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21 OCTUBRE 2017
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Política exterior europea, sin orden ni concierto

Robi Ronza | 0 comentarios valoración: 3  197 votos
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François Hollande ha visitado La Habana, ha sido el primer presidente francés de la historia que hace una visita oficial a la isla, y el segundo líder europeo en hacerlo después de Felipe González, que la visitó en 1986. Allí no solo se vio con el presidente Raúl Castro sino también con su hermano Fidel, fundador del régimen.

Hollande hizo un llamamiento, retórico pero políticamente bastante correcto, al fin del embargo comercial impuesto a Cuba por los Estados Unidos. De momento el embargo sigue vigente, a pesar del deshielo en las relaciones entre la isla y los USA, pero en realidad ambas partes están de acuerdo es que se debe ir reduciendo gradualmente. De hecho, su anulación inmediata podría tener consecuencias catastróficas para la economía cubana, que lleva más de medio siglo apartada de los circuitos normales del comercio mundial.

El objetivo de la visita era asegurar a Francia, al margen de la Unión Europea, un puesto de primera fila en el proceso de reinserción de Cuba en la economía internacional, y posiblemente el primer puesto entre los países europeos, incluso por delante de España, a pesar de su proximidad cultural e histórica con la isla, que por su superficie y su población es el Estado más importante del Caribe.

Por su parte y con el mismo espíritu, la canciller alemana Angela Merkel viajó a Moscú el pasado 10 de mayo para dejar junto a Putin una corona de flores en el monumento al soldado soviético desconocido. El día anterior no estuvo en la capital rusa, ni como ella los demás líderes occidentales, en el gran desfile conmemorativo de la rendición de la Alemania nazi al final de la Segunda Guerra Mundial. Pero con su primer gesto compensó hábilmente su ausencia en el segundo. Durante la rueda de prensa de los dos líderes tras reunirse después de la ceremonia, Angela Merkel, tras evocar las dificultades del momento (como la anexión rusa de Crimea, por mencionar una), añadió que “sin embargo, la historia nos enseña que debemos hacer todo lo posible para resolver hasta los conflictos más graves de forma pacífica y mediante el diálogo”. Palabras sagradas, pero también en este caso pronunciadas en nombre y a cuenta del propio país, sin ninguna referencia a la Unión Europea.

En estos mismos días, Federica Mogherini, Alta Representante de la UE para la política exterior, tomaba la palabra ante el Consejo de Seguridad para solicitar la implicación de la ONU ante el problema de la afluencia marítima hacia la Unión Europea de inmigrantes irregulares procedentes del hemisferio sur, huyendo de la miseria y de la guerra. Resulta difícil imaginar una situación más molesta que la suya. Por un lado, no contaba con ningún mandato concreto de la UE, que en los días anteriores no había conseguido llegar a un acuerdo sobre este tema; por otro, Gran Bretaña y Francia, los dos países de la Unión que también son miembros permanentes del Consejo de Seguridad, no parecían estar de su parte. Daba la impresión, como han señalado varios observadores, de querer buscar fuera de la UE los apoyos que no estaba encontrando en su seno. Además, aun habiendo subrayado de manera muy oportuna que se trata de flujos migratorios de larga distancia, Mogherini cometió el error de no señalar las consecuencias. En vez de solicitar un compromiso internacional para intervenir a lo largo de todo el arco del recorrido, se dedicó a pedir intervenciones en la última etapa, la del paso por mar desde las costas libias, que por su carácter militar podrían suscitar ciertas reservas de manera inmediata, como así ha sucedido. Por tanto, no parece que Federica Mogherini haya encontrado en Naciones Unidas los apoyos que esperaba obtener para presentarse con alguna flecha en su arco ante el Consejo Europeo, que se reúne este lunes.

Más allá de los casos específicos, lo que salta a la vista por encima de todo es la inadecuación de la UE como actor de la política internacional. La Unión es un gigante demográfico (por cierto, en declive), un gigante económico pero un enano político. Los tres episodios citados, con Francia y Alemania cada uno por su lado defendiendo sus propios intereses y fuera de cualquier plan estratégico conjunto, y con la triste Federica Mogherini empeñada en misiones imposibles, son una desagradable pero evidente confirmación. Las vías de salida de este pantano no son técnicas ni mucho menos políticas. Europa no se salvará si no recupera su propia esencia. Y los que ahora la gobiernan no parecen en absoluto capaces de recuperarla.

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