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9 DICIEMBRE 2016
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Retrato actual y dos talentos ante la cámara

Enrique Chuvieco

La cinta cuenta las vivencias matrimoniales de Frank (DiCaprio) y April (Winslet) en los Estados Unidos de los cincuenta del pasado siglo en el barrio que da título a la película, dársena donde atraca la alienada clase media norteamericana que padece un desencanto vital imposible de superar. Es el enfoque del escritor de esta historia a la que Mendes ha puesto imágenes como hiciera con la oscarizada American beauty, con la que guarda muchas similitudes de fondo. El dibujo es, por tanto, de trazo grueso donde el aburrimiento y sinsentido son la cárcel en la que viven los protagonistas y todos los que les rodean.

Para superar el hastío, April insta a Frank a huir a París para recuperar la magia perdida, pero desisten al final; posición que da paso al recrudecimiento de los reproches mutuos por su malestar interior. La hoguera se aviva gracias al concurso de un personaje singular que desata el estado de conciencia de April.

Aquella época y ésta, en mayor medida, padecen el síndrome de Peter Pan, por el que nos cuesta horrores encarar con realismo las monotonías de la vida, cuando no son sacrificios y dolores de todo tipo los que destrozan nuestro esquema proyectado dejándonos quejosos, sin considerar siquiera que el manejo de nuestra vida es reducido, como atestigua nuestra experiencia cotidiana, a pesar de que se nos quiera hacer creer continuamente que somos dueños de nosotros mismos. Constatamos, por otro lado, la paradoja en nuestra vida al comprobar que ahonda nuestra incapacidad e inseguridad para acoger con serenidad lo cotidiano y continuamente intentamos evadirnos con mil y una probatinas que aumentan nuestra tristeza, destrozándonos y destrozando a los más próximos.

Es el malestar de los personajes de Revolutionary road que parecen encontrar oxígeno transitorio en el éxito profesional o en relaciones circunstanciales que "entretengan" y les hagan sentir que están vivos; espejismo comprobado imposible de colmar nuestro deseo de plenitud.

Mendes nos muestra esto con una maestría extraordinaria en el montaje, el guión, la música, las interpretaciones de DiCaprio y Winslet, que se han hecho gigantes con los años, y su lenguaje audiovisual espléndido.

Esta película hay que verla porque es el retrato de una época que es también la nuestra.

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