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4 DICIEMBRE 2016
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Un quinto criterio

Fernando José Vaquero Oroquieta | 0 comentarios valoración: 3  15 votos
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Las propuestas del texto de Páginas Digital titulado «El decisivo cuarto criterio», en cierto modo una adaptación actual a la situación española de los “principios no negociables” formulados por Juan Pablo II, ¿también son válidas para la Comunidad Foral de Navarra? Y es que Navarra atraviesa una profunda crisis no del todo asimilable a la del resto de España.

Pero no nos referimos a la crisis de Osasuna, uno de nuestros símbolos por excelencia, que podría descender a Segunda B. Tampoco al impacto que ha generado en la opinión pública la venta a precio de saldo de la Caja de Ahorros de Navarra, que pasó de ser ejemplo modélico de gestión –puntal de la autonomía económica de la Comunidad– a otro entre tantos de malas prácticas que casi la arruinaron en su travesía como Banca Cívica hasta diluirse en CaixaBank. No pensamos, empero, en que algunas formaciones, como el pequeño pero mediático PACMA, propugnan eliminar nuestros sacrosantos encierros y demás festejos con toros y vaquillas; iniciativa a la que Podemos, en su momento, también mostró su siempre iconoclasta apoyo. Sin Osasuna, Caja Navarra y Sanfermines, ¿qué nos quedaría, como elementos integradores, a los navarros?

No, no es ninguna broma: más allá de las anteriores anécdotas, hoy, más que nunca, el proyecto de Navarra, como comunidad diferenciada, se encuentra próximo al colapso. Lo vamos a ver en este artículo.

Pero no sólo Navarra se encuentra en la picota. La propia Constitución española de 1978 –y con ella la mismísima nación– se encuentran gravemente cuestionadas por unos nacionalistas que pretenden arrollarla, en aras de sus respectivos objetivos independentistas, y por los soviets de Podemos que la conciben como fruto envenenado de unos falsos consensos. Además, el mismo PSOE, e Izquierda Unida, hablan de reformarla: pero, ¿en qué dirección?, ¿con qué pretensiones? Por lo que respecta a Navarra, su Disposición Transitoria 4ª mantiene la posibilidad de que un día se incorpore a la Comunidad Autónoma Vasca. Curioso: no contempla el procedimiento de salida. Y, aunque en el Partido Popular se viene hablando, y mucho, de su posible eliminación, lo que cerraría definitivamente tan cansino debate, ni siquiera lo ha intentado en estos últimos años...

Desde semejante perspectiva, Navarra se diferencia no poco del resto de territorios todavía españoles: todo puede cambiar a muy corto plazo, perdiéndose la autonomía, integrándose en otra comunidad e, incluso, desgajándose con ella de España formando una nueva nación; objetivo al que jamán han renunciado los independentistas vascos de todas las tendencias y por el que trabajan sin descanso.

Convocatoria tras convocatoria, se han delimitado en Navarra tres grandes bloques electorales casi similares cuantitativamente: el centro-derecha (liderado por Unión del Pueblo Navarro, un partido con capacidad de gobierno durante las últimas décadas, y un mínimo Partido Popular resucitado con muy poco éxito en 2008), la izquierda (un declinante PSN-PSOE y la versión autóctona de Izquierda Unida, Izquierda-Ezkerra), los nacionalistas vasquistas (la coalición Geroa Bai, cuyo rostro más conocido es el de la diputada nacional Uxue Barkos, sustentada en independientes residuales de diversas aventuras del panvasquismo local y un minúsculo PNV; y otra coalición, Euskal Herria Bildu, liderada por el partido político de ETA, Sortu, su antigua escisión Aralar, los ya irreconocibles ex–socialdemócratas de Eusko Alkartasuna y los poquitos ex-comunistas de Alternatiba).

Sin embargo, la irrupción de Ciudadanos (apenas un centenar de afiliados liderados por un engreído e imprevisible personaje rebotado de una UPyD condenada, de nuevo, a permanecer fuera de todas las instituciones) y Podemos (liderado mayormente por viejos/as conocidos/as del PSN-PSOE e I-E), no presagia, en principio, ningún trasvase electoral relevante entre tales bloques; pero sí su reconfiguración interna. De modo que al pasar de 6 a 8 fuerzas las presentes en el Parlamento Foral, los navarros seremos testigos de sorprendentes bailes negociadores. Siendo posibles fórmulas muy diversas, según los participantes, resultados finales, apoyos externos, etc., en todo caso la clave está en un voluble PSN-PSOE, reducido apenas a quinta fuerza navarra. ¡Qué lejos se antojan aquellos tiempos en que los socialistas navarros disponían de una formidable primera línea de políticos con ideas muy claras y una base electoral firme! En cualquier caso, se avecinan tiempos de agónicas incertidumbres e, incluso, la necesidad de nuevas elecciones forales.

Visto el marco, recordemos los criterios de Páginas Digital.

Primer criterio: «Conviene que no accedan al gobierno partidos que pongan en peligro la recuperación económica, en tasas de crecimiento del PIB cercanas al 3 por ciento».

Navarra mantiene una posición macroeconómica superior a la media española: por ejemplo, la mitad de paro. O unos índices económicos que superan los de la región vecina de la Aquitania francesa. A nivel micro, los dramas sufridos en el resto de España, por lo que respecta a desahucios, por ejemplo, apenas han sido visibles; siendo absorbidos eficazmente por los mecanismos de acción social de una comunidad tantas veces pionera.

Pero no son los profetas abanderados de las supuestas “víctimas de unas políticas neoliberales indiferentes ante los sufrimientos de las personas golpeadas por la crisis y la corrupción”, quienes pondrían en peligro la recuperación económica navarra con arriesgadas propuestas al modo griego y/o venezolano. Quien provoca incertidumbre, división y crispación es el panvasquismo político, inasequible al desaliento y persistente hasta el agotamiento de sus oponentes… Siempre se ha dicho que el gran capital es enemigo de la incertidumbre y de los cambios. Y en Navarra, recordemos, la principal empresa es Volkswagen… y la Universidad de Navarra del Opus Dei. Y cambios estructurales pueden producirse… de enorme calado político.

En resumen: a la agresividad abertzale puede sumársele el aventurismo de Podemos, la frivolidad del PSN-PSOE y la impotencia de I-E. Pero, por otra parte, la continuidad de las actuales políticas –UPN y PP están muy lejos de cualquier mayoría– está prácticamente descartada. Un panorama, en suma, inquietante.

Segundo criterio: «Tampoco parece adecuado apoyar a aquellas formaciones que de forma directa o indirecta, a través de los pactos postelectorales, pongan en cuestión la Constitución del 78».

Geroa Bai, disimuladamente, y EH Bildu, a las claras, propugnan desarbolar la Constitución del 78, que nunca aceptaron, percibida como el marco impuesto por los “poderes fácticos españoles” al pueblo vasco y que por ello debe ser arrollada en aras de sus pretensiones últimas de independencia política y construcción nacional vasca. Otra de las dos nuevas formaciones que accederá con toda seguridad a partir del 25-M al Parlamento navarro será Podemos, quienes comparten con los abertzales su hostilidad hacia la todavía vigente Constitución española. Además, y de manera muy evidente, los/as de Podemos vienen maquillando sucesivamente sus propuestas iniciales más agresivas y desestabilizadoras. De este modo, también vienen eludiendo sus preferencias de coalición y lo que a tal fin estarían dispuestos a poner sobre la mesa ante tan insaciables comensales (los nacionalistas). Esta calculada indefinición se extiende –para desesperación de muchos y la confusión de otros tantos– al denominado “contencioso” de la hipotética desaparición política de la comunidad navarra. Una ambigüedad en la que también participa una Izquierda-Ezkerra, que podría quedar fuera del Parlamento, siempre animada por esa fortísima alma vasca potenciada por los antiguos trotskistas de Batzarre de tanto peso en su seno.

En este contexto de incertidumbre, calculada ambigüedad, jugadas a medio plazo, y cálculos electorales a corto, que tanta división y crispación están aportando de nuevo a la sociedad navarra y sus gentes, el PSN-PSOE también se suma al juego de la confusión con sus peculiares dosis de indefinición; acaso fruto de su miedo a desaparecer de la escena navarra, como actor relevante, o por sus prisas en regresar a cualquier precio al Gobierno tras muchos, muchísimos, años de ausencia.

Así las cosas, los chicos –poquitos que son– de Ciudadanos pudieran ser la pata moderadora de una nueva mesa foral más o menos transversal, inédita e imprevisible. Pero la clave, insistimos, está en el PSN-PSOE, lamentablemente.

Tercer criterio: «Y del mismo modo, para aquellos que están convencidos de que la subsidiariedad es un principio determinante, lo más aconsejable sería votar a los partidos que en las distintas Comunidades Autónomas y ayuntamientos han favorecido más claramente la libertad de educación».

Una cosa es predicar y otra, muy diferente, dar trigo. El partido en el gobierno, Unión del Pueblo Navarro, quien volverá a ganar las elecciones pero con una notable sangría que recogerá seguramente Ciudadanos, ha sido muy timorato en su política educativa. De hecho, la Comunidad de Madrid, por ejemplo, ha alcanzado un porcentaje de alumnos en enseñanza concertada bastante superior al actual de Navarra, históricamente prototípica del área.

UPN y PP supondrían la continuidad de las actuales políticas educativas, pero no podrán gobernar solos. Y Ciudadanos se ha posicionado en contra de la educación diferenciada, de la que en Navarra hay buenos ejemplos, muy arraigados, y como centros concertados. El resto de formaciones son estatalistas, con algunos matices, y virulentamente anticatólicos; de modo que tanto diferenciados como compartidos, perderían esa condición, arrojándoseles al campo estrictamente privado. El matiz aludido se refiere a las ikastolas navarras –joya de la corona y campo de batalla preferencial del vasquismo cultural–, que mantendrían su estatus, por el evidente interés político cultural coadyuvante en las intenciones últimas de las coaliciones separatistas.

Acaso sean estas perspectivas las que impulsaron a un selecto, pero numeroso, conjunto de personalidades y entidades navarras a iniciar la andadura de lo que se ha denominado, acaso en analogía con el modelo catalán, Sociedad Civil Navarra: hay que prepararse ante lo que se avecina.

Cuarto criterio: «Renovación».

Debemos partir de una constatación: en esta ocasión Navarra ha permanecido al margen de tantísimas operaciones judiciales y policiales desplegadas en los últimos años contra la corrupción política y financiera. Sin duda, también aquí ha habido malas prácticas y pequeños escándalos que la mayoría de los navarros conocen y valoran. Pero no tenemos un Francisco Granados foral, por ejemplo, o unos EREs autóctonos. Afortunadamente, Urralburu, Aragón y Roldán son agua pasada y algo aprendimos de todo ello. Otro asunto es que la democracia representativa se encuentre en crisis o, al menos, se hayan evidenciado algunos de sus límites y que, desde determinados foros, se reclamen fórmulas novedosas de democracia directa.

Ciertamente, la renovación y la regeneración políticas, imprescindibles para desterrar la corrupción y la endogamia partitocráticas, no vendrán de la mano de Adolfo Araiz Flamarique, cabeza de lista de HB Bildu, quien fuera uno de los miembros de la Mesa Nacional de HB encarcelados por su asociación con ETA desde diciembre de 1997 a julio de 1999. Un “político”, pues, de larga trayectoria, duro entre los duros; lo que señala sin disimulos que la izquierda abertzale no ha renunciado a su proyecto político independentista y rupturista de siempre. Y es que, en el debate político navarro, las cuestiones de la corrupción o de la implantación de modalidades de democracia directa apenas tienen peso. Por ello, tanto Podemos como Ciudadanos son fenómenos “virtuales”, seguramente de alcance transitorio, y sin calado ni arraigo posibles; un fruto coyuntural de la influencia de los medios de comunicación en unos sectores sociales inmaduros políticamente hablando, al menos en Navarra.

Podemos, el que mejores expectativas electorales presenta de ambos, no trae –no puede hacerlo– renovación alguna: apenas es una mutación de la izquierda radical-progresista, ya anticipada por Rodríguez Zapatero y sus leyes de ingeniería social, liderado por un soviet al que España como nación le trae sin cuidado. Enemigos de toda sociedad civil que no esté alineada con el gramscismo hegemónico del progresismo, y de la Iglesia especialmente, seguramente mantienen una agenda oculta bajo el paradigma de tan aireada como ambigua “Unidad Popular”, desde la que impulsaría una transformación revolucionaria cuyas líneas rojas desconocemos. No pretenden la renovación, pues, sino la ruptura, pero ¿hacia dónde?

Ciudadanos, por su parte, a su ínfima implantación navarra le ha marcado su rechazo a una de las dimensiones todavía vivas de la foralidad navarra, como es la del cupo económico: ¿qué modelo de comunidad persiguen entonces? Se desconoce.

Por lo tanto, el debate de la “renovación”, en Navarra, es irrelevante. Lo verdaderamente trascendente, en el debate político regional, es este enésimo intento de destruir su identidad, imponiéndose un proyecto político cultural de deriva totalitaria y enemigo de las libertades. De hecho, todos los políticos consultados, del partido que sea, coinciden en el diagnóstico. De consolidarse un gobierno con presencia o apoyo externo, de los abertzales –de cualquiera de ellos o de todos juntos–, su primera medida sería acabar con la zonificación lingüística, imponiéndose el euskera como idioma oficial en todo el territorio foral. El idioma como arma: “hablemos euskera, construyamos nación”. Primero, voluntariamente. Finalmente, por co… Libertad, ¿para qué?

Tras el itinerario seguido, concluiremos que únicamente UPN respeta los criterios de PD. Descartamos al Partido Popular pues, aunque en Navarra dada su mínima presencia no son “casta”, a nivel nacional ha incumplido con su electorado natural los más elementales compromisos: con sus cambiantes propuestas legislativas abortistas, con su ambigüedad ante el terrorismo y la manipulación descarada de las víctimas, por su política económica socialdemócrata, por el mantenimiento de las políticas dictadas desde la ideología de género, por su continuidad en políticas de emigración, por su carencia de mínimas ambiciones culturales, por haber mentido al asegurar que implantarían la custodia compartida… ¿Hace falta seguir?

¿Un quinto criterio?

Todo indica que la irrupción de Podemos y Ciudadanos responde –en última instancia– a una maniobra de altos vuelos que persigue el apuntalamiento del sistema al modo lampedusiano: “que todo cambie para que todo siga igual”. ¿Cómo explicar, en caso contrario, el comportamiento de las grandes corporaciones audiovisuales que han impulsado descaradamente su lanzamiento? Así, al Partido Popular se le acabó la soledad, pues tendrá, finalmente, con quien pactar. La izquierda, por su parte, se recompone: el PSOE se redimensiona y renueva, e IU da paso a un Podemos que poco a poco abandonará la vía semi-insurreccional. Y, acaso, Podemos llegue a prestar un servicio extra: frenar por un tiempo los ímpetus de los nacionalistas catalanes y vascos (o impulsarlos, a conveniencia).

El Gatopardo, versión española, pues. Cuestión de matices, en última instancia: pues nos seguirán tomando el pelo. Así, en nombre de gloriosos principios, desde los imperativos políticamente correctos, o de los mandatos de las agendas marcadas por Bruselas, desde el malminorismo tantas veces apelado… a pesar del actual revuelo y barullo: todo seguirá igual. Y con pactos o sin ellos, algo es seguro: mayor intervencionismo estatal y más sustos agónicos de los que son tan amigos los nacionalistas más impacientes. Pero el status quo sobrevivirá. Y el pueblo, ¿pero existe tal?, desvinculado, aislado, marginado, ninguneado… seguirá pagando los platos rotos y el estilo de vida, izquierda-caviar, de los todopoderosos.

De hecho, al revisar estos principios propuestos como decisivos desde el formidable realismo de Páginas Digital, damos por sentadas algunas cuestiones elementales. Subsidiariedad, Constitución, libertad… todo ello se sustenta sobre una realidad histórica y humana: la nación. Y si no es así, antes o después, la ficción se vendrá abajo. Debemos preguntarnos, ¿existe nación, somos nación?, ¿una nación española, para más señas? Entonces, ¿nación de naciones o monarquía confederal? ¿Existe España? Entre la centrifugadora secesionista, la apatía de los partidos mal llamados estatales y los poderes de Bruselas, ¿tiene futuro España? Y la pregunta es legítima, no en vano esta realidad humana, histórica, cultural, material, que todavía llamamos, y no todos, España, deviene progresivamente en una ficción: ni se la defiende, ni se la alimenta, ¡ni siquiera se la menciona! Para los poderes mediáticos y financieros, lo que cuenta son el mercado y los mandatos de Bruselas. Y para quienes sí tienen un proyecto de nación –vasca, catalana, gallega…– España es un cadáver, o a lo sumo una contrahecha criatura agonizante, a enterrar en cualquier caso.

Algo de todo esto advirtió UPyD, de ahí su proyecto, apenas esbozado, de orientación jacobina y centralizadora. Y, desde la derecha sin complejos, VOX –que en Navarra ha sido incapaz de presentar lista propia al Parlamento– se planteaba insuflar hálitos vitales a este cuerpo moribundo. Pero a ambos se les ha negado el pan y la sal, es decir: el acceso a los medios de comunicación y la respetabilidad.

Entonces, desde mi modesto y siempre personal punto de vista, ¿qué haría falta?: un nuevo principio, el quinto si se quiere, o el primero según se mire, generado desde un territorio común a católicos y no católicos. Me refiero al de la reafirmación –en España se trataría más bien de una reconstrucción– de la soberanía y la identidad nacionales. De hecho, en Europa se vienen formulando –desde partidos muy diversos y factorías de pensamiento en ocasiones antitéticas– nuevas propuestas políticas que reivindican la soberanía nacional, al servicio de los intereses del propio pueblo, frente a los abusos de las elites dirigentes y el impacto de las políticas de la ideología de la mundialización y el Nuevo Orden Mundial.

Pero España al respecto, y como tantas otras veces, is different. Pues no están permitidos ciertos debates políticos o culturales, bajo pena impuesta –desde las siempre vigilantes chekas determinantes de lo políticamente correcto– tras el correspondiente exorcismo público y tumultuario sin posibilidad de réplica, de olvido y exilio definitivos.

Qué le vamos a hacer. A Felipe González –se recordaba en el artículo origen de éste– le gustaría ser italiano y que un nuevo Renzi pilotara el país en su nueva singladura. Personalmente, salvando tan enormes distancias con este insigne, oscuro y sospechosamente alabado –por casi todos– personaje, prefiero ser un poquito francés: algo jacobino (en lo que a estructuración territorial se refiere), observador de los movimientos intelectuales de su plural y creativa droite (incluso de algunos que se mueven en el entorno de Marine Le Pen) y, en todo caso, patriota y orgulloso.

«Primera premisa: realismo». Lo aprendí hace ya muchos años de un gran maestro y de muchos amigos. Realismo, invoca Páginas Digital, de nuevo. Por ello, por realismo, y alejándome de las disputas ideológicas que tanto me atraen, y de sus correspondientes construcciones utópicas, votaré UPN. No me queda otra.

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