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11 DICIEMBRE 2016
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Por qué el Estado islámico quiere matar a los palestinos de Yarmouk

Filippo Landi | 0 comentarios valoración: 2  23 votos
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Campo de refugiados: era el titular del telediario de las ocho, en la noticia dedicada a la tragedia de Yarmouk, en la periferia de Damasco, hace apenas diez días. Quizá el adjetivo “palestinos” lo hacía demasiado largo. Podríamos decir que todos los refugiados son iguales. Sin embargo, ese adjetivo era verdaderamente importante para que los telespectadores pudieran conocer y entender bien la información.

Entre estos quizás alguno crea (o mejor, se ve inducido a pensar) que los miembros de Al-Qaeda, los terroristas islámicos y los palestinos son todos iguales en su odio hacia Occidente, cristianos y judíos. Por otra parte, hace solo unos días, en vísperas de las elecciones de Israel, el primer ministro Netanyahu pedía el voto y prometía que nunca habría un Estado palestino, pues de otro modo los fundamentalistas islámicos se instalarían a las puertas de Jerusalén.

Las crónicas de estos días y horas cuentan en cambio enfrentamientos armados muy violentos en Yarmouk, entre los milicianos palestinos y los del Isis, autores del llamado Estado islámico. Los combatientes del Isis, opositores al presidente sirio Bashar al Assad, penetraron a principios de abril en lo que era el mayor campo de refugiados palestinos en Siria con el apoyo de otra facción islamista, el Frente Al-Nusra. Se rompía así el precario equilibrio que existía sobre el terreno desde hacía un año, desde abril de 2014, cuando los soldados gubernamentales por fin reabrieron los accesos al campo, donde llevaban meses atrapados 20.000 refugiados palestinos sin agua, comida ni medicinas. Hace un año, las fotos de gente hambrienta pidiendo ayuda dieron la vuelta al mundo y llevaron al régimen del presidente sirio Assad a alentar el asedio a cambio de una tregua fáctica en Yarmouk con las milicias opositoras, formadas por palestinos y sirios.

En aquel campo de refugiados, como en gran parte de los Estados árabes, la “primavera árabe” en marzo de 2011 pasó como un viento que rompió los equilibrios políticos y sociales, y dio voz a la voluntad de derrumbar antiguas dictaduras. Para los palestinos que estaban en Siria significó, además, rendir cuentas con el antiguo aliado Assad: ciertos grupos (como el Frente para la Liberación de Palestina) eligieron la neutralidad y –de hecho– el apoyo a Bashar al Assad, otros confluyeron con sus opositores en el Ejército Libre Sirio, y por último, otros, como los dirigentes de Hamás, abandonaron Yarmouk, que había sido durante décadas su cuartel general, mientras los militantes de base se iban con los opositores del régimen de Damasco.

Ahora, según los testigos, los palestinos de todas las facciones han recuperado la unidad sobre el terreno, combatiendo calle por calle, contra los milicianos del Isis. La unidad hallada contra los que se comportan como invasores de sus casas, cargando además a sus espaldas una ideología islámica fundamentalista muy alejada de la cultura laica, pero también de la religiosa, cristiana o islámica, de los refugiados palestinos de Yarmouk.

De modo que los refugiados palestinos (musulmanes o cristianos) también están sufriendo la brutalidad de los combatientes del Estado islámico. Entre los edificios destrozados en Yarmouk se han encontrado cuerpos de palestinos decapitados. Miles de civiles, en particular mujeres, ancianos y niños que no consiguieron abandonar el campo, vuelven a vivir sin ni siquiera ese mínimo de comida que les proporcionaba la UNRWA, la Agencia de la ONU para los refugiados palestinos en todo el mundo.

La historia de Yarmouk y de sus muertos podría no ser banal para los occidentales, con una condición: que se tenga el coraje necesario para mirar esta tragedia desde dentro. De superar la indiferencia, pero también un genérico humanitarismo. El adjetivo “palestinos”, en esta circunstancia, es importante porque nos obliga a confrontarnos con el drama de personas reales, con su historia, con su cultura, con su aspiración a la dignidad. Justo lo contrario de los lugares comunes, que viven de definiciones genéricas, que suelen recurrir a la rabia y no a la inteligencia de las personas.

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