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9 DICIEMBRE 2016
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El Papa, la Fraternidad San Pío X y los judíos

José Luis Restán

Por desgracia esa carta nunca ha llegado, a pesar de la humildad del Papa de la razón, esforzado en retomar el diálogo de la Iglesia con el mundo moderno. Sí llegó otra con membrete de la Fraternidad San Pío X, en la que su Superior, Bernard Fellay, pedía al Pontífice que levantara la dolorosa excomunión que pesaba sobre él y los otros tres obispos consagrados por Mons. Marcel Lefebvre en un gesto de clamorosa desobediencia, en el ya lejano 1988. Benedicto XVI ha querido realizar un gesto de misericordia y de paz tendente a sanar aquella herida, y lo ha hecho consciente de su tarea como supremo pastor de la Iglesia y de las cargas que eso conlleva. Lo estamos viendo claramente en estos amargos días, en los que una alegre noticia ha servido de palanca para una gigantesca desinformación.    

El Papa ha podido llevar a cabo este gesto porque los malentendidos y las nebulosas que pudieron conducir de buena fe a algunos tradicionalistas a la rebeldía han quedado despejados. Ya no hay duda de que el Concilio Vaticano II, don providencial del Espíritu para la Iglesia y para el mundo (son palabras de Benedicto XVI), sólo puede ser interpretado y leído en el surco de la tradición ininterrumpida de la Iglesia, y no como un momento de ruptura. Esto mismo ha quedado claro en el campo litúrgico con la liberalización del misal de San Pío V, entendido como forma extraordinaria del único rito romano. Pero la revocación de las excomuniones no significa que hayan desaparecido las serias diferencias entre Roma y Econe. Los miembros de la Fraternidad San Pío X deberán recorrer todavía un arduo camino de sincero diálogo con la legítima autoridad de la Iglesia para que puedan reinsertarse plenamente en el tronco de la comunión. Y no serán únicamente los problemas teológicos y disciplinares los que puedan empantanar ese camino, sino también los complejos históricos y los esquemas filosófico-políticos que lastran al mundo de Econe.

Un ejemplo de esas dificultades se ha presentado ya con la durísima polémica desatada en el mundo judío por las declaraciones realizadas por uno de los obispos tradicionalistas, Mons. Williamson, quien recientemente puso en duda las dimensiones del Holocausto. Se comprende la indignación de los hebreos, aunque la propia Fraternidad San Pío X se apresuró a indicar que ésa era una opinión completamente personal de Williamson, que por otra parte no hace referencia a materias de fe y disciplina eclesial. La patochada historiográfica del obispo ha levantado un auténtico vendaval cuyo destinatario tenía que ser Benedicto XVI, a quien se acusa con evidente injusticia y no poca mala fe de estar demoliendo los avances de cincuenta años de diálogo judeo-cristiano. El asunto merece algún detenimiento.

En primer lugar el levantamiento de las excomuniones no tiene nada que ver con las opiniones históricas desnortadas del obispo Williamson. Responde a la tensión por la unidad que es propia del ministerio del Papa, y por tanto a la valoración de datos teológicos y eclesiales. En segundo lugar, la postura de la Iglesia católica sobre el holocausto judío ha sido expresada en incontables ocasiones, pero destaquemos el documento sobre la Shoá, "Nosotros recordamos". Asimismo, Benedicto XVI quiso rendir homenaje a las víctimas de aquella tragedia en su visita a la Sinagoga de Colonia y en el histórico y conmovedor discurso en el campo de Auswitch. El mundo judío conoce perfectamente la postura de la Iglesia, y más concretamente la de Benedicto XVI, el Papa que mejor y más profundamente ha comprendido y explicado el vínculo inextricable que liga a judíos y cristianos hasta el final de los tiempos. Por si esto era insuficiente, el diario L'Osservatore Romano publicó el pasado lunes sendos artículos del jesuita Peter Gumpel y de la escritora hebrea Anna Foa, que constituyen un durísimo alegato contra el "negacionismo". No hay dudas ni ambigüedades sobre la postura de la Iglesia, ya desde el radiomensaje de Navidad de 1942, cuando Pío XII denunció el exterminio de cientos de miles de personas con motivo de su nacionalidad o estirpe.

Lo que sí es motivo de reflexión es la irritación creciente y envenenada que algunos sectores hebreos están vertiendo sobre el Papa Ratzinger, quizás porque usa de una libertad que les resulta incómoda. Empieza a ser hora de levantar un poco la voz para decir a nuestros hermanos mayores que estamos dispuestos a ir con ellos hasta el fin del mundo, con una amistad libre y sin chantajes, en la que unos no tenemos que imponer nuestras propias imágenes a los otros. Quiera Dios que Benedicto XVI pueda estar pronto en Jerusalén para disolver tantos malos humores y falsas imputaciones, pero se echa en falta ya un poco de la templanza y de la buena fe que se precisan para toda verdadera amistad.

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