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2 DICIEMBRE 2016
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El jardín de los cerezos

Gonzalo Mateos | 0 comentarios valoración: 3  32 votos
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Además de las elecciones municipales, el pasado domingo 24 de mayo acababan las representaciones en el Teatro Valle Inclán de la última obra que escribió Antón Chejov en 1904, “El Jardín de los Cerezos”. Durante la misma se narra la historia de una familia aristocrática rusa prerrevolucionaria con un nivel de gasto que su economía le impide llevar pero que es incapaz de abandonar. Acosados por las deudas, se les anuncia el embargo de su famoso y bello jardín que da título a la obra, recuerdo de su pasado glorioso. Los miembros de la familia son cultos, divertidos, idealistas y encantadores, pero ante las dificultades se ven afectados por una indeleble pereza, una extraña debilidad que les impulsa al derroche, a la indolencia y a la apatía. Los personajes no parecen ser sólo víctimas de una dificultad financiera, sino, más bien, de una extraña enfermedad existencial. La trama transcurre entre bucólicos picnics, fiestas y bailes, mientras llega inexorable la fecha de la subasta. Y aunque se les ofrecen alternativas para salvar el jardín, finalmente, la finca es comprada por un antiguo siervo de la casa, y acaban  abandonándola.

¿Y qué tiene que ver todo esto con las elecciones del 24 de mayo? Que resulta inevitable identificarse con algunos de estos personajes de Chejov. En España vivimos una década de bonanza económica sin precedentes a caballo entre los dos siglos. La desafección por la política en aquellos tiempos era creciente, la participación en las elecciones menguante. Se hablaba del fin de las ideologías y de la historia, de la victoria definitiva de los principios  democráticos y del capitalismo sobre el hambre y la pobreza. Los individuos y la denominada sociedad civil, enfervorizados por las oportunidades de grandes pelotazos económicos, y la seguridad de que nuestros derechos estaban eternamente garantizados, estábamos centrados en objetivos particulares y en disfrutar con entusiasmo del momento. En mitad de esa larga gran fiesta, que sabíamos que sólo podía ir a mejor, y de manera imprevista, alguien llama a la puerta. Trae noticias trágicas: una gran quiebra financiera. La orquesta deja de tocar, y se encienden las luces.

Las primeras reacciones son de incredulidad. A  la incredulidad le sucede la confusión y el miedo. El fin de fiesta se lleva por medio a gobiernos, sectores económicos y cientos de miles de empleos. Y a continuación, se inicia una larga, lenta y sacrificada recuperación, que ya dura seis años y que sigue siendo frágil. De repente nos dimos cuenta que la caja común que creíamos llena, se encuentra vacía y repleta de deudas. Se recortan presupuestos, sueldos y ayudas, y suben todos los impuestos. Y lo peor, es que al iluminar la sala, aparecen invitados no deseados y enormes bolsas de suciedad en forma de prácticas de corrupción casi generalizadas. Son innumerables las víctimas y la resaca por la mañana es terrible.

Pero lo que llama la atención es que, después de la toma de conciencia de la situación, muchos españoles continuamos bailando, gastando lo que no tenemos y esperando de una manera irracional a que vuelva a sonar de nuevo la música. Aturdidos, escépticos, fuera de la realidad. Incapaces de afrontar con realismo la nueva situación. Incapaces de ponernos en camino aunque tengamos motivos urgentes para ello. Como los personajes de Chejov.

Para justificar nuestra actitud, se hace imprescindible que buscar un culpable. Excluida la posibilidad de la autocrítica, volvimos los ojos a los organizadores, y nos acordamos de la denostada y vieja política del siglo anterior. Esa añeja política que habíamos olvidado se manifestó, con independencia del voto de cada uno, en dos partidos distintos, y una misma incapacidad para movilizarnos.

Algunos de los invitados, los más acomodados, se unieron a las tesis del Partido Tecnócrata. Tranquilidad, confianza, no perdamos la calma. Austeridad y algunas reformas nos sacarán de esta dificultad pasajera. Rehagamos la lista de invitados y contratemos a músicos más profesionales. Unidad, exigencia, seriedad y sacrificio. No es el momento de discutir ni de sacar conclusiones precipitadas. El mundo es muy complejo para entenderlo. Dejemos a los que saben. Nuevas leyes impondrán el orden. Deleguemos el poder en los técnicos y en los métodos objetivos de análisis científico de los problemas. Más orden y control, y paso a la razón, la innovación y al progreso. Esforcémonos en que vuelva la inversión y el consumo. Cada uno a su pantalla y a sus placeres individuales. The show must go on.

Otro grupo, más numeroso, desempolvó las antiguas tesis del Partido de los Utópicos. Tras la indignación, viene la revolución. Hora de ajustar cuentas. La culpa es de los otros que han usurpado el poder. Siempre en la historia han aparecido los mismos invitados en los finales de fiesta como este. Sus nombres son parecidos: populismo, nacionalismo, fundamentalismo, nihilismo… La solución es atractiva: empecemos de nuevo, y basemos el nuevo sistema en un ideal abstracto, absoluto e ilusionante. Asaltemos al poder, siguiendo a nuestros líderes que salen del pueblo. Busquemos la playa debajo de los adoquines. Los nombres del ideal son similares: Democracia Real, la Nación Pura o la Justicia para Todos, y siempre aparecen como fin en sí mismos, pero sin ningún contenido ni raíz. Renuncia a ti por el sueño de todos. O te haremos renunciar. La vieja tentación de la utopía. Lejana, poderosa, violenta…

Dos tesis, dos partidos, pero la misma vieja impotencia. Dos soluciones aparentemente políticas, pero que en el fondo utilizan la misma manipulación: que el yo renuncie a la posibilidad de su responsabilidad concreta y personal. Da lo mismo orden que ruptura, legalidad o rebelión, sublimación del yo autónomo o disolución en una comunidad absolutizada, el resultado es similar. Delega tu responsabilidad en los sabios o en la masa del pueblo. La política sólo consiste en la toma y el ejercicio del poder sin ninguna regla. Lannisters, Targaryen o Starks, esto es el Juego de Tronos. Materialismo puro. Como en el pasado Siglo XX.

Podríamos pensar que nuestra solución es la correcta, que todo volverá a ir bien, salvo por un “pequeño” problema. Hemos aprendido que ni las nuevas leyes, ni las nuevas instituciones, ni una nueva moral,  ni los nuevos controles convierten a los ciudadanos en virtuosos. Nadie nos arranca de nuestro mal. Porque sabemos que inevitablemente volverán a aparecer nuestros vicios. Porque, a estas alturas de la historia, todo y todos somos sospechosos, y sabemos que no podemos fiarnos de nadie. Ni siquiera de nosotros mismos. Nada podrá sacarnos de este tedio, de esta tenaz comodidad que hace decaer todo esfuerzo. Como dice en su último éxito editorial Milena Busquets, las únicas palabras que sirven para todas las ocasiones posibles son “Todo esto también pasará”.

Hace unas semanas viajé a una Grecia removida por el resultado de sus últimas elecciones. Con muchos prejuicios pudimos escuchar al jefe del grupo parlamentario de Syriza en su propio Parlamento de la Plaza Syntagma. Nos recibió con palabras de enorme afecto recordando nuestros comunes y gloriosos ancestros. Estamos en apuros –decía- y es el momento de vuestra comprensión y solidaridad. Necesitamos una Unión Europea de rostro humano, verdaderamente política y no sólo comercial, fraterna, que no sólo nos pida fríamente el pago de una deuda que nunca podremos pagar. Mirad nuestras fronteras: al norte el nacionalismo ruso llama a la guerra, al este llaman a la puerta miles de refugiados sirios e iraquíes huyendo del islamismo radical, en nuestros mares del sur los emigrantes del Sahel mueren a cientos en las pateras, y al oeste, la inactiva Europa mira para otro lado mientras languidece demográficamente y empieza a dudar de sí misma incapaz de dar razones ni de su proyecto ni de su unidad. En aquel momento me sorprendí recordando las palabras de Chesterton: “Estimados señores, el problema soy yo”.

Soy yo, con mis circunstancias históricas, quien puedo ser el inicio de una solución. Vaclav Havel, el político más clarividente del Siglo XX, decía en su famoso ensayo (de lectura obligada) El poder de los Sin Poder: “Ya desde hace tiempo no se trata de un problema de línea política o de programa: se trata de un problema de vida (…) A veces se necesita tocar fondo para poder entender la verdad, y llevar a la política al único punto donde puede partir si tiene que eliminar sus antiguos errores: al hombre concreto”. Ya no es creíble quedarnos a la espera de la recuperación, anhelando que la polvareda se asiente y que todo vuelva a ser lo mismo que antes (como de alguna manera esperan los partidos tradicionales). Tampoco podemos esperar  de los intentos de transformación justos pero excluyentes y violentos que quiere el frente unido de las izquierdas. Miremos más al fondo. El modelo anterior ha dejado de ser factible y el estallido de la crisis posiblemente ha sido su detonante. Como oímos cada vez más, no estamos ante una era de cambios, sino posiblemente ante un cambio de era.

Mientras comían en el campo, los personajes del Jardín de los Cerezos, empiezan a escuchar un sonido enigmático y misterioso, que aparece de improviso en algunos otros momentos de la obra. Nadie sabe qué significa ese sonido ni de donde procede. Es un sonido suave, triste, pero que deja a todos inmóviles y pensativos. Luego, sólo un infinito silencio se extiende delante de ellos. Nada, ni un sólo sonido; y de nuevo el mismo insoportable gemido. Es una voz de confusos y vanos arrepentimientos, de infinitos días perdidos, de deseos cumplidos que se reproducen agigantados, de intensos momentos de belleza fugaces, la voz de todo lo engañoso y perdido, de todo lo que hemos conseguido y de lo inaccesible. Y leo en el programa de mano: “Y parece que en un solo instante sabremos para qué vivimos, cuál es el sentido de nuestra vida”.

Ese es la llamada de una realidad sin censuras que no puede ser acallada. Es la llamada de nuestros deseos. Del deseo de encontrar la verdad de cada realidad, sin tener que introducir forzadamente, violentando la misma realidad, un ideal impuesto por otros. Es el deseo de construir con y para otros, de fundar o regenerar nuevos movimientos, de cantar nuevas canciones, de abrir nuevos caminos, de experimentar la felicidad de dar sin pedir nada a cambio. Una verdad que conocieron nuestros padres y de la que hemos heredado magníficos ejemplos. La verdad basada en razones prácticas para la vida buena en común. A esa vida no podemos renunciar. A concebir que la felicidad de los otros forma parte inseparable de mi propia felicidad. A mostrar la belleza del ideal concreto invitando a todos a compartirlo. A la posibilidad de una amistad cívica entre personas y comunidades llamadas a vivir libres juntas. A interesarnos por todo, y a participar y debatir con ejemplos reales sobre las cuestiones sobre las que estamos o no de acuerdo. Por ahí se empieza el cambio de era. No deleguemos nuestra responsabilidad en nadie. Depende de nosotros movilizarnos, y no perder el Jardín de los Cerezos. Pongámonos en marcha.

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