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3 DICIEMBRE 2016
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>El futuro de América Latina:

Entre el populismo nihilista y el desafío de ser

Horacio Morel (Buenos Aires) | 0 comentarios valoración: 3  26 votos
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¿Estamos verdaderamente ante una nueva etapa en la vida política latinoamericana? ¿La desaceleración de la economía regional es suficiente para imaginar un cambio de rumbo?

La cuestión política. Buena parte del continente ha sido gobernada en la última década por regímenes populistas, elegidos democráticamente por el voto popular, pero siempre dispuestos a violentar los principios e instituciones republicanas una vez en el poder para consolidar su proyecto sectario. Son gobiernos democráticos, pero republicanos sólo formalmente, en los que el poder se ejerce de modo caudillista, casi a niveles de culto personalista (Chavismo en Venezuela, Kirchnerismo en Argentina, Evomoralismo en Bolivia, Correísmo en Ecuador, etc). Todas expresiones políticas excluyentes, que desprecian el diálogo y entablan con la sociedad civil y la oposición un enfrentamiento permanente de inspiración maniquea.

El éxito de estos gobiernos –objetivado ello en sus sucesivas reelecciones– reconoce, al menos, una doble causa: por una parte han incorporado grandes sectores sociales –antes excluidos– a la vida económica, y por otra, los precios internacionales de los productos primarios en que basan sus economías (petróleo, gas, soja, etc.) han sido récord y posibilitado así un margen suficiente para sostener un gasto público desmesurado, que financia toda su actividad política abusando del Estado para sus fines partidarios. Esto sólo había ocurrido históricamente en la posguerra, y por un corto período de tiempo (de 1945 a 1952 aproximadamente). De ese modo, nunca un gobierno populista en lo político había podido plasmar una economía populista, sino que estaba obligado a pactar con las oligarquías económicas locales, y aplicar políticas de tipo liberal ortodoxas, con el consiguiente descontento popular y pérdida del caudal electoral. El segundo factor indicado, pues, está entrando en crisis por la caída de los precios de los comodities y amenaza desmoronar la base financiera de los regímenes populistas latinoamericanos. El déficit educativo latinoamericano, por el cual siempre estamos dispuestos a culpar a factores externos por nuestras desgracias colectivas, torna siempre atractivos los discursos facilistas de estas propuestas políticas de corte populista, los que –sin embargo– logran expresar algunas aspiraciones legítimamente populares como ser la defensa de la soberanía, una mayor justicia social y una mayor redistribución del ingreso. En este último punto, el problema está en la forma: en vez de fomentar la creación de empleo genuino para que la incorporación de los sectores desclasados sea efectiva y duradera, el populismo elige la proliferación de la ayuda social, creando así una dependencia en términos de subsistencia con el Estado y sometiendo electoralmente a los pobres.

Desde el punto de vista cultural, el populismo no reconoce entre el individuo y el Estado otros ámbitos legítimos de participación, y ello causa la degradación de las relaciones interpersonales, que se vuelven todas "políticas", en cuanto de intercambio de "poder". Por ello, no es casual el incremento de la violencia en las sociedades latinoamericanas. Más robos, casi todos violentos, la pérdida de "códigos" entre los delincuentes y entre delincuentes y víctimas, la violencia en el clima social-urbano, la mayor cantidad de muertes en ocasión de otros delitos (robo, abusos sexuales, etc). Además, el incremento del narcotráfico está haciendo estragos en la sociedad. El consumo de drogas ya no reconoce geográficamente lugares exentos, muchos jóvenes se incorporan al negocio del tráfico, y el poder mafioso narco amenaza colonizar la política y las instituciones.

La economía de la desigualdad. Desde el punto de vista económico, se consolida un proceso de desarrollo desigual, tanto en términos comparativos entre los diferentes países de la región, como en el interior de cada sociedad nacional. Pese al mayor crecimiento del PIB registrado en la última década considerando a Latinoamérica como bloque, la brecha entre ricos y pobres continúa acentuándose. América Latina tiene al hombre más rico del mundo (el mexicano Carlos Slim) y focos de miseria que se encuentran entre los más espantosos del planeta (basta citar el caso de Haití, por ejemplo). Ahora bien, el modo en que Slim ha hecho su fortuna, comparándolo con otros multimillonarios del planeta –Bill Gates, por caso– explica buena parte de la desigualdad latinoamericana por dentro. Son fortunas amasadas –al menos en parte– a la sombra de la corrupción política.

En otro orden de ideas, el continente produce alimentos para alimentar entre dos y tres veces su población, pese a lo cual grandes sectores populares permanecen bajo la línea de la pobreza, y un porcentaje importante todavía bajo la línea de la miseria. Lo que sugiere que lo que mata no es el hambre, ni el frío, ni la insalubridad, sino la indiferencia. En el caso argentino, dejando a salvo la innegable recuperación socioeconómica registrada luego del default de 2001/2002, la comparación en un período más largo que comprende los últimos cuarenta años (1974/2014) arroja como resultado que el PIB creció un 192,5%, el empleo un 6,3%, pero también lo hizo la pobreza en un dramático y significativo 157,3% (Revista "Realidad Económica", n. 289).

El clima humano-cultural: la anorexia metafísica. Si bien la matriz cultural latinoamericana reconoce su raíz profunda en el Barroco, con su visión dramática de la vida que incorpora a la fiesta y a la celebración los momentos más importantes de la vida y su final, el actual clima cultural es de un marcado consumismo y un evidente desinterés por las cuestiones escatológicas, que a veces no se ve conmovido –ni siquiera– ante el hecho imponente de la muerte. Se trata de lo que podría denominarse una suerte de 'anorexia metafísica', por la cual el mundo del significado es repelido de la existencia cotidiana. Lo que se consume es aquello que ayuda a 'vivir el momento' o 'disfrutar de la vida', aunque luego persista una profunda insatisfacción. En este clima hay que interpretar la actual popularidad de propuestas pseudo-religiosas vinculadas al new age o a derivaciones del hinduismo. Miles de personas practican diferentes técnicas de meditación, yoga, etc, como modo de conectar consigo mismas. Pero dichas prácticas carecen de expresión comunitaria, y por ende sólo refuerzan el marcado individualismo que domina en la sociedad del 'sálvese quien pueda'.

Iglesia y sociedad: el signo de Francisco. ¿Cómo entender, en este contexto, el signo de la elección papal de Francisco? Más allá de la reacción sentimental, ¿se ha movido o no el amperímetro de los latinoamericanos?

La elección de Bergoglio significa no sólo su valoración personal para conducir la barca de Pedro, sino también un reconocimiento a cierto sello o temperamento del camino hecho por la Iglesia en Buenos Aires en los últimos quince años. La denuncia profética contra el poder mafioso narco, la opción por los pobres de raíz evangélica y no ideológica (sin necesidad de acudir a la Teología de la Liberación, bastando el espíritu de Mt. 25), una cierta sencillez de discurso, el pastor compartiendo la vida cotidiana de la gente codo a codo en la calle viajando en subte o colectivo, etc. En Argentina, la elección de Francisco ha significado un nuevo impulso pastoral, aunque también ha crecido el riesgo de entenderse como factor de poder: hacer depender de Francisco, casi por arte de magia, la unidad que no somos capaces de construir entre nosotros. Para Navidad, una publicidad gráfica institucional lo documentaba con una enorme foto de Francisco sonriente y la leyenda "el reparador de sueños" (parafraseando la canción de Silvio Rodríguez). Los políticos argentinos (tanto oficialistas como opositores) hacen fila en Santa Marta para obtener la bendición del Papa y de paso conseguir 'su' foto. Francisco siempre responde con el original aporte a la construcción del bien común hecho en la Evangelii Gaudium, con los cuatro principios consagrados en el cap. IV: el tiempo es superior al espacio, la unidad prevalece sobre el conflicto, la realidad es más importante que la idea, el todo es superior a la parte. Una suerte de post-grado acelerado para líderes que deseen abandonar definitivamente un modo de hacer política que no se ha traducido en mayor dignidad o justicia y que estén dispuestos a cambiar para el bien del pueblo.

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