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9 DICIEMBRE 2016
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>Estampas de Tierra Santa

Un poder arbitrario

José Miguel García (Jerusalén)

El origen de este establecimiento se remonta a 1977: unas familias sionistas decidieron ir a vivir junto a un lugar que consideran suyo por estar relacionado con su historia antigua. Recuérdese que la ciudad de Samaria fue la capital del reino del Norte. Para establecerse en un territorio que no era suyo, el Gobierno de Menahen Begin expropió aquellas tierras y las entregó a las familias sionistas. En la actualidad habitan allí unos cuantos cientos de judíos sionistas. La barrera del check-point se halla a la entrada de este asentamiento. Para proteger a estos judíos está destacado un retén militar, que controla el paso de los vehículos, y una unidad de policía.

Cuando llegamos allí, poco antes de las nueve de la mañana, la barrera estaba cerrada. La cola que iba en nuestra dirección no era muy larga, unos seis coches, a la que pronto se sumaron otros cuatro o cinco más detrás de nosotros; la mayoría con matrícula palestina, pocos con matrícula israelí. Dado que nada parecía moverse, decidimos bajar de los coches para preguntar qué pasaba. Así conocimos a algunas personas, entre ellos un grupo de militares y diplomáticos ingleses, que habían tomado la misma decisión. Aunque los soldados, dos jóvenes de unos 20 años, no daban ninguna explicación, la presencia de los militares y diplomáticos ingleses pareció impresionarles, pues abrieron pocos minutos después la barrera dejando pasar en ambas direcciones a los vehículos. Al llegar nuestro turno de pasar, nos dijeron que aparcáramos y esperáramos. Después de media hora de espera sin que ellos hicieran ninguna llamada telefónica ni se acercaran a nosotros a darnos alguna explicación, nos acercamos nosotros para preguntarles qué pasaba. Había entre nosotros una chica que conocía un poco el hebreo y les interrogó sobre cuál era el motivo de no permitirnos pasar. Ninguna contestación. Les presentamos nuestros pasaportes, que no se dignaron a mirar. Por única respuesta obtuvimos el mandato de esperar.

Ante la situación absurda que estábamos viviendo, uno de los italianos llamó al consulado para saber si había problemas en la zona, pues hay una oficina que controla todos los check-points. Por ellos supimos que no había ningún problema de seguridad. Le pedimos que hiciera alguna gestión con algún superior del retén militar. Después de unos diez minutos volvió a llamar, tras haber hablado con un capitán del ejercito israelí, y pidió hablar con alguno de los soldados. Nuestra amiga se acercó con el teléfono diciéndoles a los soldados que, por favor, hablaran al teléfono con la persona del consulado italiano. Uno de ellos cogió decidido el teléfono y lo colgó sin decir ni una palabra, devolviéndoselo después, ante el asombro de nuestra amiga, que no daba crédito a lo que veía. Poco después, para mostrar que allí mandaban ellos, se acercaron a nosotros y nos dijeron que podíamos volver a Jerusalén, pues por allí no pasaríamos. Todos nuestros intentos de razonar, de explicar, de convencerles para que hablaran con algún superior fueron inútiles; chocaban contra el muro de la irracionalidad arbitraria del que sabe que tiene el poder.

Hacia las 10:15 comenzaron a salir otros soldados del asentamiento. Ninguno parecía tener dos dedos de frente. Poco después llegó la policía, llamada por alguno de los soldados, para hacernos desalojar el lugar en el que ellos mismos nos habían obligado a aparcar. Los policías, más mayores que los soldados, viendo el panorama, no intervinieron. Entre tanto, habían llegado otros coches de cooperantes extranjeros, que también habían obligado a parar ante nuestras quejas del trato injusto al que estábamos siendo sometidos, pues no sólo habían dejado pasar el coche de los ingleses, sino varios de las Naciones Unidas y algún otro con matrícula de Israel. Ante un poder totalitario, que no da cuentas de lo que hace, que no tiene necesidad de justificar las decisiones que toma, ¿qué hacer? La indignación crecía cada vez más. Alguno de nuestros amigos comentó que si así nos trataban a nosotros, ¿cómo tratarían a los palestinos? Entre nosotros había algún periodista, al que sugerimos la posibilidad de denunciar en algún servicio esta impunidad con la que obra el ejército israelí. La respuesta fue contundente: "Si queremos continuar haciendo el servicio que venimos a realizar aquí, esto es algo que no podemos hacer, pues nos retirarían el visado. Para poder estar aquí, hay que llegar siempre a algunos compromisos".

Después de casi dos horas perdidas, decidimos probar a pasar por otro check-point. Los cinco minutos finales se alargaron hasta media hora, pero logramos pasar. Llegábamos a nuestro destino hacia las 11:30. Habíamos salido de Jerusalén a las 7:30 de la mañana y debíamos hacer un viaje de algo más de una hora, pues Sebaste está a unos 100 km.

¿Qué puede llevar a unos jóvenes a obrar de modo tan irracional y prepotente? Seguramente el ejemplo de sus mayores y la propaganda del estado sionista. Todo está justificado para un militar israelí en servicio a la patria judía. Basta recordar las lamentables palabras de Olmert ante las acusaciones de latrocinios y abusos que algunas organizaciones internacionales han realizado contra el ejercito israelí en la reciente guerra de Gaza: "Defenderemos a nuestros soldados, pues todo lo que han hecho ha sido al servicio de nuestra patria". O sea, que la injusticia está justificada si está al servicio de la nación sionista de Israel.

¿Qué queda después de experimentar sobre la propia piel las acciones de un poder arbitrario? Ciertamente la pérdida inútil de unas horas, el gasto de unas llamadas telefónicas infructuosas, el enojo que surge de ser tratados injustamente, el disgusto de encontrarse con personas que abusan del poder y una creciente antipatía ante el ejercito israelí que representan. Haría bien el estado de Israel en intentar generar actitudes menos despóticas entre los miembros de su ejército.

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