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9 DICIEMBRE 2016
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El poder y la gloria

Giorgio Vittadini | 0 comentarios valoración: 3  27 votos
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Un catolicismo puesto de rodillas y derrotado: esta es la lectura que muchos hacen después del sí irlandés a los matrimonios entre personas del mismo sexo y la aprobación de leyes que amenazan el valor de la vida natural desde la concepción hasta la muerte.

Incluso dentro de la casa católica hay quien, junto a ateos devotos en busca de guerras de civilización o religión, acusa a la Iglesia institucional de ser demasiado tímida, cuando no inútil, al apoyar las batallas que darían consistencia a la identidad de los creyentes.

No importa si la debilidad de la familia tradicional, por ejemplo, es cada vez más evidente incluso entre los católicos. Luchar por afirmar valores morales parece ser, para muchos, más prioritario que el profundo cambio que el hecho cristiano produce.

Muchas escuelas religiosas proponen un acercamiento a la realidad y al saber totalmente idéntico al de las escuelas laicas, pero con una enseñanza moral que no consigue mostrar por qué debería llevar a una vida mejor, puesto que se propone sin convicción ni razones adecuadas, y por tanto se impone.

Frente el malestar y las batallas a golpe de valores éticos, hay testimonios que demuestran que lo que está en juego para una persona de fe es otra cosa muy distinta. La fuerza del anuncio cristiano es también hoy una novedad absoluta, capaz de renovar al hombre y hacerle descubrir la conveniencia humana y las razones de una moral verdaderamente correspondiente. Tomemos algunos ejemplos de la realidad norteamericana, cuyo valor, a mayor razón en un territorio tan amplio, no reside en los números sino en la calidad de la experiencia de fe, capaz de hacer la vida más hermosa, llena de esperanza y camino para encontrar el significado de la existencia.

Hace tres años participó en el Meeting de Rímini un indio americano que vive en una isla frente a la ciudad de Vancouver. Su historia es ejemplar. Creció en el ambiente degradado en que estaba sumido su pueblo, de pequeño fue violado por un sacerdote. Pero este no será el episodio más determinante de su vida. De hecho, el encuentro con otro sacerdote le introdujo en una experiencia de liberación que le hizo descubrir la belleza de Cristo vivo y le hizo capaz de mirar de un modo distinto la violencia que había sufrido, y le abrió a una mirada positiva sobre la realidad. En un hospital de Montreal, Paula fue a ver a su tía, en estado terminal, y quiso pasar la noche con ella. El enfermero le comentó que pronto, gracias a la entrada en vigor de la ley de la eutanasia, se podrían evitar estas fatigas, a lo que ella respondió que nunca renunciaría a la experiencia de poder acompañar a un enfermo, porque es signo del Misterio y estaba siendo una experiencia muy significativa para su propia vida. El enfermero se quedó sin palabras.

En Boston, en otro hospital, a los enfermos de cáncer incurable, siendo conscientes de su situación y todavía lejos de la muerte, los distinguen con una manta azul. Así los médicos saben que ya no hace falta pasar a verlos. Pero uno de ellos, Lorenzo, sigue pasando todos los días a verles y a los jóvenes residentes que sorprendidos le preguntan por qué lo hace les responde con cierta ironía: “Fijaos en que todavía respiran”.

En un rincón de una cárcel de Carolina del Norte está Joshua, un preso condenado por un delito sexual que cometió en su juventud y por el que fue castigado con muchos años de pena. Como la mayoría de los condenados, parece que no tiene esperanza alguna para su futuro. Pero un día se encuentra con un texto de don Luigi Giussani. Se pone en contacto con algunos de los que siguen a este hombre y así los largos años de prisión empiezan a convertirse en la ocasión de hacer un camino de redención espiritual y reanudación de su camino humano, junto a sus nuevos amigos. Al rebajarle la condena, se inscribe en la universidad y empieza así una vida llena de esperanza.

En América del Norte no faltan las conversiones al catolicismo por parte de jóvenes de tradiciones distintas, como Miriam, una chica de Minnesota que estudia en Harvard. Seriamente implicada con su religión protestante, le llama la atención en su instituto un grupo de chicos que parecen vivir de un modo distinto la realidad de todos los días, sin dejar su deseo de satisfacción para el reino de los cielos o a las reglas espirituales separadas de la vida material. Casi nadie lo sabe, pero la Virgen también se apareció en EE.UU, en Michigan, en 1800, y la aparición fue reconocida como verdadera en 2006. Nadie ha sentido la necesidad de construir un santuario, pocos la visitan, como si no hiciera falta. Pero un grupo de universitarios está preparando para el verano una peregrinación hasta la capilla que se encuentra en el lugar de su aparición. Y el Papa irá en otoño a EE.UU para proclamar santo al padre Serra, uno de los franciscanos que construye el Camino Real, el camino que une los monasterios situados a un día de camino uno de otro, de los que nacen todas las grandes ciudades de California, que tienen nombres de santos por esta razón.

Al final de la novela “El poder y la gloria”, de Graham Greene, cuando matan al último sacerdote durante la revolución mexicana, otro sacerdote entra en México. También hoy en América del Norte, mientras todo parece olvidarse de Dios, el catolicismo sigue mostrando su capacidad de generar una novedad para el hombre de nuestro tiempo.

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