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9 DICIEMBRE 2016
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Derrida, ¿qué está escrito en la "pizarra mágica" de Freud?

Silvano Facioni | 0 comentarios valoración: 2  27 votos
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El vínculo entre piscoanálisis y filosofía, a pesar de las tormentas que arrecian la historia, pone de manifiesto sin lugar a dudas la fecundidad del encuentro entre saberes distintos que solo cuando no temen contaminarse pueden ayudar al hombre a comprender más a fondo su búsqueda de significado. En la época de la fragmentación y de la autorreferencialidad de disciplinas más preocupadas por defender los resultados obtenidos que de abrirlos a los alcanzados en otros ámbitos, no se puede hacer otra cosa que acoger y valorar a quien tome en consideración los legítimos confines entre las razones del saber no como barreras o muros insuperables, sino como umbrales, fronteras, aduanas que permiten y favorecen el intercambio y el enriquecimiento.

La obra de Jacques Derrida muestra desde sus inicios la presencia de instancias y preguntas procedentes de los territorios del psicoanálisis, y de hecho podemos afirmar con relativa certeza que, más allá de los textos expresamente dedicados a Freud, no hay texto de Derrida donde no aparezca al menos una referencia al fundador del psicoanálisis. Reconstruir toda la historia de la relación entre el filósofo argelino y el psicoanálisis (sobre todo Freud, pero también Nicolas Abraham y Maria Torok, así como su polémico vínculo con Jacques Lacan) es una tarea que aún está pendiente, pero ciertas intuiciones presentes en las primeras obras de Derrida se mantendrán y, en cierto modo, serán adquiridas a lo largo de todo el camino intelectual del filósofo, que dedicó a la obra freudiana una profunda atención, similar a su escucha de filósofos como Platón o Hegel.

En 1966, mientras se está elaborando su pensamiento, Derrida publica en Tel Quel, la revista parisina donde publicaban las mentes más brillantes de la época, un estudio titulado “Freud y la escena de la escritura”, que cincuenta años después de su primera aparición todavía se considera como un punto de referencia, no solo por la comprensión de aquella nebulosa que demasiado pronto se dio en llamar “deconstrucción”, sino porque constituye una insuperada lección de “método” respecto a una práctica de la lectura que deduce el sentido de un texto a partir de los “efectos” que produce en el saber, en vez de seguir reconstrucciones histórico-filológicas que pretendan remontarse a la presunta intención del autor.

El ensayo publicado en Tel Quel (después del cual Roland Barthes escribirá a Derrida: “Cada vez más, ¿qué haremos sin usted?”), que daba continuidad a una conferencia que había pronunciado en el mes de marzo en el Instituto de Psicoanálisis de París ante no más de veinte personas, toma las posiciones de dos textos poco conocidos de Freud, escritos a treinta años de distancia uno del otro: “Proyecto de psicología” (1895) y su Nota sobre la “pizarra mágica”. La lectura de Derrida muestra de qué modo el subconsciente puede considerarse como un tipo de escritura jeroglífica, no verbal ni lingüística, cuyos rasgos no remiten a algo que ya no está presente, sino a algo que nunca ha estado presente. El texto inconsciente transcribe y reproduce un sentido cuya fuente es inalcanzable.

El texto dedicado a la “pizarra mágica” es particularmente iluminador. Freud toma como punto de partida un instrumento presente en el mercado con el nombre, precisamente, de “pizarra mágica”, que consiste en una tablilla de cera cubierta con un folio de celuloide donde se puede “incidir” una escritura que se borrará en cuanto el folio sea retirado y separado de la tablilla sobre la que se adhiere. Según Freud, el aparato psíquico se comporta del mismo modo que la “pizarra mágica”: recibe trazos que no se mantienen, y los sostiene mientras los elimina, mediante un juego infinito de prórrogas que pone en discusión las pretensiones de transparencia y claridad que son el fundamento del pensamiento metafísico.

Pero Freud, según Derrida, no llega a plantearse hasta el fondo las implicaciones de sus descubrimientos fundamentales, aunque es indiscutible que el psicoanálisis permite pensar en una apertura del pensamiento filosófico más allá de los confines establecidos por su larga tradición. Para Derrida, es fundamental trabajar sobre el concepto freudiano de Nachträglichkeit, un término alemán de difícil traducción que indica la reescritura de la memoria del pasado en función de necesidades y experiencias vividas en notros momentos de la vida. Una noción compleja que indica, como dice el filósofo, que “el sentido nunca ha estado presente, y cuyo significado presente siempre se ha reconocido a posteriori (nachträglich), en un segundo momento, de modo suplementario”.

El retraso que constituye el aparato psíquico, en otros términos, declara que “otro” nos constituye y estructura desde lo más profundo, y que esta alteridad no podemos aferrarla ni hacerla nuestra. Solo podemos seguir su rastro mediante los relatos, las narraciones que son nuestra identidad y nuestra historia. Una identidad y una historia que huye de sí misma y que es, al mismo tiempo, la fatiga de nuestra existencia y el misterio de un origen que no podemos alcanzar pero que mueve y orienta nuestro actuar.

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