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3 DICIEMBRE 2016
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El enigma del vuelo a Dusseldorf

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 3  55 votos
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Inexplicable. Fue la palabra que utilizó el miércoles pasado Rémi Jouty, el responsable del BEA (la oficina de investigación de accidentes aéreos). La trayectoria no era compatible con la de un avión controlado por los pilotos.

Esperábamos una larga investigación. No habíamos considerado la hipótesis que Brice Robin, el fiscal de la República en Francia, nos ofreció el pasado jueves como la explicación casi definitiva para la muerte de las 150 personas que volaban desde Barcelona a Dusseldorf. La grabación de la caja negra no dejaba lugar a dudas: Andreas Lubitz había perseverado con aparente frialdad en su voluntad de estrellar la nave. Las normas de seguridad, aprobadas tras el 11 de septiembre para garantizar la incomunicación de la cabina, se convirtieron en un obstáculo insuperable después de que el copiloto hubiera decidido acabar con su vida y con la de todos los que estaban a bordo.

Hubiéramos preferido cualquier otra respuesta. Hubiéramos preferido, como se especuló en un primer momento, que todo fuera consecuencia del bloqueo de las sondas del ángulo de ataque. Es lo que le había pasado a una aeronave de las mismas características que volaba, en noviembre, de Bilbao a Múnich. Fue la primera explicación que dieron algunos. Un acto terrorista nos hubiera llenado de rabia y de un dolor muy intenso, pero hubiera sido menos desconcertante. Estaríamos ante lo conocido. Pero de pronto se nos puso ante lo infinitamente improbable.

Solo saber que Lubitz era un enfermo que sufría una depresión profunda ha aliviado algo esa zozobra. Ya nos dirán los psicólogos y los psiquiatras si estamos ante un caso de depresión psicótica y si ese tipo de cuadro médico puede explicar parte del comportamiento.

Comprender lo que ha sucedido sin duda nos aporta tranquilidad. Pero a pesar de todo, por más que escuchemos a los “expertos”, no nos quedamos tranquilos. La intranquilidad no solo nos viene al imaginar el dolor de los familiares, el final trágico de las víctimas. Hay más. El caso del copiloto Andreas Lubitz nos trastorna porque pone en cuestión nuestro modo habitual de conocer y de comportarnos. Las reglas para conocer la aptitud psicológica de los pilotos las fija en toda Europa la Joint Aviation Authorities. Hasta ahora pedía un control anual. Parece que eso va a cambiar para evitar lo que ocurrió el pasado martes. La seguridad aérea mejora gracias a lo que se aprende en los siniestros. Y es llamativo que nadie hubiera detectado las condiciones en las que se encontraba el copiloto.

Pero todos sabemos que no podemos multiplicar hasta el infinito los controles para garantizar una seguridad absoluta sobre aquellas personas de las que nos fiamos. Nos fiamos del conductor del autobús. Nos fiamos de la comida que compramos en el supermercado, de la que comemos en un restaurante. La compañía de autobuses nos resulta digna de crédito como también lo son nuestro supermercado y nuestro restaurante habitual. Los conocemos desde hace tiempo. Han funcionado siempre bien. Y es lógico que lo hagamos así, este tipo de conocimiento es tan seguro como el que proporciona el conocimiento empírico. Toda nuestra vida está sostenida por ejercicios de confianza. Por eso estamos inquietos. Porque sabemos que, como en el conocimiento directo, en el conocimiento indirecto hay rarísimas excepciones.

En este caso la excepción ha tenido que ver con la decisión de un hombre. No podremos saber nunca si el suyo fue un comportamiento libre. Pero en cualquier caso estamos ante algo indescifrable que produce vértigo. Ningún análisis psiquiátrico puede describir todos los factores que provocan un acto así. La raíz de este mal queda como una incógnita, como la gran incógnita del vuelo de Barcelona con destino a Dusseldorf. Bien podemos decir –con Arendt– “que el mal ha resultado ser más radical de lo previsto”.

A los ciudadanos del Estado moderno nos han hecho creer que el monopolio de la violencia por parte de la Administración era suficiente para evitarnos casi cualquier daño. Y esa ingenuidad respecto a la iniquidad nos hace a todos más violentos. Convencidos de que no es necesaria redención alguna, nos golpeamos contra la puerta que convierte al mal –siempre más radical de lo previsto– en un enigma indescifrable. Y acabamos haciéndonos daño. El análisis en este caso es inútil. Solo podemos esperar que sea derrotado. Solo podemos esperar una victoria.

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