva travesía.

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