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9 DICIEMBRE 2016
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Cameron no vive en España

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 3  39 votos
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El PP gana las elecciones municipales y autonómicas, pero va a perder importantes gobiernos de ciudades y regiones destacadas. Los pactos pueden darle a la izquierda el poder en emblemáticas Comunidades Autónomas, lo que puede significar un retroceso de la libertad de educación. La emergencia de Podemos y de Ciudadanos, los nuevos partidos, erosiona el bipartidismo pero no lo destruye. Esos son algunos de los titulares que deja la jornada del 24 de mayo.

El populismo de Podemos gana terreno y consigue victorias decisivas en las alcaldías de Madrid y Barcelona. Los acuerdos entre este nuevo partido y los socialistas seguramente harán que el PP aunque ha ganado en Castilla-La Mancha, en Valencia, en Baleares, en Cantabria y en Aragón no gobierne. Los populares pierden 11 puntos y Ciudadanos no sube tanto como para sostener en muchos sitios gobiernos de centro.

Estos resultados son una invitación a corregir cómo se ha hecho política en los últimos años. Una invitación a que el PP cambie de rumbo. Es inevitable y lógico que haya indignación entre los votantes. Normalísimo el rechazo de la corrupción y de una forma de ejercer el poder muy alejada de la vida cotidiana de los ciudadanos. Ya no queda tiempo para las reformas antes de las elecciones generales pero la lista la tenemos todos en la cabeza: elección directa de los alcaldes con dos vueltas; sustitución de las listas cerradas y bloqueadas -afrenta para los votantes en los ayuntamientos grandes, en los parlamentos regionales y en el Congreso- por fórmulas como la alemana; reforma de la Constitución para cerrar el modelo territorial (conforme al ya antiguo dictamen del Consejo de Estado); retirada de los partidos de las instituciones (televisiones autonómicas, judicatura, etc)…

PP y PSOE no han sido capaces de hacer esas reformas a tiempo. Y eso ha provocado la aparición de los nuevos partidos. La novedad no garantiza de forma automática la regeneración. El radicalismo de Podemos, lo que algunos llaman “integrismo democrático”, va a cambiar pocas cosas. Y el éxito demasiado rápido de Ciudadanos ha mostrado su debilidad. Rivera ha sucumbido a la tentación de presentarse a las municipales cuando su formación estaba muy lejos de tener los candidatos adecuados.

Estos resultados reflejan un gran hastío, el que provoca la falta de encuentro y de diálogo en la vida social. La dinámica amigo-enemigo que practican los partidos ha acabado por dominarlo todo. No hay conversación. Para que la hubiera sería necesario aceptar el esfuerzo de formularse, de narrarse. Y hasta que los más sinceros no hacen ese ejercicio no se dan cuentan de cuántas cosas se han dado por supuestas. El diálogo requiere también dejarse interpelar. La fragmentación, ¿el hecho de que los nuevos parlamentos sean más fragmentados fomentará ese diálogo? No necesariamente. No habrá conversación política sin conversación pre-política.

El deseo de cambio no significa necesariamente que ese cambio haya empezado. Los nuevos partidos pueden reproducir los defectos de los viejos. Las alianzas de la izquierda van a suponer un retroceso de la libertad de educación en no pocas Comunidades Autónomas. Por eso es más que nunca el tiempo de la sociedad civil. Y la sociedad civil no puede seguir concibiéndose como un apéndice de los partidos. La pretensión sobre las viejas formaciones, las esperanzas suscitadas por las nuevas y la ansiedad con la que muchos votantes han ido a las urnas refleja hasta qué punto el espacio público está determinado por la debilidad de quien ignora el valor de un protagonismo no partidista.

La comunidad cristiana no ha sido ajena a esa ansiedad. La principal novedad -también en términos políticos y sociales- que los cristianos pueden aportar en la vida española no depende del triunfo de aquel o de este partido. La lógica y sana distancia, que no indiferencia, y la capacidad de construir espacios de libertad es proporcional a la experiencia que se tiene de un cambio ya presente. Experiencia similar a la que tenían los cristianos en el Imperio Romano incluso antes del Edicto de Milán.

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