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4 DICIEMBRE 2016
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Vuelve la solar

Lucas de Haro | 0 comentarios valoración: 3  18 votos
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En el año 2007, la política europea conocida como 20-20-20 disparó una búsqueda del dorado en el sector de las energías renovables que desembocó en una nueva burbuja especulativa: la energía fotovoltaica. En menos de cinco años, los campos del sur de Europa se llenaron de parques solares con tecnología de alto coste y relativamente baja eficiencia. En estos últimos meses, se vuelve a hablar de revolución solar; liderada, esta vez, por Estados Unidos. Algunos de los ingredientes del nuevo plan hacen pensar que no se volverán a repetir los errores de 2007, ¿saldrá bien?

El Plan de Energías Renovables para España 2005-2010 establecía una serie de objetivos de crecimiento según las diferentes tecnologías. Desafortunadamente, la hidroelectricidad y la biomasa, dos de las generaciones de mayor valor añadido, vieron en 2010 cómo los objetivos iniciales no se cumplieron. Sin embargo, fue reconfortante comprobar que sí se consiguió superar el plan para la solar termoeléctrica. Al sector eólico se le pedía un crecimiento del 147% durante el lustro y acabó con el 154%; es decir, una desviación inferior al 5% que, tratándose de un plan quinquenal, ha de considerare un grandísimo éxito. Lo más sorprendente llega con la energía solar fotovoltaica, los llamados “huertos solares”. En 2004, España contaba con una potencia total instalada de 37MW y se proyectó un crecimiento que alcanzara la cota de los 400MW. Sin embargo, en el año 2010 había sembrados más de 3.700 MW fotovoltaicos. El incremento programado del 981% acabó siendo superior al 10.000%, ¿cómo es posible que nos diéramos ese atracón de paneles? Porque la tarifa pagada al generador era mayor del doble del precio pagado por el consumidor, porque nuestra orografía está llena de campos llanos y orientados al sur, porque la dificultad técnica de construir un parque fotovoltaico es relativamente baja y porque muchos desarrolladores inmobiliarios encontraron en los huertos la perfecta vía de escape tras la explosión de la gran burbuja.

El boom especulativo fotovoltaico se reprodujo con ciertas similitudes en diferentes países de Europa. La demanda de paneles creció de manera desmesurada y los principales fabricantes mundiales de productos derivados del silicio se beneficiaron de la relación directa que el mercado estableció entre, por un lado, el precio de la tecnología y, por el otro, la demanda global y las altas tarifas locales. Es interesante ver cómo la curva histórica de descenso del costo de fabricación del panel tiene una variación al alza en torno a 2007 motivada por el exceso de demanda, es decir, el precio del producto dejó de estar optimizado por los medios de producción y pasó a estar inflado por los precios que las altas tarifas permitían pagar. Dicho de otra manera, gran parte de los incentivos gubernamentales acabaron en los balances de las empresas fabricantes de paneles, mayoritariamente chinas. Las medidas retroactivas aplicadas por el Gobierno de España a partir de 2014 han puesto en jaque la rentabilidad de las operaciones de muchos inversionistas. La “rentabilidad razonable” ha obligado a los operadores a rehacer las cuentas con el objeto de optimizar el resultado económico del hard cost pagado hace años a proveedores y contratistas a un precio determinado en función del rendimiento que se esperaba de la inversión según las, entonces, reglas del juego a largo plazo.

El descalabro de esta secuencia de políticas –tarifas disparatadas primero y recortes retroactivos después– ha convertido a España en un referente mundial de país de alto riesgo para inversiones renovables.

Entonces, ¿qué está pasando ahora para que se vuelva a apostar por la energía solar fotovoltaica?

En primer lugar, este mes de junio se ha lanzado el Global Apollo Programme, con el que arranca un periodo de investigación científica y económica que tiene como objetivo, en una década, abaratar los costes de las tecnologías de generación eléctrica por fuente renovable hasta hacerlos inferiores a los de generación por combustibles fósiles. Estamos ante una diferencia estratégica substancial si comparamos este programa con el 20-20-20 que Europa promulgó hace ocho años; principalmente, porque los fondos públicos no se destinarán al objetivo cuantitativo de potencia instalada sino a una mejora de la eficiencia. Parece razonable esperar que el Programa Global Apolo convoque a numerosos investigadores y empresas de alto perfil tecnológico y a pocos especuladores. Los analistas e inversionistas internacionales tienen grandes esperanzas en la reducción de costes que se pueden alcanzar en la producción de paneles fotovoltaicos, a pesar de que actualmente ya tienen precios entre 6 y 8 veces inferiores a los que tuvieron durante el boom español de las renovables.

Por otro lado, la política estadounidense de crédito fiscal para la instalación de paneles fotovoltaicos en edificios residenciales y comerciales ha favorecido, desde hace varios años, el incremento del número de plantas “roof-top”. Además del uso optimizado del espacio, las instalaciones en cubierta permiten el autoconsumo y la inyección a la red de la energía no utilizada, convirtiéndose –según algunos expertos– en el paradigma de un modelo eléctrico sin eléctricas.

La caída de los precios de los paneles, así como los objetivos de uso de energías por fuentes renovables que han fijado California (33% en 2020) y Hawai (100% en 2045) hacen que estas dos jurisdicciones estén liderando en Estados Unidos la nueva ola de la energía solar fotovoltaica.

Esta nueva era solar, que llega poco tiempo después de que la anterior acabara, será más prometedora si centra los incentivos en la eficiencia del producto y orienta los objetivos de instalación hacia el autoconsumo. Ciertamente, no se recuperará la oportunidad perdida en Europa hace algunos años, pero estamos ante un escenario que puede ayudar a convertir la energía fotovoltaica en una economía productiva y no especulativa, en línea con otras tecnologías renovables.

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