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4 DICIEMBRE 2016
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>Entrevista a Fernando Vidal, sociólogo

'Ahora lo que necesita España es sujeto'

Juan Carlos Hernández | 0 comentarios valoración: 2  20 votos
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Ante la situación política nacional dominada por el desafecto hacia la clase política tradicional, el ascenso de los populismos expresado en Podemos y el desafío nacionalista, y también por la crisis económica al menos en cuanto a las cifras del paro, ¿qué labor debe protagonizar la sociedad civil?

Para salir de la crisis necesitamos reforzar el sujeto de España. La clave del futuro de España –y de cualquier país– es la familia y su sociedad civil –que incluye la sociedad empresarial y profesional (las instituciones que forman a los profesionales y trabajan por su independencia, calidad y moral)–. Este es el humus sobre el que se levanta cualquier país y que cuando hay crisis alimenta su resiliencia. La resiliencia colectiva es la capacidad de una sociedad para superar los traumas. El desarrollo económico sostenible de España depende de la calidad educativa de sus recursos humanos y de las disposiciones que tengan en innovación y emprendimiento. Eso quiere decir que el desarrollo de España depende de la calidad de sus “personas”. Al final, todo nos lleva de nuevo al misterio de la persona y a su entrega al bien común. ¿Acaso no hemos olvidado esa clave? ¿Acaso los colectivismos, estatalismos y neoliberalismos no nos han hecho olvidar lo más importante: que al final la elección de cada familia y persona es lo crucial? Para que una democracia se sostenga en pie no basta con instituciones sino que necesita demócratas. ¿Y cómo surgen los demócratas? A veces parece que solamente nos fiamos de que una asignatura en la escuela va a producir demócratas y no es así. Eso lo pensaba Emile Durkheim: una escuela demócrata educa demócratas. Sí pero no es suficiente. Necesitas el concurso de las familias y cuidar el desarrollo de cada persona. Esa es una labor de la sociedad civil. El Estado nunca ha “producido” personas. Las personas surgen de la sociedad familiar y civil; de la comunidad.

El primer punto del programa: nacionalizar el Estado. Por lo tanto, cualquier programa político que quiera salir de la crisis de forma sostenible debe hacer un cambio principal: desestatalizar la sociedad. Eso no quiere decir “privatizar” mercantilmente. Hay que desestatalizar también la sociedad civil: el control del Estado es tan fuerte en España que incluso controla la sociedad civil mediante subvenciones, redes clientelares o modos de dominación que al final acaban amordazando a la ciudadanía. También hay que desestatalizar el empresariado: lograr un empresariado meritocrático en el que sean las mejores empresas las elegidas sin que medien las redes clientelares, los “turnos” de reparto entre las grandes, los proteccionismos encubiertos y otros fenómenos que nos hablan de una estructura empresarial todavía demasiado intervenida por el Estado. En realidad, el neoliberalismo puro y duro que mercantiliza salvajemente la sociedad es un efecto del estatalismo: grandes conglomerados financieros dominan al Estado para que desregule, no actúe y además controle a la sociedad civil. Toda la crisis financiera es un asunto de excesivo estatalismo, tal como demuestra el libro “El desmoronamiento” de George Packer. La burbuja inmobiliaria fue resultado de una operación alentada por el diseño que Washington y Wall Street hicieron de la política financiera. Si me permitiera una exageración, diría que “hay que nacionalizar el Estado”: es decir, que el Estado pase a manos de la gente. Históricamente se han estatalizado muchas empresas u organizaciones civiles (por ejemplo, las Cajas de Ahorro), pero no se han nacionalizado realmente. Nacionalizar significa que los ciudadanos, los emprendedores, los profesionales, las vecindades, las instituciones civiles, etc. sean el sujeto de esas instituciones públicas. Hay fórmulas colaborativas y de gestión que lo hacen posible. Hay otra gobernanza digital y participativa que lo hace posible. Tenemos la tecnología social e institucional, y ahora falta nacionalizar el Estado (que la nación, la sociedad, sea la soberana).

¿Hemos aprendido algo de la crisis?

Según una encuesta de la consultora Conecta, el 73% de los españoles creemos que en España no hemos aprendido nada de la crisis. Salir de la crisis no es solamente recuperar indicadores financieros y crear empleo –que es crucial para alcanzar la masa crítica para poder diseñar otro modelo– sino poner las condiciones para que tal tipo de crisis –artificialmente provocada– no vuelva a suceder. Es decir, crear un modelo de desarrollo económico sostenible. Lo primero es preguntarnos por el sujeto: ¿tenemos el sujeto para crear riqueza y empleo sostenibles? Desestatalizar y dejar de controlar a la sociedad civil y empresarial es la primera medida. Creo que de la crisis solo sacamos tres enseñanzas claras: que de nuevo la familia ha sido la que nos ha salvado de la crisis, que las ONG han hecho su labor pese a enormes dificultades y que ha habido profesionales (como los jueces) que han hecho un papel clave. Donde ha habido una persona que ha puesto como criterio moral la profesionalidad y meritocracia, las cosas han funcionado razonablemente bien. Por lo tanto, más familia, más sociedad civil-comunitaria y reforzar más lo profesional (necesitaríamos ir a un estadio superior, a los colegios profesionales, recuperar algunos de los elementos gremiales respecto a la deontología y a la formación-socialización de los profesionales). En este aspecto, es necesario un programa que combine elementos conservadores (reforzamiento institucional, autonomía de las competencias de cada institución y profesión), con elementos más avanzados de carácter metodológico y organizativo (además de un marco moral plural, igualitario, solidario, etc).

¿Por qué tiene éxito una opción populista como Podemos?

Podemos es más que un fenómeno populista. Es más que eso. Podemos es una opción de política distinta y estigmatizarlo como meramente populista es un diagnóstico erróneo. El populismo no tiene siglas y hay populismo rampante en todas las formaciones políticas de nuestro país. Lo mejor que podemos hacer con Podemos es escuchar el diagnóstico y analizar con respeto y atención sus alternativas. Personalmente hay cosas que no me gustan. No me gusta principalmente que crean que más Estado es la solución. Pero sin embargo, hay otras cuestiones que hay que pensarlas. En todo caso, tratemos de situarnos en el nuevo contexto político con actitudes distintas a las que nos han llevado al desastre, como son el partidismo, la intolerancia y la falta de respeto hacia el otro. Creo que calificar a Podemos como mero populismo –sin calificar como populismos mucho de lo que hacen los otros partidos– es seguir haciendo erróneamente las cosas.

La sociedad civil es, en muchas ocasiones, indiferente hacía la política que también se expresa en cosas cotidianas. ¿Cuántos de nosotros no somos indiferentes a implicarnos en la junta de la facultad, o en el Consejo Escolar del colegio de nuestros hijos…? Por otra parte en España tenemos una larga tradición de gobiernos paternalistas. ¿De dónde nace en usted el deseo de vivir esta corresponsabilidad para buscar el bien social?

A poco que veamos el mundo, sale un instinto de hacer bien las cosas. Creo que todos nosotros hemos sido educados para servir. Para servir al bien. Es algo inscrito en nuestra urdimbre familiar y personal más profunda. No hace falta hacer grandes disquisiciones sino simplemente permitir que nuestro anhelo de bien pueda sentir esperanza y comprometa nuestras fuerzas en la mejora de las cosas. La indiferencia es un gran problema pero el problema mayor es la desesperanza. Nuestro mundo decae o sufre porque la gente no tiene esperanza en que las cosas puedan cambiar. Todos tenemos grabada en el corazón la razón del bien. Si no la tapáramos o distrajéramos, emergería de forma natural. La naturaleza del hombre es el bien y, como decía Ricoeur en Taizé, en todo caso el bien siempre es más profundo que el mal. Así pues, lo que hay que hacer es liberar a la gente del peso del mal y la desesperanza, que nos hace infelices e insostenibles. Es necesaria una ecología del bien: que muestre que solo hacer el bien hace cada una de nuestras vidas y nuestro común mundo sostenible.

¿Y qué medidas concretas serían convenientes?

Elevar la tasa asociativa al 50%. Sería necesario tomar medidas proactivas de promoción de la sociedad civil. Una muy clara: elevar las tasas asociativas de la gente, especialmente los jóvenes. Tenemos actualmente un 29,2% de asociacionismo. Ha descendido un 25% desde 2007. Tendríamos que ponernos como objetivo estratégico elevar el asociacionismo en nuestro país al 50%. Al no haber sociedad civil, toda la energía social comunitaria, vecinal, familiar y amical que caracteriza a España no puede subir para mejorar las altas instituciones de la pirámide. Tenemos una base de pirámide muy fuerte y activa, pero que carece de los mecanismos de comunicación para que eso instituya una sociedad civil densa y creativa, y una cúpula social de calidad. Quizás tenemos que dejar de pensarnos como pirámide y pasar a ser una red.

Por otra parte, creo que hace falta otra lógica fiscal que permita mayor participación social, a través de la lógica de las X, siguiendo la lógica suiza. El problema fiscal es de legitimidad. La gente no pone objeciones a pagar impuestos sino a que los impuestos no sean socialmente rentables. La primera solidaridad pública comienza por pagar los impuestos. Necesitaríamos otro sistema de recaudación y redistribución y para eso hay ideas concretas que podrían llevarnos a otro modelo que produjera mayor eficacia y mayor satisfacción del contribuyente. El sistema es opaco y eso llama al fraude.

Hace falta recuperar una estima por el otro, eso se echa en falta en las discusiones en el Parlamento pero también en tertulias o en nuestras conversaciones familiares cuando hablamos de política. ¿Por dónde empezar para poder ver al otro no como un enemigo sino como un compañero de camino?

Nuestro país tiene pocas experiencias de concordia y muchas de divisiones y expulsiones. Apenas tenemos experiencias de acogida o asilo político. Sin embargo, sabemos muy bien cómo expulsar judíos, moriscos y cómo mantener 500 años marginada a una etnia como la gitana. Por eso me parece tan significativa la experiencia de este siglo XXI de acogida de los seis millones de inmigrantes. Pese a la crisis, no ha habido reacciones significativas de xenofobia. Eso no quiere decir que no exista racismo. Existe, pero no forma parte de la cultura pública, que está dominada por la solidaridad y la inclusión.

Creo que en este campo de la diversidad intercultural hay mucho que avanzar. Tengo ideas concretas sobre ello: España puede ofrecer un modelo alternativo al laicismo civil francés, el multiculturalismo anglosajón y los límites del interculturalismo. Ningún colectivo se siente integrado en una sociedad a la que no ha hecho una contribución cultural públicamente reconocida. Nuestro reto es la mixculturalidad, crear colaborativamente sociedad. Esta es una fuente y campo de experiencias de reconocimiento, encuentro y comunión social.

Por otra parte, es llamativa la solidaridad de los españoles, pero la tasa de exclusión extrema es demasiado elevada. Sin embargo contamos con una potente sociedad comunitaria –vecinal, familiar, amical, etc–. Debemos poner en práctica otro modelo de reencuentro y reconciliación social. También hay cosas concretas que se podrían hacer y que nos abrirían a una segunda fuente de aprendizaje de la alteridad.

Finalmente, tenemos un problema. Somos demasiado partidistas y poco partidarios. Deberíamos promover el compromiso en partidos y en organizaciones civiles. Brindo por una cultura partidaria más densa y comprometida. Pero para eso tenemos que abandonar el partidismo y la estigmatización de quienes están. Eso sucede porque la estatalización crea campos partidistas formados por las redes clientelares. Debemos promover otra cultura de participación y compromiso partidarios. Creo que para esto cumple un papel principal la Iglesia católica. Pero los foros hasta ahora creados no han tenido las actitudes adecuadas para que pudieran dialogar realmente personas de distintas tendencias partidarias. Es necesario un nuevo foro de encuentro promovido por cristianos –de todas las confesiones– que puedan crear, reconciliar y socializar a una nueva generación plural de partidarios.

Sin embargo, parece que con un nacionalista o con uno de derecha o de izquierda… que busque honestamente el bien común se podrá llegar a un acuerdo. Pero con aquel que no se contenta jamás o que en realidad simplemente busca su provecho personal es muy difícil poder construir nada.

Sin duda. Es posible dialogar entre nosotros y encontrarnos si juntos miramos a las necesidades de los otros de forma sincera. Posiblemente discutiremos sobre cuál es la mejor metodología, el mejor principio que hay que aplicar, pero será eso, una deliberación sobre cuál es el mejor camino para solucionar los problemas. El problema no es si son mejores las metodologías conservadoras, socialistas, liberales o comunitaristas. Sinceramente, creo que es imposible una buena política si prescinde de todas ellas. Toda buena política tiene componentes de las cuatro. En realidad no son cosmovisiones irreconciliables sino énfasis. Cuestión aparte son los intereses extremos pero ahí el problema no es metodológico sino de intereses. Si lo que buscamos es la verdad y el bien, todo lo demás en política es relativo porque el modo –la gobernanza– es el 90% del arte de la política. No obstante, volvemos a la cuestión del comienzo: para que haya tolerancia tiene que haber personas tolerantes; para que haya respeto, personas respetuosas. ¿Cuál es la fuente que crea personas? Ahí es donde está la raíz de la solución.

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